La relación entre los humanos y el bosque: relatos breves de Alejandro Dezzotti sobre cómo nos hicimos mutuamente

Alejandro Dezzotti, del Departamento de Ecología Sede San Martín de los Andes, de la Universidad Nacional del Comahue e investigador de Ecología en el Instituto Universitario de Investigación en Gestión Forestal Sostenible (iuFOR), UVa-INIA, y miembro de la REDFORar de CONICET.

“La ciencia forestal puede proveer las herramientas para alcanzar una relación más armónica con la naturaleza y el bosque, pero es esencial dominar nuestra arrolladora ambición por someterlos”. 

ARGENTINA (Febrero 2021).- El bosque es un ecosistema complejo y dinámico que provee una enorme cantidad de valores culturales, bienes y servicios esenciales para el funcionamiento de la geósfera y la existencia de nuestra propia especie.

La capacidad de la ciencia forestal y la silvicultura para comprender y resolver cuestiones actuales críticas sobre la conservación y el desarrollo sustentable asociada a estos ecosistemas, se incrementa a través del uso de un enfoque retrospectivo.

La perspectiva ambiental histórica nos permite comprender de dónde venimos, dónde estamos, y albergar alguna esperanza de entender a qué lugar nos dirigimos.

La historia ambiental tiene dos grandes eventos que contar. El primero comenzó hace 70.000 años, cuando un grupo de humanos probablemente motivados por la curiosidad y la necesidad de alimento, atravesó el Mar Rojo y se marchó del Cuerno de África donde se había originado evolutivamente. Éste fue el comienzo de nuestra gran migración, un evento extraordinario que determinó el poblamiento de todos los continentes, hasta finalmente alcanzar los extremos más apartados en Tierra del Fuego hace 10.000 años.

Durante este proceso las civilizaciones divergieron, se alejaron unas de otras, crecieron sus diferencias y se alcanzó una enorme diversidad cultural.

El segundo involucra un proceso relativamente reciente de intensa convergencia, solapada con el evento anterior, y se refiere a cómo las diferentes sociedades volvieron a entrar en contacto, intercambiaron rasgos culturales, imitaron formas de vida y se hicieron de nuevo más parecidos entre unas a otros, a causa de la globalización.

Los ecosistemas forestales son complejos y frágiles cuya conservación se debe basar esencialmente en principios de ética ambiental (bosque natural de Nothofagus pumilio en el Parque Nacional Lanín, Argentina)

A lo largo de esta historia de divergencias y convergencias, la interacción entre el ser humano y los ecosistemas forestales fue heterogénea y contradictoria, pero siempre firmemente arraigada a la forma de vida predominante de la sociedad en una época y lugar determinados.

El bosque fue concebido  como un sitio apacible e inspirador, pero también como un ambiente oscuro y amenazante, asociado con la indecencia, lo primitivo y el peligro, y un obstáculo al crecimiento y desarrollo.

A lo largo de esta relación destruimos, creamos y transformamos ecosistemas forestales, y domesticamos las plantas, animales y hongos que allí crecían. Pero al mismo tiempo, el bosque nos modeló y domesticó a nosotros mismos. Lo que sigue son historias breves acerca de cómo nos hicimos mutuamente.

 

Encuentro con una arborícola

En el norte de Etiopía se encuentra la región desértica de Afar, que forma parte del Gran Valle del Rift. Este valle, que miles de años atrás estaba ocupado por un lago, es un sistema de cuencas donde las placas tectónicas africana, india y arábiga se separan entre sí y se generan fracturas que exponen localidades fosilíferas. Las escasas pero intensas lluvias removieron el terreno y expusieron un fósil que se convertiría en el más icónico y una pieza clave para comprender la evolución humana. El 30 de noviembre de 1974, un equipo internacional de paleoantropólogos encontró un conjunto de fragmentos óseos pertenecientes a un Australopithecus afarensis. Este pequeño espécimen constituido por 63 piezas óseas, que incluyen partes de brazos, piernas, costillas y cráneo, pelvis, vertebras, mandíbula y dientes, es un ancestro directo de nuestra propia especie. Se lo conoce popularmente con el nombre de Lucy y habría habitado el Este de África en los actuales Etiopía, Tanzania y Kenia.

El esqueleto muy completo y la datación precisa permitió asignarle a Lucy un cuerpo, una dieta y los hábitos, y las características del ambiente que ocupó durante el Plioceno hace 3,25 millones de años. En vida, Lucy era un individuo femenino adulto de unos 90 cm de altura, 30 kg de peso y 20 años de edad, que se alimentaba de plantas, pequeños animales y carroña. La locomoción bípeda y erguida se dedujo de la forma de su pelvis y la articulación de la rodilla, pero Lucy habría tenido menos estabilidad y un mayor balanceo al desplazarse que nosotros.

Australopithecus afarensis fue un antecesor arborícola de nuestra especie (reconstrucción de una hembra que se encuentra en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, España)

Sin embargo, el tamaño y la robustez de los brazos, y la curvatura de las falanges de los dedos de las manos y los pies sugiere que Lucy tenía gran capacidad de trepar a los árboles y colgarse de las ramas. Probablemente esta especie haya sido el alimento para muchos predadores por no gozar de una locomoción perfecta, y por ello los árboles y el bosque representaban su protección y hábitat.

El artista John Gurche reconstruyó una imagen tridimensional de Lucy y relató que “…ella era fuerte. Capaz. Un tanto precavida. Está bajando de un árbol y simplemente está cayendo en una postura erguida. Sin embargo, no hace esto de manera despreocupada. El suelo es un lugar peligroso”.

 

El fuego y el cerebro

La cuestión sobre qué hizo que un animal que aparentemente no destacaba para nada y que ocupaba un hábitat específico en la copa de los árboles de la sabana africana, consiguiera dominar prácticamente todos los ecosistemas del planeta, siempre ha ocupado mucho interés.

Cuando Charles Darwin se refirió a la cocina como “probablemente el mayor descubrimiento, exceptuando el lenguaje, jamás realizado por el hombre”, estaba pensando en la mejora de nuestro suministro alimenticio. Pero actualmente existe la idea que el aumento del tamaño del cerebro, un proceso dominante en la historia de nuestra especie, es consecuencia de la dieta y esto tiene una significación más amplia. La cocción hace muchas cosas que nos resultan familiares: hace más seguro, crea sabores agradables, aumenta el tiempo de conservación y reduce el desperdicio del alimento.

Pero ninguna de estas ventajas es tan importante como un aspecto apreciado recientemente: la cocción descompone el alimento y en consecuencia reduce drásticamente el tiempo y la energía química y mecánica necesarios para su digestión.

El cerebro humano representa el 3 % del peso corporal pero consume más del 20 % de la energía. El mantenimiento de un órgano energéticamente tan costoso habría sido posible debido, por un lado, al carnivorismo, y, por otro lado, al incremento de la calidad de la dieta asociada a la cocción. Ésta es una forma tecnológica de externalizar parte del proceso digestivo, que habría actuado como una fuerza de selección para el extraordinario e incesante aumento del tamaño cerebral a lo largo de la evolución.

La hipótesis del primatólogo Richard Wrangham sugiere que, al incrementar el valor energético de nuestra comida a través de la cocción, mejorando el balance entre la energía y el tiempo utilizados y obtenidos durante la digestión, hizo posible que un sistema digestivo más pequeño proporcionara las crecientes necesidades de energía de la evolución cerebral en un tiempo más breve.

La relación entre la alimentación y la anatomía sugiere que Homo erectus, la primera especie de nuestro linaje que extendió su hábitat más allá de África, usó leña para hacer fuego hace al menos 750.000 años. En esta especie, la reducción de la boca y los dientes, la presencia de un cerebro más grande y un intestino más pequeño, y la pérdida de las características que permitían trepar de manera eficaz, que marca el paso a dormir en el suelo, apoyan la idea que el control del fuego y la cocción del alimento fueron los factores clave de su evolución.

Además, estos procesos habrían promovido una complejización profunda del comportamiento social: la especie liberada de las simples demandas biológicas de un largo día dedicado a masticar comida cruda, pudo dedicarse a otras actividades.

 

El pastor y el pantano

El hallazgo arqueológico de un hombre congelado en el glaciar alpino Similaun, en la frontera entre Austria e Italia, reveló con claridad la dependencia de los primeros humanos con los árboles. La perfecta preservación de sus ropas y pertenencias permitió una interpretación precisa de los múltiples usos dados a los árboles por los hombres y mujeres neolíticos.

El Hombre de Similaun data de 3255 a.C., habría tenido 46 años, 1,6 m de altura y 50 kg de peso, y habría sido un forajido, un cazador, un guerrero, un sacerdote, un buscador de minerales o un pastor que utilizaba los pastizales durante el verano en el valle de Ötz. Él utilizó las fibras de la corteza de tilo como material de costura para sus zapatos y recipientes, y para fabricar la cuerda que formaba la base de la mochila y la funda de la daga. El marco de su mochila estaba construido con ramas de avellano y alerce europeo.

Una bolsa que portaba contenía cuchillos y un taladro de pedernal, un punzón de hueso de oveja o cabra, hongos de yesca para encender fuego y de abedul con características antibacterianas, y una rama de tilo con una clavija de asta de ciervo para afilar el pedernal. El arco y el mango del hacha era de tejo, el mango de los cuchillos era de fresno y el marco de su mochila y el carcaj eran de avellano.

Las flechas estaban hechas con barbadejo y cornejo y los recipientes que las contenían eran con corteza de abedul, mientras que la savia del abedul fijaba la hoja del hacha. En otra bolsa, construida con hojas de arce y corteza de abedul, llevaba carbón de abeto, alerce europeo, pino, aliso, olmo y sauce. En el colon fueron encontradas semillas y polen de endrino y ostria.

En el suroeste de Inglaterra, las tierras bajas de Somerset representan una región pantanosa que contiene una de las evidencias más antiguas de manejo forestal. En la profundidad de la turba se descubrieron estructuras cuya construcción data de 3500 a.C. Se trataba de carreteras hechas de troncos y ramas de aliso, fresno, avellano, olmo, acebo, tilo, sauce, álamo y roble, colocadas en forma paralela y aseguradas con estacas verticales para formar una ruta segura, elevada y seca en un amplio tramo de terreno anegadizo. El tipo de madera utilizado no sólo indica las características del bosque de la región, sino también la calidad del trabajo y el manejo de los árboles y el bosque para producir piezas de madera largas, cortas, rectas, gruesas y delgadas.

 

El bosque de los cedros de Dios

La crónica de un viajero egipcio de 1075 a.C. relata que el embajador egipcio Wenamun “…guiado solamente por la luz de las estrellas cruzó el Gran Mar de Siria”, camino a Biblos, la capital de Fenicia en la costa de actual Líbano, para procurar a la flota egipcia de madera de los bosques de cedro de esa región. Al principio, el rey Zeker Baal no quiso recibirle, afirmando que prefería reservar sus bosques para su propio uso. Por fin, una noche el rey le envió la citación a Wenamun. “Lo hallé, dice Wenamun, sentado en su salón oficial, y cuando se giró de espalda a la ventana, las olas del gran mar de Siria rompían contra su nuca”. Le dijo “He venido en busca de la madera para la construcción del grande y augusto barco de Amón, rey de los dioses”. Apeló a los precedentes del padre y el abuelo del rey, que habían mandado madera a Egipto, pero al rey lo ofendió la insinuación de que debía la madera como tributo.

El rey dijo: “Lo hicieron como una transacción comercial. Tendrá la madera cuando la pague. Si invoco en voz alta al Líbano que abre los cielos, la madera se hundirá en el mar”. El embajador contestó: “¡Falso! No hay barco que no pertenezca a Amon. También el mar es suyo. Y este Líbano del cual afirmas es mío.

Cumple su voluntad y gozarás de vida y salud”. Los egipcios pagaron el precio fijado por Zeker Baal: cuatro tinajas de oro y cinco de plata, una cantidad de lino, quinientas pieles de buey, quinientas cuerdas, veinte sacos de lentejas y veinte cestas de pescado. “Y el gobernante quedó complacido y nos proporcionó trescientos hombres y trescientos bueyes. Y ellos talaron la madera, y dedicaron a ello todo el invierno, y la transportaron hasta el mar”.

Desde 2700 a.C. el desmonte masivo de “El bosque de los cedros de Dios” proporcionó, a través de transacciones comerciales o expediciones militares, la madera más preciada de cedro del Líbano a Fenicia, Egipto, Asiria, Babilonia, Persia y Grecia, para la construcción de embarcaciones, herramientas de labranza, templos y palacios.

Los egipcios utilizaron además su resina como conservante durante los embalsamamientos, y quizá Jesucristo fue crucificado en una cruz de madera de esta especie. A lo largo de esta larga historia, se estableció un fuerte vínculo cultural entre el árbol y los pueblos que de sus alrededores.

Líbano adoptó el cedro como emblema nacional y lo lleva en su bandera. En 118 el emperador romano Adriano estableció reglas para proteger al cedro del Líbano e impedir la deforestación. En 1876 se construyó un muro de piedra para proteger a los renovales del pastoreo del ganado.

En la actualidad, el bosque de cedro fue declarado Patrimonio de la Humanidad y permanece sólo en las áreas montañosas, formado por los pocos árboles que sobrevivieron a la tala masiva, el pastoreo y los incendios.

 

El bosque sagrado

La primera señal de la materialización de una de las invenciones humanas más extraordinarias ocurrió en Mileto, una antigua ciudad griega, el 28 de mayo de 585 a.C., cuando se produjo un eclipse total de sol anticipada por el filósofo Tales.

Esta predicción astronómica fue una consecuencia de comprender el movimiento y la trayectoria de la Tierra, la luna y el sol, lo que finalmente determinó un salto conceptual y la inauguración de la ciencia y de una tradición filosófica que resuena hasta hoy.

Los filósofos griegos clásicos que continuaron a Tales fueron los grandes maestros que intercambiaron saberes y conocimientos en lugares específicos: la plaza pública en el caso de Sócrates, la Academia en el de Platón y el Liceo en el de Aristóteles.

La Academia fue la escuela filosófica fundada por Platón alrededor de 387 a.C., en la que se enseñaba matemática, retórica, medicina, astronomía, gramática, lógica y música. Ese lugar estaba ubicado en el noroeste de Atenas, donde existía un bosque sagrado de olivos denominado “el Bosque de Akademos” o “Akademeia”, en honor al héroe legendario que allí tenía su tumba junto al río Cefiso y que siempre fue respetado por los espartanos en sus invasiones. Platón poseía una propiedad en los alrededores y allí reunía a sus discípulos.

La Academia fue una institución de docencia e investigación que fue el centro de la vida intelectual durante muchos siglos, y es considerada el antecedente de la Universidad.

 

Los hijos de los árboles

“Los libros son hijos de los árboles”, escribió la filóloga española Irene Vallejo, para decirnos que los árboles, tal vez, son el más antiguo soporte de la palabra escrita. La palabra libro proviene del latín liber.

El líber es la corteza interna de las dicotiledóneas leñosas que abastece de sabia a las distintas partes de la planta, y que posteriormente se transforma en la corteza externa protectora. Los romanos escribían en unas tablillas elaboradas a partir de esta corteza, antes de conocer los rollos egipcios de papiro y pergamino.

Estos materiales desplazarían a aquellas antiguas “páginas de madera”, pero con el tiempo la hoja de papel se volvería a hacer a partir de los árboles. Y los términos germánicos book, buch y boek, que significan libro, hacen referencia al haya europea Fagus sylvatica cuya corteza servía para hacer tablillas de escritura.

Los romanos muchas veces revestían las tablillas con cera de abeja mezclada con resina, y sobre esa capa blanda se trazaban las letras con un estilete afilado de hierro o hueso.

En el otro extremo, el punzón portaba una especie de espátula para alisar la cera y así poder borrar un error y reutilizar la tablilla. Vallejo cuenta que era habitual perforar pequeños orificios en una esquina de las tablillas para después atarlas con anillas, cordones o correas.

A veces, se fabricaban dípticos o polípticos unidos por bisagras, que tenían el tamaño de un cuaderno, confeccionados con planchas de madera o tiras de abedul plegadas como un acordeón. La madera se extraía de los árboles en primavera, cuando circula la savia por ellos y la madera es más flexible. Estos conjuntos de tablillas encuadernadas como páginas de madera, los códices, representan los precursores del libro actual.

El haya europea fue utlizada en la antigüedad para la elaboración de tablillas de escritura (bosque de Fagus sylvatica en los Pirineos de España)

Una reflexión final

La especie humana ha establecido una extensa y continua dependencia con el bosque y ambos portamos rasgos de esa relación.

El bosque ha sido imprescindible para nuestra sobrevivencia y la de nuestros ancestros, al proveer materia y energía vital en forma de hábitat, alimento, vestimenta, medicina, herramientas, transporte, vivienda, sombra, calor y protección.

El Hombre de Similaun y las carreteras del pantano demuestran el profundo conocimiento que los hombres y mujeres del Neolítico ya tenían del valor y el uso de los diferentes árboles. Al mismo tiempo, los ecosistemas forestales tuvieron un papel evolutivo clave al modelar qué y cómo somos. Los árboles fueron el hábitat de nuestros ancestros, y la cocción de los alimentos, a partir del fuego generado por la combustión de la leña, habría contribuido al desarrollo del cerebro y la inteligencia humanas. Pero también es tentador pensar que el bosque y los árboles fueron el lugar donde florecieron y se imprimieron ideas y conocimientos que permitieron el desarrollo filosófico, científico y cultural de la humanidad.

La historia ambiental también es la historia de la degradación y destrucción de los recursos forestales. Este proceso ha ocurrido desde la antigüedad, pero ninguna época fue más desfavorable para los bosques que la actual.

La tala, los incendios y el pastoreo no regulados, la expansión de la frontera agrícola, las plantaciones forestales no sustentables y la urbanización representan las causas directas de la tragedia ecológica y social que estamos viviendo.

En tan solo 100 años la Argentina perdió la mitad de la superficie de los bosques naturales, un fenómeno que ha afectado particularmente a los tropicales y subtropicales y que amenaza la diversidad biológica y cultural del país. El bosque remanente es el resultado de siglos de arduo e incansable trabajo de personas que luchaban por sobrevivir en condiciones difíciles. A través del conocimiento tradicional que combinó prácticas y técnicas distintivas e ingeniosas, adaptadas localmente, se crearon paisajes forestales de extraordinaria belleza natural y cultural y produjeron bienes y servicios múltiples que han sostenido la calidad de vida de la población.

La conservación forestal se debe basar en aspectos éticos y filosóficos que reconozcan que el bosque tiene su propio valor independiente de cualquier apreciación en términos de nuestro propio bienestar. El estudio del pasado puede ayudarnos a orientar nuestras actividades presentes y futuras en una dirección más universal y menos peligrosa.

A través de la historia aprendimos que el bosque es un sistema complejo y frágil cuya modificación, simplificación o destrucción puede desencadenar severos procesos de degradación del clima, el suelo y la vida, incluyendo la de nuestra propia especie.

El paisaje forestal actual puede exhibir una extraordinaria belleza natural y cultural (cultivo de pinos y cereales en Castilla y León, España)

Sin embargo, continuamos irrefrenablemente reemplazándolo por enormes extensiones de desiertos, pastizales y ciudades, y el resultado es una huella ecológica cada vez más extensa y profunda, más pobreza y más inequidad.

La ciencia forestal puede proveer las herramientas para alcanzar una relación más armónica con la naturaleza y el bosque, pero es esencial dominar nuestra arrolladora ambición por someterlos. 

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