Prácticas de gestión de riesgos en la actividad forestal

Por Sergio Scebba (*) 

BUENOS AIRES (Febrero 2021).- En la Argentina hubo una evolución muy importante en el sector forestal desde la implementación del “Régimen de Promoción de Plantaciones Forestales” iniciado en el año 1992, sustentado luego con la sanción de la ley 25.080 de “Inversiones Forestales”.

Este incentivo provocó que la superficie forestal cultivada se expandiera en más de las 600.000 hectáreas, transformándose en una importante fuente de ingresos y de empleo para economías como las del noreste argentino.

La producción forestal en la Argentina posee ciertas ventajas para su desarrollo, ya que el sector cuenta con tasas de crecimiento rápido de las especies y abundancia de tierras que no compiten con otros usos. La actividad tiene un potencial de crecimiento importante debido al aumento en el consumo mundial y también a las oportunidades que representa el intercambio de bonos de carbono.

Pero el sector también se viene enfrentando a un poderoso enemigo que, alimentado entre otras cosas por el calentamiento global castiga cada vez con mayor fuerza. En el año 2020 tuvimos un triste récord con más de 70.000 focos de incendios, la mayor cifra registrada desde el pico máximo alcanzado en el 2003 con 69.380 focos. Durante el 2020 en Corrientes, una de las principales provincias donde se desarrolla la actividad forestal, se incendiaron nada menos que 45.340 hectáreas.

Si bien el incendio es el principal riesgo que afecta a la actividad forestal, también debemos mencionar el riesgo climático, que está relacionado con la probabilidad de ocurrencia de fenómenos adversos donde la frecuencia, severidad y sus efectos catastróficos dependen del riesgo en cuestión como ser, granizo, helada, vientos fuertes y/o tornados.

Otros riesgos asociados son los de mercado y fitosanitarios El productor forestal se enfrenta a la necesidad de implementar prácticas de gestión de riesgos rigurosas. En estas prácticas se incluye la evaluación y cuantificación de las pérdidas probables, y el consecuente análisis de los riesgos que pueden ser mitigados internamente y aquellos que, por razones económicas deben ser externalizados a través de herramientas de transferencia de riesgos.

El seguro forestal es una de éstas herramientas que cumple un rol fundamental en el desarrollo de la cadena productiva, desde la inversión hasta la comercialización de los productos forestales.

El principal beneficio de la contratación de un seguro es la estabilización de los ingresos del productor forestal. A cambio del pago de una prima determinada, en caso de ocurrir un siniestro (por ejemplo, un incendio), la indemnización recibida permite al productor mantenerse en la actividad.

Los seguros forestales son utilizados para cubrir principalmente el riesgo de incendio de plantaciones en pie (el árbol en la tierra valuado en función de su localización, especie, edad y manejo). A la cobertura principal de incendio, se pueden adicionar las referidas a riesgos climáticos como vientos fuertes, inundación, rayos, etc. Asimismo, se pueden incorporar coberturas adicionales que cubren los costos de lucha contra fuego, costos para remover los desechos y/o costos de reposición. Las pólizas se ofrecen sobre una base anual, aun cuando la actividad es plurianual.

Es importante destacar que, durante los meses que van de noviembre a febrero, la mayoría de las aseguradoras entran en lo que se llama “veda de suscripción”. Esto implica que en ese período no se otorgan coberturas. O sea que hay que contratarlas fuera de esas fecha. Ahora bien, una vez que se tiene la póliza, la cobertura se aplica a todo el año calendario.

 

 

(*) El autor es gerente de Riesgos Agropecuarios de Willis Towers Watson. 

Fuente: La Nación

 

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