Néstor Simón Morínigo, fundador de la comunidad Ko’eju, rompió el silencio desde el Valle del Cuña Pirú, y marcó posición respecto al desalojo en el predio del empresario Alfredo Ruff, en el Paraje Cañafistola. En una reveladora entrevista, se distancia de la actuación de las organizaciones que dicen representar a los pueblos originarios, afirma que más de 70 aldeas rechazan la violencia y denuncia que familias vulnerables son trasladadas de otras zonas y expuestas como «escudos» en una disputa ajena a las comunidades.
Por Patricia Escobar
@argentinaforest
MISIONES (4/8/2026).- En medio del intenso barro mediático y judicial que rodea al predio privado de Paraje Cañafístola, en Garuhapé, las redes sociales y los foros de opinión se convirtieron en un campo de batalla, donde la premisa es la desinformación de la cuestión de fondo de un conflicto donde colisionan el derecho de propiedad y el reclamo de posesión ancestral.
Unas 60 personas de la comunidad Mbya Guaraní reingresaron este domingo al predio de la familia de Alfredo Ruff en Garuhapé. Para el propietario, se está violando la orden de restricción impuesta por la Justicia tras el desalojo de la semana pasada. Los representantes de la comunidad apelan al Convenio 169 de la OIT.
Esto generó de un lado, discursos que tildan a todo el pueblo originario de «usurpador»; del otro, consignas ideológicas que criminalizan al sector productivo privado. En el medio, una sociedad misionera desinformada y más de 120 comunidades Mbya Guaraní que terminan pagando el precio del prejuicio y la estigmatización.
Pero en esta trama donde siempre hablan los abogados, los jueces, las ONG y los empresarios, faltaba la voz propia, dolida y profunda de quienes habitan la selva misionera. La voz de quienes habitan el territorio en silencio.
En una entrevista con ArgentinaForestal.com alzó la palabra Néstor Simón Morínigo, fundador, miembro y excacique de la comunidad Mbya Ko’eju (ubicada en Cuñá Pirú 2, sobre la Ruta Provincial 7, entre Campo Grande y Ruiz de Montoya).
Con la serenidad limpia de quien camina la tierra con respeto, pero con un tono apenado por el dolor de ver a sus hermanos expuestos, Morínigo pidió hablar. No lo hizo para atacar, sino para dejar testimonio de una verdad que muchos prefieren callar.

«No todos avalamos la toma de tierras ni dejamos que nos manejen»
En primer lugar, expresó: «Quiero hablar a la comunidad misionera sobre lo que está pasando con el problema de terreno en Garuhapé. Quiero contarles de mi parte, como miembro del Pueblo Mbya Guaraní, que no todos avalamos a EMIPA (Equipo Misionero Pastoral Aborigen) en la manera que asesora y pretende recuperar territorios ancestrales, como ellos dicen. Sabemos todos que este conflicto no representa la lucha legítima de nuestro pueblo», comenzó diciendo Morínigo, en un tono donde la tristeza se mezclaba con una firmeza serena.
Morínigo habla en primera persona y representa a esa inmensa mayoría silenciosa del pueblo originario que eligió la vía de la convivencia y el diálogo genuino: «A muchos de nosotros esta organización no nos representan. Somos unas 70 comunidades que no dejamos asesorarnos por EMIPA. Pero porque entendimos como se manejan. No avalamos la violencia ni la toma de tierras de esta manera. Esto nos duele mucho porque usan a mis hermanos paisanos, los engañan diciéndoles que ese lugar es para ellos cuando no son familias de Puente Quemado II. Los llevan de otras comunidades, como El Pocito o la zona de Loreto, y los exponen a esta situación de estrés y conflicto a niños, mujeres y ancianos. Nos duele ver y leer todo lo que genera esto, y cómo la gente cree que todos los Pueblos Originarios somos así. Eso no es la realidad».
El referente Mbya aclara un dato que la polvareda mediática intentó ocultar: la comunidad Puente Quemado II siempre vivió en paz con el vecino, a siete kilómetros de allí, dentro de predios de la firma Arauco Argentina SA, donde hubieron reclamos pero jamás existieron estos niveles de agresión. «Hay una confusión enorme con esta propiedad privada donde nuestra gente no debería estar expuesta de esta manera», lamenta.

La sabiduría de la paz frente a la manipulación
Lejos de la imagen de ignorancia que algunos intentan proyectar sobre las comunidades, Morínigo reivindicó el conocimiento, la capacidad y la autonomía de su gente para relacionarse con las leyes del país sin necesidad de intermediarios que aviven el fuego.
«Nosotros no somos ignorantes. Sabemos lo que dice la Constitución Nacional, sabemos de nuestros derechos, conocemos la propiedad privada y conocemos en nuestro territorio a nuestros vecinos; sabemos a quién pertenece la tierra. En mi comunidad nunca quisimos que EMIPA se meta en nuestras decisiones porque no compartimos su manera de actuar. Nosotros siempre buscamos el diálogo con los propietarios, somos gente pacífica, entendemos las leyes».
Con orgullo, Morínigo recordó su propio camino en la comunidad Ko’eju: en 2008 inició personalmente los trámites ante la Dirección de Catastro y, tras un proceso paciente, buscan la regularización del título comunitario.
Sin conflictos, sin violencia y sin la intromisión de organismos que, según sus palabras, «buscan abarcar la propiedad ajena y generar problemas donde no los había».
«Nosotros mantenemos nuestra cultura, pero no buscamos problemas. En Puente Quemado II decidieron llevar a familias que ni siquiera son de la zona; hace poco trasladaron del monte a una familia buscando provocar este conflicto. Les asesoran mal con el tema de los derechos ancestrales. Por eso digo que estas organizaciones se manejan a espaldas de las propias comunidades», explicó.

«Amenazan a la gente y se aprovechan de la necesidad»
Al profundizar sobre el funcionamiento interno de estas estructuras de acompañamiento técnico-jurídico, el testimonio de Morínigo se vuelve descarnado:
«Ellos amenazan a la gente, esa es la realidad. Organizan el conflicto, meten en problemas a las familias y no le aseguran a la comunidad Mbya ningún resultado. Llenaron la cabeza a un grupo, porque ni siquiera toda la gente de Puente Quemado II está de acuerdo; he hablado con otros líderes de la misma aldea y no quieren esto», aseveró en la entrevista.
Sobre el liderazgo de la protesta, Morínigo apuntó a la figura del cacique Santiago Ramos: «Él pertenecía a Tekoa Oro Verde y después llegó de la mano de EMIPA y ENDEPA a Puente Quemado, que lo preparan como cacique para que les haga caso. Ellos interfieren en el diálogo interno de la comunidad y con la sociedad a través de sus publicaciones, pero esto no nos ayuda en nada. Este conflicto, con estas formas y esta manera de criticarnos como Pueblo Originario, nunca antes lo vi», expresó.

Un llamado al respeto mutuo y a la verdad
Consultado en la entrevista sobre si la toma del predio del empresario maderero Alfredo Ruff corresponde a un reclamo legítimo, Morínigo fue categórico:
«No, eso no está bien. Las comunidades no buscamos problemas con la propiedad privada. Queremos que todas logren regularizar su título, pero no estamos de acuerdo con la toma de la tierra de Alfredo Ruff. Si estas organizaciones internacionales o nacionales quieren ayudar a las comunidades para que los Mbya tengan su tierra, que hagan donaciones, que compren tierras y se las donen a la comunidad que quieran ayudar. Pero no más conflictos ni enfrentamientos en Misiones», dijo.
Incluso, el excacique quiso llevar tranquilidad a la sociedad misionera desmintiendo las versiones sobre presuntos atropellos violentos durante el procedimiento policial de desalojo:
«Los policías que desalojaron a las familias Mbya lo hicieron con respeto, los trasladaron hasta sus lugares porque sabían que no debían estar en tierras privadas de Ruff. Fue un operativo pacífico, esto lo sé porque hablamos con mis hermanos. Ellos nunca antes estuvieron en ese lote, esa es la verdad. Salió mucha información falsa: no fue un desalojo dentro de la aldea Puente Quemado II donde ellos viven hace décadas, fue en una propiedad privada donde no es la manera de recuperar el territorio si fuera real que les pertenece», opinó Morínigo.
En el cierre de su testimonio, Néstor Morínigo dejó una reflexión sentida, humana, que apela a la empatía de toda la provincia para detener la espiral de odio: «Duele tanta falta de respeto a la cultura Mbya Guaraní. Duele ver cómo se utiliza a las familias por una organización que no nos representa, se mete y nos perjudica. Esto no está bien. Deberían trabajar en acompañarnos para producir, para desarrollarnos, para mejorar nuestra situación. Con esto solo nos cierran puertas, nos discriminan, se tiene una imagen de lo que no somos, le dan a la sociedad una imagen falsa de lo que somos. Exponen a niños, mujeres y ancianos, los utilizan, y después todos hablan mal de nosotros. El Pueblo Mbya Guaraní no es EMIPA. Somos más de 70 comunidades que no acompañamos sus formas ni queremos su manipulación».
Noticia relacionada



