Las plantaciones mediterráneas de Pinus en la Argentina y España: características y debate ambientales

Por Alejandro Dezzotti (*)

 

Plantas, árboles y Pinus

La biósfera es un extenso escenario desplegado sobre los ecosistemas terrestres y acuáticos de nuestro planeta, donde una multitud de seres vivos de diferentes formas y tamaños interactúan desde hace 3.700 millones de años. Las plantas son los principales organismos de esta compleja trama, porque hacen a la Tierra habitable para todas los demás. A través de la fotosíntesis y una “generosidad inconsciente”, las plantas convierten la radiación solar en energía biológicamente útil para la vida. Los árboles son un grupo particular de plantas formado por 60.000 especies originado hace 140 millones de años, y que se han especializado en maximizar la duración del ciclo de vida, el crecimiento en altura y la acumulación de biomasa leñosa. A partir de esta estrategia, los árboles se convirtieron en los organismos más longevos (el “pino longevo” Pinus longaeva puede alcanzar 5.065 años), pesados (la “sequoia gigante” Sequoiadendron giganteum puede pesar 2.030 Mg) y altos sobre la Tierra (el “pino Oregón” Pseudotsuga menziesii puede medir 126 m).

Los pinos son árboles conformados por 111 especies originarias del Hemisferio Norte. Sin embargo, hay excepciones a esta regla: el “pino de Sumatra” Pinus merkusii se encuentra a 2° latitud sur, y en condiciones ambientales muy rigurosas algunos adoptan un porte arbustivo, como el “pino de montaña” Pinus mugo. Carl Linaeus publicó en 1753 Species Plantarum, un libro de dos volúmenes donde les asignó a los pinos el nombre científico Pinus, para conservar el nombre de raíz indoeuropea utilizado antiguamente para estos árboles y que probablemente signifique resina. Ya el naturalista y escritor romano Plinio El Joven (61 – 112 d.C.), relata la existencia de una nube de ceniza con forma de pino proveniente de la erupción del monte Vesubio.

 

Las plantaciones mediterráneas

En la Argentina, los pinos fueron introducidos en el s. XIX, y los primeros registros incluyen el “pino insigne” Pinus radiata y el “pino ellioti” Pinus elliottii provenientes de EE. UU., el “pino macho” Pinus caribaea de Cuba, y el “pino piñonero” Pinus pinea de España. Esta última especie es la del “pino histórico” de San Lorenzo plantado alrededor de 1802. Desde la década de 1970, en el ecotono andino – extraandino de Neuquén, Río Negro y Chubut del norte de la Patagonia argentina, donde el clima es mediterráneo y de transición húmedo y semiárido, frío y ventoso, se plantaron 100.000 ha de pino. Las plantaciones, localizadas sobre pastizales naturales severamente degradados por el pastoreo y los incendios, representan el 0,2% de la superficie de estas provincias y el 95% está ocupada por el “pino ponderosa” Pinus ponderosa. Ésta es prácticamente la única especie arbórea que se desarrolla satisfactoriamente en uno de los climas más rigurosos y extremos para las plantas, debido a la combinación de aridez y bajas temperaturas.

Plantación de Pinus ponderosa en Mallín Verde (izq.) y Alicura (der.) (Neuquén, Argentina)

En la Patagonia, una corriente de opinión vinculada a organizaciones no gubernamentales plantea que no se debe promover el desarrollo de estos sistemas productivos. Las razones se basan en que, por un lado, implican riesgos ecológicos, y, por otro lado, no reúnen la categoría de bosque debido a que son composicional y estructuralmente simples. Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) categoriza a las plantaciones forestales como bosque, enfatizando que esta condición no depende de la composición o el origen evolutivo de los árboles.

Rodal de Pinus halepensis sobre laderas erosionadas en Palencia (izq.) y de Pinus nigra y Pinus sylvestris para obtener madera en Saldaña (der.) (Castilla y León, España), Castilla y León, España

En España, la forestación contemporánea comenzó en 1853 con la creación del “Cuerpo de Ingenieros de Montes”. Entre 1940 y 1984, el periodo de mayor expansión de la actividad, se plantaron 3,7 millones de hectáreas de pinos xerófilos fundamentalmente para mitigar la erosión y la desertificación natural y antropogénica. En la actualidad, existen más de 6 millones de hectáreas de pino localizadas principalmente en los ambientes mediterráneos, para la producción de madera, resina y semillas comestibles (P. radiata, P. pinea, el “pino albar” Pinus sylvestris, el “pino negral” Pinus nigra, el “pino carrasco” Pinus halepensis y el “pino rodeno” Pinus pinaster) y la protección del suelo y la restauración ecológica (P. halepensis, P. nigra, P. pinaster, P. sylvestris, el “pino negro” Pinus uncinata y el “pino canario” Pinus canariensis).

Hasta hace poco tiempo, la ciencia española asociada principalmente a la fitosociología, consideraba exóticos a los pinos de la Península Ibérica. Esta inexactitud respaldó ideas tales como que nunca formarían parte de los estadios avanzados de la sucesión, desplazarían a la vegetación “original”, se comportarían como especies invasoras y acidificarían el suelo. A los pinos se los consideró “plebeyos” y a las especies latifoliadas “nobles” (https://theconversation.com/la-mala-prensa-de-los-pinares-en-espana-un-mito-del-ideario-social-116762). Estudios palinológicos y antracológicos indicaron que la existencia de Pinus era previa a la llegada de humanos (http://www.paleodiversitas.org/), y que éstos utilizaban leña para la calefacción y cocción, y piñones para la alimentación, principalmente de P. pinea, desde finales del Pleistoceno hace 12.000 años (https://www.researchgate.net/publication/285319860_ El_interes_economico_del_pino_pinonero_para_los_habitantes_de_la_Cueva_de_Nerja). Las especies ibéricas nativas son P. canariensis, P. halepensis, P. nigra, P. pinaster, P. pinea, P. sylvestris y P. uncinata.

 

Ejemplares quemados (izq.) y fotografía aérea indicando la localización pasada (verde) y actual (rojo) (der.) de Nothofagus antarctica en áreas de plantación en Aguas Frías (Neuquén, Argentina) 

Plantaciones sustentables

El desafío asociado a las plantaciones es compatibilizar la conservación ambiental y la producción eficiente y equitativa. Las plantaciones pueden contribuir a reducir la erosión del suelo, conservar ecosistemas frágiles, mitigar el calentamiento global y disminuir la presión sobre los bosques naturales. Además pueden conformar la fase inicial de la restauración de ecosistemas, proteger áreas riparias, mejorar la conectividad entre fragmentos aislados de bosque natural y amortiguar la aridez en los bordes Ejemplares quemados (izq.) y fotografía aérea indicando la localización pasada (verde) y actual (rojo) (der.) de Nothofagus antarctica en áreas de plantación en Aguas Frías (Neuquén, Argentina) del bosque natural circundado por la estepa. Estos efectos dependen de la complejidad y heterogeneidad estructural de la plantación, que resulta de la forma (coníferas y latifoliadas), el tamaño (pequeños y grandes), la edad (jóvenes y viejos), el distanciamiento (separados o juntos), la función (proveedores de néctar, frutos y refugio) y el comportamiento de los árboles (tolerantes e intolerantes a la sombra), y de la intensidad de manejo, la rotación (breve o extensa) y las características de la biota circundante.

Sin embargo, los pinos también tienen un enorme potencial para la regulación de la estructura y dinámica del ecosistema, debido a la alta y precoz producción de semillas que se dispersan a gran distancia, el rápido establecimiento tanto en sitios fértiles como subóptimos, y la autofertilización. Las decisiones y la gestión inadecuadas pueden provocar la invasión biológica, el aumento del riesgo de incendios, y la disminución de la diversidad biológica. En la Patagonia existe una gran cantidad de ejemplos de decisiones ecológicas incorrectas: rodales de P. menziesii y Pinus en bosques naturales puros y mixtos de “pehuén” Araucaria araucana, “coihue” Nothofagus dombeyi, “raulí” Nothofagus alpina, “roble pellín” Nothofagus obliqua y “ciprés de la cordillera” Austrocedrus chilensis.

Invasión biológica de Pinus contorta (izq.) y regeneración natural de Austrocedrus chilensis (der.) en un rodal de pino en Alicura (Neuquén, Argentina)

Para evaluar si la plantación es la mejor opción de uso de la tierra es necesario conocer el contexto en el cual se lleva a cabo. Para ello, es útil plantear un conjunto de preguntas clave: ¿qué uso de la tierra precedió al establecimiento de la plantación? (bosque natural, pastizal degradado, por indicar sólo un ejemplo contrastante), ¿cuál es el estado previo de conservación del área? (en áreas deforestadas, la plantación tiene influencias positivas sobre el microclima y el suelo), ¿cuáles son las opciones de uso posibles? (ganadería extensiva, cultivo agrícola), ¿cómo se compara la plantación con otros usos alternativos? (bosque, monocultivo de cereal), ¿cuál es objetivo primario de manejo? (conservación, producción). El papel de los investigadores, técnicos y gestores forestales es fundamental para proveer la información científica clave para tomar decisiones adecuadas. Las posiciones reduccionistas basadas en concepciones binarias (bueno / malo, nativo / exótico, bosque natural / plantación) no contribuyen a este propósito, sencillamente porque la realidad es compleja e incierta.

 

La crítica ambiental 

La valoración ambiental de la forestación con pinos como un sistema intrínsecamente negativo, se sustenta en corrientes filosóficas que establecen una clara separación e independencia entre la naturaleza y la sociedad. Esta posición interpreta a la especie humana como un elemento completamente artificial, y se basa en el anhelo de la existencia de una naturaleza perfecta, ideal y completamente virgen. No obstante, esta aspiración utópica no representa la realidad física y biológica que existe desde el origen de nuestra propia especie. En oposición, la estrategia de la sustentabilidad busca establecer y consolidar una relación armónica, integrada e interdependiente ser humano – naturaleza, en la cual la cultura sea un instrumento fundamental del desarrollo ecológico y social.

Es paradójico que el planteo de un mundo natural e idílico implique, por parte de los que lo desean, la necesaria participación de invenciones y descubrimientos humanos, como por ejemplo el lenguaje (hace 400.000 años), la agricultura (12.000 años), la escritura (3.000 años), la ciencia (2.300 años), la imprenta de tipos móviles (580 años) y la penicilina (123 años). Además, la existencia de un mundo natural amenazado es planteado desde la ciudad, un ecosistema artificial cuyos efectos sobre el aire, el agua y la biota son incuestionablemente perjudiciales. La transformación de ecosistemas naturales en áreas urbanas implica el cambio de la cobertura de pastizales, praderas, matorrales y bosques por otra de cemento, plástico, vidrio y metal. Sólo Junín de los Andes, una pequeña localidad de 12.620 habitantes (2010) localizada en el ecotono bosque – estepa de Neuquén, tiene una superficie equivalente a 1,4 veces la de todas las plantaciones patagónicas. La acelerada urbanización en desmedro de la naturaleza debería recibir, al menos, la misma atención critica que las plantaciones.

La valoración negativa de las plantaciones presenta además dos aspectos particulares problemáticos. El primero es considerar que todas son similares y en consecuencia sus efectos también. Sin embargo, existen enormes diferencias entre, por ejemplo, los monocultivos industriales de gran escala, intensivos y altamente productivos, y las plantaciones abiertas de las áreas mediterráneas marginales. El segundo es interpretar al bosque natural como inevitablemente complejo y a la plantación como necesariamente simple. Existen bosques naturales estructuralmente simplificados, como los boreales de coníferas del hemisferio norte, así como plantaciones extremadamente complejas de latifoliadas y coníferas de diferentes edades y tamaños, como las de “guatambú” Balfourodendron riedelianum y “pino paraná” Araucaria angustifolia en Misiones, o de P. menziesii y N. alpina en Chubut.

Rodal de Pseudotsuga menziesii y Nothofagus alpina en Trevelín (Chubut, Argentina).

¿Una especie consciente?

Estamos frente a una devastación ambiental global sin precedentes causada por las actividades humanas. Las plantaciones pueden contribuir a amortiguar esta crisis ambiental, y al mismo tiempo a proveer bienes para la sociedad. Esta actividad forestal será exitosa si se respetan principios de sustentabilidad ecológica, que establecen la apropiada forma en que esta tecnología puede proveer beneficios. Los proyectos forestales deben, por un lado, priorizar los aspectos sociales y ecosistémicos, y, por otro lado, realizarse con una silvicultura de bajo impacto. Las plantaciones no serán sustentables en la medida que se realicen a través de modelos intensivos, basados en la eliminación y alteración a gran escala de la vegetación natural, el envenenamiento de la biota, el aire, el agua y el suelo, el desplazamiento de la población rural y la concentración de la producción y la tierra.

Las plantas, los árboles y los pinos son organismos involuntariamente altruistas, ¿cuál es, en cambio, nuestro papel como especie consciente, creativa y con una enorme capacidad de aprendizaje, en el contexto de la habitabilidad y sostenibilidad del planeta? La degradación y destrucción de los bosques es sólo una muestra del vínculo basado en la explotación que establecemos con la naturaleza. Quizá las plantaciones forestales nos puedan ayudar a transitar otro camino.

 

(*) Lic. Biología, MSc – PhD Ecología Forestal

Departamento de Ecología, Universidad Nacional del Comahue

Instituto Universitario de Gestión Forestal Sostenible, Universidad de Valladolid

 

Este artículo forma parte del espacio mensual de la REDFOR.ar, en ArgentinaForestal.com, que busca divulgar y generar debate sobre la problemática forestal del país. Las opiniones pertenecen a los autores.

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