Investigador del CONICET-CIEFAP reafirma aportes de la reforestación de pino en la Patagonia como mecanismo de captura y almacenamiento de carbono para mitigar el Cambio Climático

El Dr. Guillermo Defossé, Profesor Titular de Ecología Forestal Universidad Nacional de La Patagonia, Sede Esquel, e investigador principal de CONICET en el Centro de Investigación Forestal Andino Patagónico (CIEFAP), en contacto con ArgentinaForestal.com expresó su preocupación ante varias “impresiones” expuestas por la investigadora norteamericana Amy Austin y refutó con documentación técnica disponible en la región respecto a los beneficios que se lograron en la actividad con las plantaciones forestales en el Sur argentino. Aclaró que rige la prohibición del reemplazo de bosques nativos por forestaciones exóticas en la región patagónica, y elaboró 10  respuestas con información que contradicen la teoría científica de la reconocida profesional. La Dra. Austin fue premiada por “L’Oreal Unesco a las Mujeres en la Ciencia” por sus investigaciones.

Por Patricia Escobar 

 

CHUBUT (Octubre 2019).- El Dr. Guillermo Defossé, Profesor Titular de Ecología Forestal Universidad Nacional de La Patagonia, Sede Esquel (Chubut), e investigador principal de CONICET en el CIEFAP, expresó su preocupación ante varias “impresiones” expuestas por la Dra. Amy Austin en una reciente conferencia sobre sus investigaciones en la Patagonia Argentina y que fue reflejada semanas atrás en un artículo del boletín Nex Ciencias Exactas de la UBA (Universidad de Buenos Aires), de autoría de Pablo Taranta.

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¿Plantar un árbol es salvar el planeta?: El debate sobre el rol de la reforestación masiva con especies de crecimiento rápido y exóticas

“Estamos alterando el funcionamiento de ecosistemas naturales, sacrificando su biodiversidad, y aunque parece una linda idea, plantar árboles para salvar el planeta, no hay evidencia real de sus beneficios”, concluyó Amy Austin en su charla. La especialista fue galardonada con el premio “L’Oreal Unesco a las Mujeres en la Ciencia”. Es norteamericana, pero hace poco más de veinte años, luego de doctorarse en Ciencias Biológicas en la Universidad de Stanford, una beca de la National Sciencie Foundation la trajo al sur del continente.

El artículo en cuestión generó controversia entre especialistas e investigadores, y uno de los primeros en comunicarse desde Esquel con la redacción de ArgentinaForestal.com para abrir el debate técnico con fundamentos científicos, fue el profesor Guillermo Defossé, ante lo que consideró una “necesidad de precisar algunas desinformaciones vertidas, que me preocupan que no se aclaren a la opinión pública general, y desde el sector forestal en particular, y para aportar datos que están disponibles en la región que permitirán evitar errores conceptuales que observé fueron divulgados por la investigadora”, explicó.

Foto ilustrativa

Entre las contradicciones, pasó a responder en 10 puntos conceptuales que la diferencian de la Dra. Austin en el tratamiento científico en cuestión:

1)    Secuestro de carbono.En un párrafo del artículo difundido, la investigadora dice: “En ese balance global, entre lo que entra y lo que sale de la caja de ahorro del carbono, los bosques maduros son, por fotosíntesis, las herramientas naturales más eficaces para “secuestrar” carbono, y en consecuencia, la reforestación masiva con especies de crecimiento rápido apareció entonces como la gran solución para su captura y almacenamiento, disminuyendo la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera”.

Al respecto, Defossé señala: “Un concepto de ecología básica dice que los bosques maduros son los que están en su etapa climáxica o en equilibrio, por lo que el balance (captura versus emisiones) es neutro entre el dióxido de carbono que fijan por fotosíntesis y el oxígeno que emiten a la atmósfera. No son los bosques maduros, en consecuencia, los que más capturan dióxido de carbono aunque sí lo mantienen acumulado en sus estructuras”.

Las forestaciones masivas con especies de rápido crecimiento en sus etapas juveniles son las que más rápido acumulan carbono en sus órganos (especialmente en troncos y ramas), y mucho más si están realizadas en lugares donde antes no había árboles (como en la Mesopotamia o fundamentalmente en la estepa Patagónica). “Esto se debe a que la estepa nativa (degradada por 100 años de sobrepastoreo), contiene muy poco carbono almacenado en lo que se llama su línea de base, por lo que las forestaciones en este caso representan prácticamente pura ganancia de carbono, fijándolo incrementalmente en la madera y por lo menos por 40 años, y que luego permanece en los productos forestales que se hagan de esta madera. Cuando estas forestaciones llegan a su turno de corta, es porque también han llegado a su equilibrio entre capturas y emisiones, por lo tanto se las debe cortar y recomenzar el ciclo de captura con nuevas forestaciones”, explicó.

2)   Plantaciones en la Patagonia. En otro párrafo, el artículo de Austin dice lo siguiente: “Entre 1974 y 1978, gracias a ventajas impositivas para la producción de celulosa, se plantaron en la Patagonia 70 mil hectáreas de coníferas, casi el 95% de una sola especie de pino, Pinus ponderosa, una suerte de “súper planta”, capaz de adaptarse a condiciones extremas con características relativamente constantes.

Defossé consideró que: “En realidad, hay que diferenciar dos períodos en el tema de forestaciones masivas en Patagonia si se quiere tratar el tema seriamente. El primero comenzó a desarrollarse después del año 1977 (no entre el 74 y el 78), cuando se implementaron incentivos económicos para fomentar la producción de celulosa a través de la Ley 21.695/77 (Poder Ejecutivo Nacional 1977); al estar destinadas a producir celulosa, esas plantaciones se realizaron a muy altas densidades (de 2500 pl/ha).  Esas forestaciones sí se realizaron reemplazando en muchos casos los bosques nativos”.

Sin embargo, explicó que “en conjunto, nunca superaron las 6 mil hectáreas plantadas, y no 70 mil hectáreas que dice el artículo. Otra grosera omisión (deliberada o no) es que al desestimarse tempranamente su destino como proveedoras de pasta de celulosa, esas forestaciones nunca recibieron ningún tipo de tratamiento o manejo silvicultural, por lo que al haber sido, y estar hoy abandonadas, tienen que haber ocurrido en ellas distintos procesos que son ajenos a lo que llamamos una silvicultura moderna y con objetivos productivos”.

Agregó que en los años 90 comienza la otra etapa, a partir de la sanción de la Ley 25.080 y otras leyes provinciales, que expresamente corregían los errores anteriores, como la prohibición de reemplazar bosques nativos por forestaciones, y se comenzó a forestar en áreas de estepas degradadas por 100 años de pastoreo continuo y se introdujeron algunos requisitos previos, como el estudio de impacto ambiental, la reducción de plantación a densidades de 1100 pl/ha  y otras medidas para crear ambientes productivos con el menor impacto posible en el ambiente a forestar.

“En este segundo período se lograron implantar 112 mil hectáreas (datos del inventario Forestal Nacional para forestaciones de Patagonia de  2017), mientras que quedan solo alrededor de 3800 ha dentro del bosque nativo (y a las que evidentemente se refiere este artículo) que es necesario restaurar con especies nativas y devolverle al bosque nativo su estructura y funciones originales”, indicó.

Desde el Centro de Investigación Forestal Andino Patagónico (CIEFAP) y la Universidad Nacional de la Patagonia en su sede de Esquel, muchos proyectos se fueron abocando a la restauración de los bosques nativos de la Patagonia afectados por diferentes disturbios (tala, pastoreo, e incendios fundamentalmente). Los resultados de estas investigaciones han dado excelentes resultados, aunque no han sido difundidos lo suficiente como acaparar la atención de grandes medios de comunicación.

Estos proyectos, a escala piloto, demostraron que mediante la aplicación de distintas medidas de intervención silvícola (por ej. sacando paulatinamente las forestaciones de dentro del bosque nativo y restaurándolo con especies nativas), es posible recuperar paulatinamente las estructuras y funciones de los bosques nativos, mejorando su rol ecológico y produciendo beneficios tangibles e intangibles que benefician a toda la sociedad.

3) Manejo de plantaciones.En el final del mismo párrafo del punto 2, el artículo dice: “En esas plantaciones sin un manejo sustentable, Austin y su equipo vieron una oportunidad: podían medir el impacto en el ciclo de carbono de los diferentes ecosistemas a lo largo de ese paralelo, los más áridos y los más húmedos, los más fríos y los más templados, contrastando aquellos que conservan la vegetación nativa con los que fueron reforestados”.

Para Defossé, esta es “una trampa muy cuestionable” que puede tener efectos negativos sobre la opinión que puede formarse el lector desprevenido o desconocedor del tema, ya que el artículo no dice claramente que está hablando de las forestaciones remanentes de los años 70/80, y lo extiende como si fuese aplicable a todas las forestaciones de Patagonia (repito solo quedan unas 3800 ha sobre un total de 112 mil ha), o sea que los datos presentados en este artículo representarían en todo caso sólo el 3,5% de todas las forestaciones de Patagonia).

Al estar sin manejo, plantadas a altísima densidad y tratarse ya de forestaciones añejas, su relación con los procesos (captura/emisiones de carbono) no son para nada comparables y ni siquiera es sensato pretender hacerlo con las del bosque nativo aledaño. Para mí, si no se aclara esto, es un verdadero fiasco científico.

Región del Bosque Andino Patagónico. Una vista de un bosque de lenga.

4) Acumulación de carbono. En el siguiente párrafo, que comienza diciendo textualmente:  “La pesquisa de Austin es múltiple. Registra, en los bosques exóticos, un aumento de la biomasa en los troncos pero no en la producción foliar”.

Defossé aclara un aspecto básico: Las hojas (o como dice el artículo “un aumento en la biomasa en la producción foliar”) no acumulan carbono, solo hacen el proceso de fotosíntesis y el carbono se acumula en el tronco, en la raíz, en las ramas, y también en el suelo.

5) El párrafo sigue… “También un incremento de los detritus, pero con un material de hojarasca (básicamente pinocha, con mucha lignina pero escasa presencia de otros agentes microbianos) que produce un bajo impacto de la descomposición biótica y menor acumulación en el suelo. Y detecta que el rol del sol, importante en la foto-degradación de la materia orgánica en los suelos de climas áridos, pierde efecto en las zonas de estepa reforestadas con especies de mayor densidad.

En este punto Defossé señala: “En primer lugar convendría utilizar con sumo cuidado la terminología usada para no confundir a los posibles lectores de estos artículos. Hablar de las “estepas reforestadas” es un contrasentido, ya que término “estepa” implica un lugar árido o semiárido donde predominan los pastos y algunos arbustos, pero que carece de árboles. Hablar de “estepas reforestadas” implicaría asumir que se está “replantado” en un lugar donde anteriormente había árboles.  Y esto no es así en relación a las estepas de Patagonia, ya que en ellas se “foresta” con especies que antes no estaban allí.  Acá olvidan también decir que las forestaciones, como cualquier cultivo agrícola, frutícola o forestal, deben ser manejadas.  Las prácticas de manejo imprescindibles en plantaciones de coníferas en Patagonia son las podas, los raleos y las quemas prescriptas, que deben realizarse haciendo una mímica de lo que ocurre naturalmente en los lugares de origen de estos pinos implantados en Patagonia y que provienen mayoritariamente del oeste de Norte América.  Las podas y los raleos abren el dosel arbóreo y permiten la entrada del sol para que las especies nativas de la estepa puedan crecer sin inconvenientes.  Las quemas prescritas en estas forestaciones (o prescriptas como decimos en Argentina), por su parte, tienen por objetivo reducir las pinochas a nutrientes indispensables para el crecimiento tanto de las forestaciones como de otras plantas presentes en el sotobosque, y evitar también posibles incendios incontrolados”.

6) En el siguiente párrafo, en la nota dice: ” En efecto, la captura y almacenamiento se da sobre todo en los troncos de una especie, el pino, cuyo destino final es la tala, la producción maderera, cuando no -como por estos meses se ha visto trágicamente en la Amazonía-, los incendios, que devuelven aún más dióxido de carbono a la atmósfera. Y ese secuestro, además, no se produce significativamente en los suelos”.

Defossé en este punto admite que: “Si bien es verdad que la mayor parte de la captura de carbono se acumula en los troncos (pero también en la raíz, ramas y en el suelo).  El destino final de las forestaciones de pino es el de producir madera de calidad, que luego será usada para viviendas, tirantes, muebles, etc. que mantendrán “capturado” ese carbono por el tiempo que estos productos duren.  Como ejemplo, hay iglesias en Noruega que fueron hechas de madera y que tienen cerca de 1000 años. ¿No es loable la tarea de la madera, al haber retenido en su estructura ese carbono atmosférico por cerca de un milenio?”, se pregunta.

7) Por otro lado, el artículo dice que si se queman las forestaciones, ese carbono acumulado devuelve aún más dióxido de carbono a la atmósfera, lo que no es estrictamente cierto.

Defossé señala, en primer lugar, que hay que aclarar que los bosques nativos también se queman, y no siempre por cuestiones antrópicas.  Muchos ecosistemas boscosos tienen al disturbio fuego como parte componente fundamental de su ciclo de vida natural.  Ahora bien, en cuanto a la aserción de que las forestaciones “devuelven más dióxido de carbono a la atmósfera”, habría que preguntarse primero más que quién, el qué es lo que diferencia la captura de carbono por forestaciones o por bosques nativos con otras medidas de reducción de emisiones?. La gran ventaja de las forestaciones o de los bosques nativos ante el disturbio que provoca el fuego, es que ambas reciclan y reincorporan en el tiempo y mediante los procesos de sucesión secundaria, el propio carbono que ellas emitieron (es decir que  son neutras en cuanto a las capturas y  emisiones si se les deja cumplir con sus procesos y funciones naturales).

Por esa razón, no es científicamente correcto decir que las forestaciones que se queman devuelven aún más dióxido de carbono a la atmósfera. En todo caso, estarán emitiendo el mismo carbono que en algún momento secuestraron. Y lo que realmente hace la diferencia en cuanto a la acumulación de carbono por las forestaciones, es que si están bien manejadas, ese carbono puede transformarse luego en productos de alta duración, como muebles, entablonados, casas, tirantes etc.  Y repetir ese ciclo virtuoso a perpetuidad.

Por otra parte, las emisiones por hidrocarburos y otras actividades humanas (producción de cemento, hierro, etc.), sí emiten carbono que antes no estaba en la atmósfera, ya que lo toman de lo acumulado en las entrañas de la tierra y lo incorporan “adicionalmente” a la atmósfera.

8) La última parte de este párrafo dice textualmente: “Y ese secuestro, además, no se produce significativamente en los suelos.

Defossé respondió al respecto: “Simplemente, esto no es verdad.  Hay incluso tesis doctoral de referencia de una tesis doctoral y de una publicación en una revista especializada, en la que se demuestra que a través del tiempo, las forestaciones aumentan el contenido de carbono de horizontes sub-superficiales del suelo e incrementan la densidad de raíces (que luego se convertirán en carbono), aumentándolo en comparación con el acumulado en la estepa adyacente donde fueron implantadas”.

 

9) El artículo finaliza diciendo “Por otra parte, la prodigiosa reducción de la huella de carbono que generan los bosques maduros, que crecen más lento pero ya existen, corre riesgo de perderse ante su peligroso reemplazo por bosques exóticos….”.

Tal cual está redactada la frase en el artículo, es realmente confusa y muy poco entendible, señala Defossé. “ Si la “Huella de Carbono” se define como -un indicador ambiental que mide (o pretende medir) la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, animal, la fabricación y/o el traslado de un producto, o algún evento en particular-, me pregunto ¿en qué consiste entonces “la prodigiosa reducción de la huella de carbono que generan los bosques maduros”, que crecen más lento pero ya existen? ¿Corre riesgo de perderse ante su peligroso reemplazo por bosques exóticos?.

En primer lugar es preciso recalcar nuevamente que “desde los años 90 y en virtud de la ley 25.080 y sucesivas (tanto nacionales como provinciales, está prohibido el reemplazo de Bosques Nativos por Forestaciones en la Patagonia”.

En segundo lugar, solo se foresta en la estepa degradada por sobrepastoreo durante los últimos 100 años, y en la cual el carbono acumulado en su línea base es muy baja y con muy pocas posibilidades por si sola de revertir su proceso de y capturar carbono adicional.

“Las forestaciones realizadas sobre esas estepas y con un manejo adecuado, no solo acumulan carbono adicional, sino que también proveen de bienes y servicios que minimizan la huella de carbono y generan además mano de obra genuina, en una región donde el trabajo escasea, en especial durante el invierno que es cuando se hacen esas plantaciones”.

Otro aspecto interesante en relación a la huella de carbono y que este artículo omite, es que en la Patagonia en la actualidad, y al haber prácticamente desaparecido la industria forestal local basada en especies nativas, el 90 % de los productos forestales (tableros, tirantes, machimbres, muebles, etcétera) que se utilizan para la construcción de  casas, muebles, provienen de pinos u otras especies forestales de regiones como Chile, Misiones, Brasil o hasta recientemente de la Unión Europea (esto se debe también en parte a que muy pocas de las forestaciones patagónicas realizadas a partir de los 90 han llegado ya a su turno de corta).

El traslado de esos productos generados en otras regiones hasta distintos lugares de la Patagonia sí generan una huella de carbono impresionante, que se podría reducir drásticamente si esos productos fuesen fabricados con madera proveniente de forestaciones locales.

“Sería importante que los autores de la nota sepan que cuando se diseñó y presentó a la legislatura del Chubut el proyecto (luego de la Ley 3944, de fomento a las forestaciones en esta Provincia), esta legislación de avanzada llevaba implícita una estrategia de reducción y/o compensación de emisiones a través de un programa especial que combinaba lo público con lo privado”.

En este sentido, el investigador agregó que “a través de la misma se realizaron las primeras transacciones que permitieron Chubut ser la primer provincia en vender Bonos de Carbono generados por esas forestaciones en los años 2000 y 2001, en los que pese a la crisis reinante en esa época y merced a ese incentivo más los beneficios de las leyes nacionales y provinciales, alcanzaron a plantarse en esas estepas cerca de 4 millones de plantines de coníferas por año entre 2000 y 2001, y que se encuentran hoy afortunadamente capturando carbono que de otra manera no hubiese sido posible concretar”.

Reflexionó finalmente en que “lamentablemente, decisiones políticas desacertadas abortaron la posibilidad de continuar plantando a esos ritmos, que amén de los puestos de trabajo permanente generados, nos hubiese ubicado hoy como actores importantes en el comercio mundial de bonos de reducción y captura de emisiones, que ahora el mundo parece haber redescubierto, y que están activamente funcionando en muchos países”.

10 ) ¿Cuales son las ventajas, riesgos y beneficios, como el aporte ambiental que pueden tener las plantaciones forestales en la estepa Patagónica, tanto para los bosques nativos como otros servicios que éstos brindan a la sociedad?

En primer lugar, y basado en los criterios acordados por la Naciones Unidas en la “Evaluación de Ecosistemas del Milenio”, queda claro que en la base biofísica o capital natural sobre la que se asienta una región, la conservación de su diversidad y el aprovechamiento sostenible de sus recursos, determinan en conjunto el futuro social, cultural y económico-ambiental de su población.

No es posible lograr entonces el desarrollo sustentable de un lugar o región, si éste se hace en detrimento de su patrimonio biofísico o capital natural. Tampoco se logra si quienes viven de ese patrimonio o recurso se les impide su acceso y uso. Es indispensable entonces que los beneficiarios del uso sostenible de los recursos sean primariamente quienes viven y trabajan en la región, y luego por efecto contagio los de otras regiones aledañas.

Yendo entonces específicamente a las forestaciones en la estepa Patagónica, trataré de resumir cuáles serían los servicios socio-ecológicos de estas forestaciones:

·       En primer lugar, con el hecho de forestar en la estepa se estaría disminuyendo la presión sobre especies maderables del bosque nativo, que pasarían a tener un rol más ecológico como protectores de cuencas hídricas que como proveedores de madera.  En aquellos bosques donde haya otros disturbios (pastoreo por ejemplo) se debe poner en valor y hacer efectivas las recomendaciones sobre el manejo integrado de bosques con ganadería. Es indispensable también realizar las tareas de restauración ecológica en aquellos lugares forestados con exóticas en los 70 y que aún permaneces dentro de los bosques nativos (~3800 ha), para lo cual hay ya probadas tecnologías y experiencias que, basadas en la investigación básica, permitirán devolver al bosque nativo Andino Patagónico su estructura y funciones ecológicas principales.

·       Las forestaciones en áreas degradadas de la estepa, por otra parte, realizadas a baja densidad, permiten conservar la diversidad de plantas de estepa y mejorar sus condiciones como proveedoras de forraje.

·       Otro aspecto socioeconómico importante es que los viveros donde se producen las plantas que irán a las forestaciones requieren de mucha mano de obra, como así también las propias plantaciones. Es importante mencionar que para plantar 1 ha por día en Patagonia se requieren 6 operarios  (se hace todo manualmente por las condiciones donde se planta) y que éstos representan 5 meses de jornales diarios durante la época de plantación.  Al hacerse esta tarea en los meses invernales cuando no hay otros trabajos como la construcción (por la veda invernal por frío) o la zafra lanera (por ser primavera-estival), las forestaciones permiten a los operarios prácticamente trabajar todo el año, mejorando sus ingresos y permitiendo una estabilidad laboral que antes no tenían.

·       Por otro lado, las tareas de forestación, al ser manuales, no dejan prácticamente una huella de carbono marcada, al plantarse sin laborear el suelo previo a la plantación, y el laboreo posterior que incluye podas y raleos se hace con un consumo mínimo de hidrocarburos comparado con cualquier otra actividad agropecuaria.

·        En relación al ambiente, las forestaciones con coníferas en Patagonia permiten el secuestro y almacenamiento de carbono  en los fustes, ramas, raíces y también en el suelo, sin afectar el carbono secuestrado por la vegetación nativa (ya que esta no se reemplaza en la plantación), adicionando mucho carbono a un ecosistema que antes no lo tenía. Un tema que merece aclararse también es la relatividad con la que usamos algunos términos y lo que la gente común interpreta sobre los mismos. En general, se dice que en la Patagonia se plantan especies de coníferas “de rápido crecimiento”. Este es un concepto  muy relativo.  Si se hace la comparación con el bosque nativo aledaño, es seguro que estas forestaciones crecen y secuestran carbono más rápidamente que las especies de árboles más relevantes del boque nativo.  Sin embargo, cuando se las compara con el crecimiento de otras especies que crecen o se plantan por ejemplo en el litoral (otros pinos, eucaliptus, y otras latifoliadas), tendríamos que decir que las coníferas plantadas en Patagonia son de muy lento crecimiento. Por eso la relatividad de ese concepto que creo necesario aclarar.

Conclusiones

En resumen, las forestaciones en la estepa Patagónica (bien manejadas por supuesto), pueden proveer de trabajo genuino y productivo a la población local, formar un patrimonio forestal que nos permita abastecer sosteniblemente de madera a la región y disminuir así la gran huella de carbono que tenemos hoy al importar prácticamente toda la madera que consumimos, y generar grandes y eficientes almacenes de carbono para contribuir a la reducción del calentamiento global.

Con estas acciones estaríamos cumpliendo con un mandato de las Naciones Unidas cuando promovieron investigaciones sobre los Ecosistemas del Mileno.  Esas debían realizarse  con el objetivo de determinar, sobre bases científicas, los servicios que los ecosistemas proveen para guiar las acciones que permitan su conservación y uso sostenible. Y eso es precisamente lo que hacen las forestaciones realizadas sobre la estepa Patagónica. Finalmente y como diría el prominente forestador y pionero Don Eberardo Hoepke, las forestaciones en Patagonia bien planeadas y manejadas, generan trabajo local y regional, madera para el país, y oxígeno para la humanidad.

 

 

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