Afirman que la forestación de áreas degradadas de Patagonia produciría servicios ecosistémicos que beneficiarían a toda la sociedad

¿Conviene seguir fomentando las plantaciones forestales en el norte de la Patagonia?. En agosto pasado se dio a conocer una investigación bajo este título donde se planteó responder este interrogante en un ensayo que abordó responder el debate sobre la conveniencia (o no) de seguir fomentando las forestaciones en el norte de Patagonia. A partir de elementos de los “servicios ecosistémicos”, desarrollado en la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, el investigador Guillermo Defossé, del Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (CIEFAP-CONICET) y profesor de Ecología de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Sede Esquel, analizó en el mencionado estudio los aspectos ecológicos, económicos y sociales que responden a esa pregunta.

 

 

 

Por Patricia Escobar

 

CHUBUT (5/11/2015).- El investigador Guillermo Defossé, del Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (CIEFAP-CONICET) y profesor de Ecología de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Sede Esquel realizó un estudio en el cual contempló las condiciones ecológicas y socioeconómicas actuales de la estepa a forestar y los impactos ecológicos que, a futuro, tendrían las forestaciones sobre algunos atributos estructurales y funcionales de esta estepa. “El análisis económico de las forestaciones no sólo arroja beneficios tangibles (creación de riqueza) sino también ambientales (captura y almacenamiento de CO2). Socialmente, el efecto sería muy positivo por la generación de empleo que la actividad conlleva. La forestación de áreas degradadas de Patagonia produciría servicios ecosistémicos que beneficiarían a toda la sociedad”, aseveró en la contacto con ArgentinaForestal.com el docente.

 

En tanto, en sus consideraciones finales, el investigador fundamentó que en la Evaluación del Milenio (EM 2005) quedó explícito que el concepto de “servicio ecosistémico” se refiere a los beneficios que los ecosistemas brindan a la sociedad. Aplicarlo a casos reales requiere tanto tener en cuenta sus costos y beneficios como identificar y diferenciar los grupos sociales que se beneficiarán o perjudicarán económicamente con su desarrollo. “En el caso de fomentar las forestaciones en Patagonia, los grupos que se beneficiarían en el corto plazo serían, naturalmente, los plantadores forestales (muchos desocupados rurales que requieren hoy de asistencia social para subsistir), los viveristas y los pequeños empresarios plantadores, los productores cuyos campos perdieron receptividad y los comerciantes de localidades pequeñas”, precisa. Mientras que agrega que “en el mediano plazo se beneficiarían quienes se dediquen a la foresto-industria, al comercio maderero o agropecuario y a toda la cadena productiva que dinamizan las forestaciones. En el corto plazo, las forestaciones no impactarían sobre el grupo de aquellos que obtienen sus ingresos del erario público (nacional, provincial o municipal), aunque sí en el largo plazo al generarse riqueza y bienestar para toda la sociedad”.

 

Asegura que en este esquema “es difícil encontrar efectos negativos sobre la sociedad o el ecosistema que se forestará. Como lo hicieron anteriormente Brasil, Chile y Uruguay, las forestaciones en Patagonia pueden crear riqueza, generar empleos genuinos y diversificar la producción de una estepa degradada sin otras alternativas productivas. Todo esto mejoraría la calidad de vida de sus habitantes. Para que ocurra, no sólo debemos contar con políticas de Estado claras, estables y sostenibles, sino también logar que se cumplan a rajatabla. De nada sirve si los subsidios destinados a forestar no llegan en tiempo y forma a sus beneficiarios; sus demoras en el pasado reciente han causado el quiebre en la cadena de pagos y la desaparición de muchos actores ligados a la actividad. Asimismo, es imprescindible que las instituciones administrativas y de investigación apoyen con fuerza la actividad mediante trabajos que mejoren la productividad y que ayuden a conservar la diversidad de la estepa. Por último, y dando por cumplidas las premisas anteriores, es necesario que los empresarios apuesten al sector, capitalizando las enormes ventajas que ofrecen las forestaciones en Patagonia. Si así lo hacemos, las generaciones venideras nos lo agradecerán”, concluye Defossé.

 

El estudio realizado inicia con un repaso de la historia forestal de la Argentina y países de América del Sur, y en ese contexto analiza la evolución de la actividad en la Patagonia Andina.

Desde la colonización europea y hasta poco tiempo atrás, la ganadería ovina y la actividad forestal basada sobre el aprovechamiento del bosque nativo fueron los pilares del desarrollo económico de la Patagonia Andina Central. En el centro-norte de Neuquén, la araucaria araucana (Araucaria araucana, el raulí (Nothofagus alpina) y el roble pellín (Lophozonia obliqua) fueron las principales especies aprovechadas hasta la década del sesenta del siglo pasado. Entre San Martín de los Andes, Neuquén y Chubut, el ciprés de la cordillera (Austrocedrus chilensis) y la lenga (Nothofagus pumilio) fueron relevantes para la construcción (como ser tirantería, revestimientos, aberturas, etc.) y la fabricación de muebles. Sin embargo, en los últimos años, las áreas de bosque nativo aprovechadas en esta región disminuyeron de manera notable. La disminución se debió fundamentalmente a medidas de protección para atenuar los impactos de la herbivoría en el bosque, los incendios, efectos de enfermedades como el mal del ciprés, o al avance de la construcción en las áreas de interfaz urbano-rural.

 

Hasta mediados de los años noventa del siglo pasado, la Patagonia Andina Central se autoabastecía y hasta exportaba madera de especies nativas. Hoy se ha convertido en una importadora neta de productos forestales. Estadísticas del Chubut del año 2014 indican que en 1994 se aserraron 25.000 m3 de lenga y sólo 1.800 m3 en 2012. En cuanto al ciprés, en 1997 se procesaron 15000 m3, que se redujeron a 5000 m3 en 2012. En cuanto a la madera proveniente de forestaciones, en 1997 se aserraron 2000 m3 , que crecieron a 25000 m3 en 2012; este incremento sólo permitió satisfacer el 12% del consumo de madera de machimbre y el 28.8% de tablas y tirantes en Chubut . Hoy, más del 85% de la demanda de machimbre, del 70% de tirantes y tablas y el 100% de tableros y paneles comercializados en Neuquén, Río Negro y Chubut es satisfecha por productos extra-regionales (en particular, de Misiones y Chile). Esto implica un balance socioeconómico y ecológico negativo que eroga divisas (al dejar de producirse bienes locales) y genera una huella de carbono negativa al transportarse madera desde casi 3000 km (Misiones) ó 1000 km (Chile).

 

 

Sillas realizadas con raleos de pinos en el Departamento de Tecnología del CIEFAP.

 

 

Las forestaciones con especies exóticas

 

A mediados de 1970 se implementaron incentivos impositivos para fomentar, en toda Argentina, las forestaciones con especies de rápido crecimiento. El objetivo fue paliar el déficit de celulosa y de papel. En la Patagonia Andina, esos incentivos y los buenos rendimientos obtenidos en estaciones experimentales del IFONA desde 1940 estimularon forestaciones que reemplazaron el bosque nativo, y en especial el bosque mixto de ciprés y coihue. Las plantaciones mostraron buenas tasas de crecimiento, pero se realizaron sin criterios silviculturales ya que su objetivo era sólo la producción de celulosa. Desde diferentes sectores de la sociedad, y de acuerdo con la tendencia internacional hacia una silvicultura más natural, en las décadas del 80 y 90 se comenzó a desalentar aquellas plantaciones que reemplazaran bosques nativos. Las evidencias científicas indicaban que las forestaciones monoespecíficas, plantadas a densidades altas, creaban ambientes artificiales que modificaban los atributos estructurales y funcionales y los servicios ambientales que prestaban los bosques reemplazados.

 

Desde entonces, en Patagonia, ninguna plantación forestal reemplaza bosques nativos. Y de las forestaciones implantadas dentro del bosque nativo, solo quedan unas pocas hectáreas (entre 3 a 4 mil) comparadas con el total de 95 mil hectáreas forestadas. Por otra parte estas forestaciones remanentes dentro del bosque nativo están siendo objeto de proyectos en la actualidad desde el CIEFAP, en los cuales el objetivo principal es restaurar el bosque nativo mediante corta de las exóticas y posterior re-plantación de las especies nativas.

 

En los años noventa, estudios ecológicos, edafológicos y productivos relevaron y delimitaron el potencial de la estepa patagónica adyacente al bosque nativo para realizar forestaciones con coníferas exóticas y otras especies de calidad. Este potencial, de casi 2000000 ha, está basado en las condiciones agroecológicas y climáticas de esta estepa. Allí juegan un papel importante las cenizas volcánicas, que forman un horizonte en el subsuelo. Estas cenizas contienen sustancias alofánicas capaces de retener humedad y de proveerla a las plantaciones durante el déficit primavero-estival.

 

Las raíces de las plantas de la estepa no acceden a estas cenizas por ocupar horizontes más superficiales. En esta región las forestaciones se realizan sin modificar ni alterar las condiciones de la vegetación nativa, sino que se planta en los espacios que existen entre las plantas nativas. Podríamos decir ecológicamente que las plantaciones ocupan “nichos ecológicos vacíos dentro del suelo de la matriz de estepa”, precisó Defossé.Sin embargo, los condicionantes ecológicos y económicos reducirían esta superficie a 800000 ha. Además, las forestaciones en esta estepa tendrían ventajas comparativas y competitivas para desarrollarse dentro del Mecanismo de Desarrollo Limpio (CDM) del Protocolo de Kioto. Aparte del bajo costo de la hectárea, la vegetación de esta estepa está deteriorada por sobrepastoreo: comparada con otros ecosistemas, almacena muy poca biomasa tanto en la parte aérea como en la radical (la línea base). Esto permite que las forestaciones tengan una alta adicionalidad no sólo como almacenadoras de carbono (dentro del CDM) sino también por sus tasas de crecimiento elevadas, iguales o superiores a las que presentan en sus sitios de origen. La adicionalidad elevada y el excelente crecimiento hace que estas forestaciones resulten muy atractivas como un servicio ecosistémico (MEA 2005), ya que podrían, además, proveer productos forestales, generar riqueza y emplear mano de obra en una región con alta desocupación.

 

Plantaciones forestales de pino ponderosa en la Patagonia

 

 

Impactos ecológicos, económicos y sociales

 

¿Cuáles serían los impactos ecológicos, económicos y sociales más importantes, tanto positivos como negativos, que producirían las forestaciones en Patagonia? Mucho se ha escrito sobre los impactos ecológicos sobre los ecosistemas donde se las implanta. Se ha escrito mucho menos sobre estos impactos desde lo económico y/o lo social. Por eso, el análisis de este ensayo está inspirado en el concepto de “servicio ecosistémico”, mencionado previamente y desarrollado en profundidad en la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (MEA 2005). Para hacer este análisis, consideró necesario conocer de antemano el estado estructural y funcional actual de la estepa donde se propone forestar. “Es importante recordar que esta estepa no es prístina ni mucho menos, ni tampoco las forestaciones la estarían reemplazando por completo. La estepa tiene una historia de 100 años de uso intensivo y de deterioro por sobrepastoreo ovino, como lo atestigua la literatura científica desde los años cincuenta. Durante los años ochenta y noventa del siglo pasado se realizaron ingentes esfuerzos en investigación para comprender la estructura y el funcionamiento de estos ecosistemas y para proponer alternativas que permitieran su recuperación”, remarcó.

 

Aunque la información generada fue prolífica, en la mayoría de los casos no fue posible revertir el deterioro. En los últimos 20 años, varios factores socioeconómicos y ecológicos adversos (desde la baja del precio internacional de la lana, la caída en la demanda de mano de obra rural y las sequías prolongadas) afectaron la actividad ovina y el deterioro del recurso pastoril. En el último decenio, la ganadería ovina para los pequeños productores pasó de medianamente lucrativa a de subsistencia. Como consecuencia de la falta de trabajo rural, muchos trabajadores debieron migrar a la periferia de ciudades costeras y andinas a fin de conseguir una “changa” o un subsidio estatal para poder sobrevivir. Aquellos ganaderos que pudieron paliar la situación (por tener predios más grandes y con mejores condiciones agroecológicas) fueron cambiando la ganadería ovina por la bovina, y recientemente sumaron la producción de carne en “feed-lots”.

 

Estos feed-lots requieren menos personal que la ganadería ovina y son mucho más lucrativos. El paulatino despoblamiento humano de los campos, acelerado desde la sequía del 2005 al 2009, generó impactos socioeconómicos nunca antes vistos en Patagonia (aliviados en parte por subsidios estatales). Como ejemplo del deterioro, Chubut pasó de 5 millones de ovejas en 2005 a 2.8 millones en 2012, lo que representó una merma del 55% en su stock ovino. Los departamentos Cushamen, Futaleufú, Languiñeo, Tehuelches y Río Senguer (los más productivos para la ganadería ovina del Chubut y con áreas aptas para forestar) perdieron 60% de sus ovinos —de 2.26 millones a 1.36 millones— entre 2005 y 2012. Esta caída también se reflejó en los departamentos colindantes de Pilcaniyeu, Bariloche y Ñorquinco (provincia de Rio Negro).

 

El deterioro de los campos es difícil de revertir con el esquema actual de monoproducción ovina. Desde el punto de vista socioeconómico, se necesitan alternativas que cambien esta matriz productiva (i.e., mediante forestaciones) y que generen riqueza y bienestar. Sin embargo, queda pendiente la pregunta: desde lo ecológico, ¿cómo impactarían las forestaciones sobre algunos atributos de esta estepa como la biodiversidad, la combustibilidad del paisaje o la capacidad invasora de alguna de las especies introducidas?

 

 

Impactos sobre la diversidad, combustibilidad y capacidad invasora de las forestaciones

 

En esta estepa es difícil encontrar lugares de referencia en donde la diversidad no haya sido afectada. Por ese motivo debemos ser muy cautos al generalizar los impactos de las forestaciones sobre la diversidad. Hoy se acepta que la densidad inicial de las plantaciones juega un rol fundamental en la magnitud de estos impactos.

La disminución de la diversidad y la fragmentación del ambiente es evidente en aquellas forestaciones densas que reemplazaron al bosque nativo. En cambio, plantaciones jóvenes (~20 años) realizadas en la estepa, raleadas a baja densidad, presentaron impactos leves sobre la diversidad vegetal. También investigadores determinaron que los impactos sobre la diversidad de la fauna en general se atenúan cuando las forestaciones son ralas. Otro estudio demostró que el ensamble de aves es similar tanto en el bosque nativo como en forestaciones adultas de Neuquén. Comparadas con forestaciones densas, las bajas densidades de plantación (i.e., en etapas iniciales o por podas y raleos) permiten una mayor entrada de luz y una mejor distribución de la precipitación hacia el estrato herbáceo; por lo tanto, impactan menos sobre la biodiversidad. Varios trabajos han profundizado sobre las forestaciones como modificadoras del ciclo del agua. La mayoría de estos trabajos corresponden a áreas forestadas en bosques nativos y, aunque tienen gran valor indicativo, no se los puede extrapolar a áreas de estepa ya que en su mayoría son pseudorepeticiones. En la estepa, las plantas nativas y las plantaciones pueden desarrollarse y convivir sin inconvenientes al usar agua de distintos horizontes. Por ejemplo, en comparación con la estepa, la gramínea palatable Festuca pallescens. Parodi, a iguales valores de precipitación y luz mejora sus relaciones hídricas y aumenta su crecimiento bajo el dosel de pinos. Esto abre la posibilidad de desarrollar sistemas silvopastoriles, otro “servicio ecosistémico” que diversificaría la producción y agregaría riqueza a la estepa degradada y con escasas alternativas de desarrollo. En cuanto a la capacidad invasora de las coníferas introducidas en Patagonia, el 80% de las forestaciones corresponden a pino ponderosa, considerado por sus características como “no invasor”. Del resto, los pinos oregón, radiata y contorta podrían considerarse como invasores, aunque en áreas de estepa se los puede controlar con un manejo adecuado de las forestaciones. En cuanto a la combustibilidad del paisaje, todas las especies a forestar han co-evolucionado con el fuego como disturbio natural, como también ha sucedido con las especies de la estepa patagónica. La clave para desarrollar forestaciones con bajo riesgo de incendios está en manejar bien la plantación, incluyendo podas y raleos y el tratamiento de los residuos que éstos generan mediante tecnologías adecuadas (e.g., triturado, quemas prescriptas, etc.). Como corolario, es necesario profundizar más las investigaciones sobre los impactos de las forestaciones en la estepa, sin perder de vista que aun forestando las 800000 ha mencionadas anteriormente se cubriría sólo el 1.54% del territorio de las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut. En ese contexto y a esa escala, es probable que las forestaciones en Patagonia tengan un impacto ecológico escaso o nulo, mientras que los impactos económicos y sociales resultarían positivos y alentadores.

 

 

Destino de las plantaciones

 

La pregunta inicial, ¿conviene (o no) seguir fomentando las plantaciones forestales en el norte de la Patagonia?, podría conducirnos a otra: en caso de seguir fomentándose, ¿qué haríamos con sus productos y subproductos?

Al descartar el destino celulósico-papelero, la respuesta sería: paliar el 85% del déficit en machimbres, el 70% en tirantería y tablas o el 100% en tableros y paneles usados en Patagonia, que hoy provienen de mercados extra-regionales. Esta trasformación primaria de la madera daría muy pronto un gran impulso a la foresto-industria, y crearía puestos de trabajo genuinos y de calidad. Esto podría aliviar la desocupación actual o la dependencia de planes sociales y mejoraría la economía de la región al recircular internamente el dinero proveniente del trabajo y el ahorro de divisas. A partir de datos muy conservadores, se puede estimar que las forestaciones y su industria asociada generan entre 1 y 5 puestos de trabajo estable por cada 10 ha forestadas. Si se forestaran las 800.000 hectáreas identificadas como aptas, se generarían 80.000 empleos (directos e indirectos). Esto equivaldría a 24.6% de la población total o a más de 50% de la población económicamente activa que hoy habita los departamentos andinos de Neuquén, Río Negro y Chubut (donde se proponen las forestaciones), ocupando sólo el 5.3% de su superficie .

 

Otro aspecto quizá menos conocido por el público en general sobre el destino de las forestaciones son los desarrollos tecnológicos realizados por el Área de Tecnología de la Madera del CIEFAP. Este área, de cuyos logros deberíamos estar orgullosos todos los patagónicos, ha generado una batería formidable de manufacturas a partir de maderas, raleos y otros subproductos de forestaciones de Patagonia. Éstas comprenden desde juguetes, sillas, revestimientos y muebles hasta casas-prototipo realizadas con paneles a base de raleos de pino. Dichas casas llevan más de un decenio de construidas y han resultado muy confortables y térmicas ya que los paneles en sus paredes superan el coeficiente térmico de los ladrillos de uso común en la región. Al poseer una tecnología sencilla se las puede confeccionar en carpinterías con mediana infraestructura. Su producción masiva permitiría reducir una parte del déficit habitacional de la Patagonia Andina, además de ahorrar energía y disminuir la emisión de gases con efecto invernadero. Esto es así ya que la madera que se usa para construirlas retiene CO2 en su estructura (mientras que la fabricación de los materiales tradicionales, ladrillos, emite CO2 [el proceso inverso]). Como vemos, forestar la estepa patagónica no sólo tendría ventajas económico-sociales, sino también ecológicas al contribuir a la reducción de las emisiones globales de CO2.

 

 

Casa construidas de paneles realizados con raleos de pino ponderosa.

 

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