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El fuego: una tragedia, un aliado con quema prescripta, o dos caras de una misma moneda

En un artículo de autoria del Dr. Diego Broz (FCF UNaM – CONICET); Dr. Guillermo Defossé (UNPSJB); Dra. Sandra Bravo (FCF UNSE); Ing. Javier López (FCF UNaM – CONICET); y Lorena Paszko (APN), analizan la «quema prescripta» como una herramienta eficiente y preventiva para evitar propagación de incendios frente a altos índices de riesgos climáticos.  “La supresión total del fuego genera un «déficit» peligroso de quemas, acumulando combustible vegetal que tarde o temprano desata incendios incontrolables”, explican los especialistas.

 

ARGENTINA (Julio 2026).- Tras décadas de aplicar políticas basadas en la extinción absoluta de cualquier foco ígneo, la evidencia científica plantea un cambio radical de paradigma: para prevenir las catástrofes de incendios rurales, donde está probado que es indispensable utilizar el fuego de manera planificada y como un aliado de prevención ante los riesgos.

Desde la Red de Manejo de Incendios Rurales destacan el aporte científico que un grupo de profesionales sustenta -con evidencia científica- que la quema prescripta se consolida como la estrategia de prevención más eficiente y sustentable frente a la crisis climática actual.

A continuación, un artículo compartido con ArgentinaForestal.com de autoría de  especialistas como el Dr. Diego Broz (Facultad de Ciencias Forestales de la UNaM – CONICET), el Dr. Guillermo Defossé (UNPSJB en Patagonia), la Dra. Sandra Bravo (Facultad de Ciencias Forestales de la UNSE), el Ing. Javier López (FCF- UNaM – CONICET) y Lorena Paszko (Administración de Parques Nacionales), .

Durante la primera mitad del siglo pasado prevalecía la idea de que todos los incendios debían extinguirse. La ecología demostró lo contrario: en gran parte del planeta, el fuego tiene un rol clave en la dinámica natural del paisaje, y apagar cada chispa es la manera más segura de alimentar las catástrofes que tanto tememos.

En el verano de 1988, el Parque Nacional Yellowstone se convirtió en una conflagración inimaginable, sobre todo en un país que lideraba la conservación y la creación de áreas protegidas en el mundo.

Durante semanas el fuego avanzó sobre los bosques del oeste de Estados Unidos hasta consumir, en una sola jornada, unas 64.000 hectáreas. ¿Cómo era posible semejante desastre justo allí, en uno de los parques mejor cuidados del planeta, donde durante décadas se había apagado hasta la última fogata?

La respuesta encierra una de las paradojas más reveladoras de la ecología moderna. Aquel infierno no ocurrió a pesar de un siglo combatiendo el fuego. Ocurrió, en buena medida, a causa de eso: durante cien años se apagó cada incendio en un ecosistema que necesita quemarse de tanto en tanto para mantenerse sano. Entenderlo obliga a abandonar una idea muy instalada, pero equivocada: que todo fuego es, por definición, una tragedia.

El fuego no es un intruso

El fuego no llegó con los seres humanos ni con sus descuidos. Arde en la Tierra desde hace cientos de millones de años, desde que existen plantas terrestres capaces de encenderse.

Durante todo ese tiempo, el fuego, ayudó a moldear el paisaje de continentes enteros. Sobre todo en las regiones con estaciones marcadas, donde a una temporada húmeda le sigue otra seca que deja la vegetación lista para arder.

Los ecólogos William Bond y Jon Keeley propusieron una idea que cambió la forma de entenderlo: el fuego se comporta como un enorme “herbívoro” global, un gran consumidor de plantas a escala planetaria. Pero come distinto a un animal. El pastoreo es selectivo: la vaca o el ciervo eligen qué plantas comer y cuáles dejar, y así favorecen a las que evitan y desbalancean de a poco el ecosistema. El fuego no elige y eso es algo bueno. Consume todo lo que puede encenderse y reinicia la comunidad vegetal, dejando el ambiente listo para una nueva etapa.

Eso no significa que el fuego “borre todo y empiece de cero” por igual en todos lados. Cada especie reacciona a su manera. Algunas resisten mejor el calor. Otras vuelven a brotar desde yemas protegidas. Otras dependen de sus semillas para regresar. La forma en que cada planta se recupera después del fuego cambia según su tamaño, su estructura y su modo de crecer.

¿Qué pasaría si nunca más hubiera incendios?. Los modelos que imaginan un planeta sin fuego dan una respuesta contundente: la cobertura de árboles treparía del 27 % a cerca del 56 % de la superficie con vegetación. Y más de la mitad de las sabanas tropicales del planeta —esos pastizales con árboles dispersos que hoy reciben lluvia suficiente para sostener un bosque— se cerrarían en selvas. Que esto ocurra o no depende, en gran parte, de cuánto cambie el patrón de incendios de cada lugar —su frecuencia, su intensidad, la época del año en que ocurren— respecto del que existió siempre allí: cuanto más se aleje, más le cuesta adaptarse a la vegetación.

Dicho de otro modo: muchos pastizales y sabanas no existen solo por el clima, sino porque el fuego los mantiene abiertos. Son ecosistemas que dependen del fuego para seguir siendo lo que son.

Especies que esperan la chispa

El fuego modeló los pastizales y las sabanas durante eras geológicas. No sorprende, entonces, que muchas plantas hayan evolucionado para convivir con él. Desarrollaron rasgos que solo tienen sentido en un mundo que arde. Algunas tienen cortezas gruesas que aíslan del calor a los tejidos vivos. Otras esconden yemas protegidas que rebrotan apenas pasan las llamas. Y hay semillas que no germinan hasta recibir el estímulo del calor o del humo.

El caso más extremo es la serotinia. Es una estrategia por la cual la planta guarda sus semillas en conos o frutos sellados que solo se abren con el calor del fuego. Cuando el fuego llega, esos frutos liberan una lluvia de semillas. Y caen sobre un suelo recién despejado de competencia y abonado con cenizas: las condiciones ideales para germinar y crecer.

Los ecólogos Juli Pausas y Jon Keeley, en el año 2023, plantearon un matiz importante: las plantas no están adaptadas “al fuego” en general, sino a lo que los ecólogos llaman un régimen de fuego concreto, es decir, una combinación particular de frecuencia, intensidad y época del año en que ocurren los incendios de cada lugar.

La fauna también escribe su historia en las cenizas. Cuanto más grande es el área quemada, más variado suele ser el paisaje que queda después. Se forma un mosaico de parches en distintas etapas de recuperación: zonas recién quemadas junto a otras que se recompusieron hace tiempo. Los ecólogos llaman pirodiversidad a esa variedad. Y es clave, porque cada parche ofrece un refugio o un alimento distinto. Más variedad de ambientes significa más especies que un mismo paisaje puede albergar.

Los ejemplos sobran. En la provincia de Buenos Aires, el venado de las pampas casi desapareció de la Reserva Campos del Tuyú cuando se excluyeron el fuego y el pastoreo. Los animales se mudaron a campos vecinos, donde las quemas mantenían los pastos tiernos. En Escocia, los criadores queman parcelas pequeñas desde hace casi un siglo para sostener al lagópodo escocés, un ave de caza típica de esos arbustales. Y en el fynbos sudafricano —un matorral de enorme riqueza vegetal— hay plantas que dejan de reproducirse tras apenas un par de décadas sin fuego.

El precio de apagarlo todo

Acá vuelve la paradoja de Yellowstone. Durante el siglo XX, la política dominante fue la supresión total: apagar cualquier incendio lo antes posible, sin importar si ese ambiente necesitaba el fuego o no. En su momento parecía lo más sensato. Pero tenía un costo oculto.

El combustible que no se quema no desaparece: se acumula. Y eso es decisivo en los ambientes que tienen una estación seca. La hojarasca, las ramas, los pastos resecos y los arbustos se amontonan año tras año hasta formar una carga enorme. Los investigadores lo llaman déficit de fuego. Su lógica es implacable: cada pequeño incendio que evitamos hoy guarda leña para uno gigantesco mañana.

Un estudio de Mark Kreider y colegas, publicado en 2024, lo mostró con claridad. Al apagar siempre los fuegos moderados —los que arden en días tranquilos y se controlan con facilidad— el combustible sigue creciendo. Y tarde o temprano arde, pero bajo las condiciones más extremas. El paisaje, cargado de leña acumulada, termina ardiendo con una violencia desproporcionada.

Las consecuencias no son solo materiales. En algunos ambientes, la falta de fuego favorece que los pastizales y las sabanas se llenen de plantas leñosas —un proceso que los ecólogos llaman arbustización. Esto conlleva a que se pierda diversidad y se vuelvan más inflamables. En el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, ocurre algo paradójico: la ausencia de fuego acumuló tanto combustible que hoy amenaza a las propias palmeras yatay que el parque busca proteger.

El ejemplo más dramático ocurrió en enero de 1994, cerca de Puerto Madryn. Como analizan María del Carmen Dentoni y colaboradores, allí se combinaron dos factores: el cese del pastoreo y varios años sin fuego. El resultado fue una acumulación enorme de pasto seco que alimentó un incendio de comportamiento extremo. Murieron 25 bomberos, en la peor tragedia del combate de incendios rurales en la Argentina.

La diferencia entre quemar y quemar bien

Si el fuego es necesario y su ausencia es peligrosa, la pregunta deja de ser si quemar o no. Pasa a ser cómo y cuándo quemar. Ahí entra la quema prescripta. No hay que confundirla con una simple quema controlada. No se trata de prender fuego al campo y vigilar que no se desmadre: es una disciplina técnica.

Consiste en aplicar fuego sobre una superficie definida, con personal capacitado y con objetivos claros. Pero la clave está en el cuándo. La quema solo se hace dentro de una “ventana” estrecha de humedad, viento y temperatura. Para saber cuándo se abre esa ventana, los equipos usan índices de peligro de incendio como el FWI: herramientas que combinan datos del clima y de la vegetación para anticipar cómo se va a comportar el fuego ese día. Acertar la ventana es lo que separa una quema segura de una que se escapa de control.

Antes de encender hace falta conocer en detalle el ambiente que se quiere tratar. La prescripción define el dónde, el cuándo, el cómo y el para qué. Así, el comportamiento del fuego queda dentro de los límites previstos: en un pastizal, una llama que consume la vegetación de la superficie; en un bosque, un fuego rastrero que limpia el sotobosque —la vegetación baja entre los árboles— sin tocar las copas.

Bien aplicada, esta herramienta restaura ecosistemas. En Campos del Tuyú, un programa de quemas en pequeños parches iniciado en 2001 recreó el mosaico de pastos que el venado de las pampas necesitaba para volver. En El Palmar se usan quemas para frenar especies invasoras como el paraíso y la acacia negra y dar lugar a los brotes de plantas nativas. En ambos casos el fuego no destruye: repara lo que su ausencia había roto.

Cuánto cuesta no quemar

La quema prescripta, además, ahorra dinero. Su mayor aporte económico es la prevención. Cada incendio catastrófico que se evita son pérdidas que no ocurren: en infraestructura, en ganado, en plantaciones, en agua potable.

Y la evidencia es contundente. Un metaanálisis —un estudio que combina los resultados de muchas investigaciones previas— de Katherine Davis y colegas, publicado en 2024, revisó tres décadas de trabajos en los bosques de coníferas del oeste de Estados Unidos. El resultado fue claro: la quema prescripta, sola o combinada con raleo —la tala de parte de los árboles para aclarar el bosque—, reduce entre un 62 % y un 72 % la severidad de los incendios posteriores, es decir, cuánto daño causan, frente a las áreas sin tratar. El raleo por sí solo rindió bastante menos. Lo decisivo es quitar el combustible del suelo, justo lo que el fuego hace de forma directa.

Pero los beneficios van más allá del dinero. Alcanzan a recursos que rara vez asociamos con el fuego, como el agua. Los grandes incendios de alta severidad disparan la concentración de metales tóxicos —arsénico, selenio, cadmio— en los arroyos. Las quemas prescriptas de baja intensidad, en cambio, no alteran la calidad del agua. Y, al evitar las catástrofes, protegen las cuencas que abastecen de agua a las ciudades.

También hay un beneficio para el productor rural. El fuego planificado renueva los pastizales envejecidos y multiplica el forraje, el alimento del ganado. En la Pampa Deprimida —zona ganadera de la provincia de Buenos Aires— llegó a triplicar la oferta de proteína de ciertos potreros.

A esto se suma un beneficio menos visible: una quema prescripta bien hecha emite una fracción mínima del carbono que libera un gran incendio, y la diferencia es enorme.

Según una publicación de 2013 firmada por la AssociationforFireEcology, la International AssociationofWildlandFire, TallTimbersResearchStation y TheNatureConservancy, en Estados Unidos y Canadá los incendios emiten a la atmósfera, en promedio, 452 millones de toneladas de carbono por año, mientras que las quemas planificadas, aplicadas con objetivos puntuales, representan apenas una porción muy chica de eso.

Además, ese carbono vuelve a capturarse rápido: las plantas que rebrotan lo reabsorben en períodos cortos, a menudo de 2 a 7 años. Con el tiempo, el ecosistema queda en equilibrio de carbono, o incluso termina guardando más carbono en el suelo del que liberó.

El caso de Portugal lo resume bien. Allí se mantienen mosaicos de vegetación joven mediante quemas periódicas. Y en esas áreas los incendios casi nunca superaron las 400 hectáreas.

El caso de las plantaciones forestales

Pocos escenarios muestran mejor el valor de esta herramienta que las plantaciones de pino, abundantes en provincias como Misiones, Neuquén o Corrientes. Los pinares acumulan combustible fino a una velocidad asombrosa.

En pocos años, el sotobosque y la hojarasca forman una carga capaz de convertir cualquier chispa en un incendio de copas: el más destructivo de todos, el que salta de árbol en árbol por las alturas. ¿Qué permite que el fuego trepe hasta ahí? La vegetación intermedia, la que crece entre el suelo y las copas. Los técnicos la llaman “combustible de escalera”, porque funciona justamente como una escalera por la que las llamas suben.

Quema prescripta bajo una plantación de pino en la Patagonia. El fuego, aplicado de forma controlada, consume la hojarasca acumulada en el suelo y reduce el riesgo de grandes incendios. Foto: Guillermo Defossé

La quema prescripta corta esa escalera. En el sur de Estados Unidos se queman bajo control alrededor de 1.500.000 hectáreas de plantaciones por año para mantener el riesgo a raya. En la Argentina, ensayos realizados entre 1998 y 2000 en Misiones, Neuquén y Santiago del Estero demostraron algo prometedor: un fuego aplicado dentro de la ventana técnica adecuada reducía los combustibles finos entre un 24 % y un 71 %, sin dañar los árboles maduros ni el suelo. Investigaciones más recientes van un paso más allá: calculan el momento y la frecuencia ideales de las quemas a lo largo del turno forestal —el ciclo completo de la plantación, desde que se planta hasta que se cosecha la madera—, buscando el equilibrio entre bajar el riesgo de incendio y dejar crecer los árboles. Para el productor, es una inversión modesta que protege décadas de trabajo.

Antes y después: la capa de acículas —las hojas en forma de aguja del pino— pasó de unas 25 toneladas por hectárea a apenas 5-7 tras la quema prescripta, sin afectar a los árboles.

“Las quemas prescriptas constituyen una herramienta eficaz para reducir la carga de combustibles y disminuir el riesgo de incendios de alta severidad en plantaciones forestales. Sin embargo, su implementación requiere determinar las condiciones ambientales y operativas óptimas que maximicen su efectividad y seguridad.”— Diego Broz, de la FCF-UNaM e investigador del CONICET.

Convivir con el fuego

La quema prescripta no es magia ni una solución de una sola vez. El combustible se vuelve a acumular. Por eso su efecto dura pocos años y obliga a repetir los tratamientos y a planificarlos pensando en todo el territorio, no parcela por parcela. Reconocer ese límite no debilita el argumento: lo vuelve honesto. Una herramienta seria se mide por su rigor, por la distancia que hay entre una prescripción cuidada y una fogata improvisada.

El desafío de fondo, entonces, no es expulsar el fuego de nuestros paisajes. Sería una empresa imposible y, además, los degradaría. El desafío es aprender a convivir con él y a gestionarlo con inteligencia. Durante un siglo intentamos ganarle al fuego apagándolo siempre, y descubrimos que esa guerra solo lo volvió más feroz.

Quizás la lección más profunda de la ecología del fuego sea también la más antigua: hay fuerzas de la naturaleza que no se vencen, se acompañan. Devolver el fuego, de manera deliberada y prescripta, a los paisajes que lo necesitan es una de las formas más sensatas que tenemos de cuidarlos.

Y de cuidarnos.

 

 

(*) Artículo de divulgación basado en evidencia científica de la ecología del fuego, con casos y datos de la Argentina y del mundo (Bond y Keeley, 2005; Kreider et al., 2024; Davis et al., 2024; Fernández-Guisuraga y Fernandes, 2024; Kunst et al., 2003; Broz et al., 2023; Dentoni et al., 2021, entre otros).

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