La investigadora superior del CONICET y referente internacional en celulosa, papel y biorrefinería, analiza el alcance del proyecto de una planta de celulosa fluff a escala anunciado en abril en Ituzaingó, Corrientes. La Dra. Cristina Area abordó aspectos de tecnologías, impacto territorial, desafíos ambientales, instituciones sólidas, políticas públicas y la necesidad de recuperar confianza social, en una entrevista exclusiva con ArgentinaForestal.com para entender por donde pasa el futuro de la foresto-industria en el país.
Por Patricia Escobar
@argentinaforest
MISIONES (3/5/2026).- El anuncio del proyecto de una planta de celulosa fluff en Ituzaingó, Corrientes -con entrada en operación prevista hacia 2030-2031- volvió a poner en el centro del debate el rol estratégico de la foresto-industria en el desarrollo argentino.
En un país que lleva medio siglo sin concretar inversiones de gran escala en este segmento, la iniciativa abre expectativas, pero también interrogantes.
Para abordar el tema con rigor técnico y mirada integral, ArgentinaForestal.com dialogó con la Dra. Cristina Area, investigadora Superior del CONICET, directora del Programa de Celulosa y Papel de la UNaM desde hace más de dos décadas y una de las voces más autorizadas del país en la materia. Su trayectoria combina investigación científica, experiencia institucional y participación activa en el debate ambiental desde el conflicto con Uruguay por la instalación de la fábrica de Botnia, hoy UPM, en 2006.
Desde esa perspectiva, Area aporta una lectura que atraviesa lo tecnológico, lo productivo, lo ambiental y lo social. Entre los ejes centrales de su análisis explixa:
- La celulosa fluff -destinada a productos higiénicos absorbentes como pañales- se produce mediante el proceso Kraft, similar al de plantas existentes, pero con mayor valor agregado por sus propiedades específicas.
- Las plantas modernas incorporan tecnologías ambientales muy superiores a las de décadas pasadas, con mejoras en en sus procesos de efluentes, eficiencia energética y reducción de emisiones.
- El aprendizaje:la experiencia de Uruguay demuestra el potencial transformador del sector cuando existe una política sostenida.
- La licencia social y la transparencia en la información de los alcances e impactos de la industria son tan importantes como la tecnología.
- La oportunidad de avanzar hacia una bioeconomía con mayor valor agregado es uno de los grandes desafíos para la región.
«desde mi perspectiva, hay un aspecto igual de importante desde lo tecnológico y ambiental: el compromiso social de la empresa. No alcanza con que la planta funcione técnicamente bien; la comunidad local tiene que percibir beneficios concretos».

AF: Desde su experiencia, ¿cuál es su evaluación general del anuncio de este proyecto? ¿Tenía conocimiento previo de la iniciativa dentro de los lineamientos del Plan Estratégico 2030 para Corrientes, que identificaba zonas aptas para este tipo de inversiones de escala?
Cristina Area: La provincia de Corrientes viene apostando a la foresto-industria desde hace muchos años y buscando inversiones de gran escala para el sector. Ese proceso se profundizó especialmente después del conflicto por las plantas de celulosa sobre el río Uruguay, en 2006.
En aquel momento, desde la Fundación Ambiente y Desarrollo organizamos talleres y actividades tanto para la comunidad como para funcionarios provinciales, con el objetivo de explicar —en un lenguaje accesible— cómo funcionan los procesos de pulpado y fabricación de papel, cuáles son sus impactos reales y también sus posibilidades de desarrollo.
En esos años, incluso, autoridades correntinas realizaron misiones a países como Finlandia en busca de inversiones foresto-industriales. Sin embargo, el conflicto con Botnia generó un fuerte temor social que terminó afectando seriamente la llegada de capitales.
De alguna manera, todavía hoy se perciben las consecuencias de ese escenario: Argentina lleva décadas sin concretar nuevas plantas de celulosa de gran escala. A esto se suman factores estructurales, como ciertas restricciones normativas —por ejemplo, la Ley de Tierras— que reducen el atractivo para inversiones extranjeras.
A lo largo de los años participé en distintos espacios vinculados al desarrollo foresto-industrial en Corrientes, y ya entonces se discutía la necesidad de preparar infraestructura estratégica: caminos, logística y, fundamentalmente, la disponibilidad de un puerto para exportación.
En ese sentido, el Plan Corrientes 2030 retoma gran parte del trabajo técnico previo realizado en la región. El desarrollo del Parque Industrial de Ituzaingó y la posibilidad concreta de contar con un puerto le otorgan hoy a esa zona condiciones mucho más favorables para pensar en una planta de esta magnitud.
En lo personal, conocía la existencia del proyecto desde hace aproximadamente un año, aunque por acuerdos de confidencialidad no podía referirme públicamente. Considero que se trata de un avance muy importante tanto para la provincia como para la región del NEA.
AF: En relación con el perfil tecnológico del proyecto: se lo presenta como una planta de celulosa de fibra de pino orientada a pasta fluff, evitando la denominación tradicional de “celulosa o papelera”. ¿Podrías explicar técnicamente qué implica esta diferenciación en la comunicación? ¿En qué se distingue esta futura planta industrial—en términos ambientales y productivos— de otras líneas de celulosa más tradicionales?
CA: La celulosa fluff utilizada principalmente en pañales descartables y productos higiénicos absorbentes, se produce mediante un proceso Kraft convencional, muy similar al que ya conocemos en plantas instaladas en Misiones, como el caso de Arauco en Misiones.
La diferencia principal está en el producto final. No se trata de una pulpa estándar para fabricación de papel, sino de una pulpa con propiedades específicas de absorción y desempeño, orientada a productos de higiene. Eso implica un mayor nivel de valor agregado.
Desde el punto de vista tecnológico no estamos ante un proceso completamente distinto. Se trata de una planta de pulpa blanqueada, pero con ajustes operativos y de calidad para cumplir con las exigencias de este tipo de producto.
Hay, además, un aspecto clave: sería una planta nueva. Eso significa que desde su diseño incorpora estándares ambientales actuales, sistemas de control más eficientes y tecnologías que hoy son obligatorias a nivel internacional. Las plantas modernas no tienen comparación técnica con las que se instalaban hace cuarenta o cincuenta años.

AF: El debate sobre el impacto ambiental de las plantas de celulosa sigue presente desde el conflicto por Botnia-UPM en el país. ¿Cuál es hoy la situación real de la industria en Argentina de celulosa y papel en términos de procesos, efluentes y control ambiental? ¿Se han reconvertido?
CA: Cuando surgió el conflicto por la instalación de Botnia en Fray Bentos, junto con otros profesionales conformamos la Fundación Ambiente y Desarrollo con el objetivo de aportar información técnica y científica en un contexto donde predominaba la desinformación.
Realizamos conferencias, talleres y publicaciones en distintas provincias. A partir de ese trabajo, en 2006 fui convocada por la Secretaría de Ambiente de la Nación para participar en una evaluación del estado ambiental de las fábricas de celulosa y papel en Argentina.
Fue un trabajo muy exhaustivo: visitamos prácticamente todas las plantas del país y obtuvimos un diagnóstico muy preciso de la situación.
A partir de ese relevamiento se impulsó un proceso de reconversión ambiental basado en las llamadas Mejores Técnicas Disponibles, tomando como referencia estándares europeos. Muchas empresas avanzaron en mejoras vinculadas a emisiones, tratamiento de efluentes y modernización tecnológica.
Actualmente no participo directamente en auditorías, por lo que no puedo detallar cambios recientes, pero sí puedo afirmar que desde entonces hubo una evolución significativa en materia ambiental dentro del sector de la industria de Celulosa y Papel.
AF: En términos de desarrollo productivo, ¿cómo impactan estas plantas en el territorio? ¿Se materializan los beneficios en empleo, cadenas de valor e infraestructura?
CA: La industrialización forestal a gran escala genera un impacto muy importante en las economías regionales. Sus efectos se extienden a través del empleo, la infraestructura, los servicios y el desarrollo de proveedores.
El caso de Uruguay es muy ilustrativo. La instalación de plantas como UPM y Montes del Plata transformó profundamente la economía del país, no solo por el ugar que ocupan actualmente las exportaciones del sector, sino por todo lo que se generó alrededor: logística, infraestructura, servicios y cadenas productivas.
Uruguay logró pasar de exportar materias primas a consolidar una agroindustria forestal con mayor valor agregado. También se registraron mejoras significativas en puertos, rutas y ferrocarriles, junto con el desarrollo de nuevos polos industriales.
Por supuesto, estos resultados no se producen de manera automática. Se requiere planificación, control ambiental, estabilidad institucional y acompañamiento social. Pero cuando esas condiciones están presentes, la foresto-industria puede convertirse en un motor de desarrollo regional muy potente.
Impacto ambiental y licencia social
AF: Desde el enfoque ambiental, ¿qué aspectos son críticos en un estudio de impacto ambiental de un proyecto celulósico de esta magnitud? ¿Y qué nivel de participación social considera necesario?
CA: Los procesos de producción de pulpa han evolucionado notablemente. Las plantas modernas cuentan con sistemas muy eficientes para controlar emisiones, tratar efluentes, recuperar productos químicos y minimizar impactos, en línea con las Mejores Técnicas Disponibles.
Sin embargo, la tecnología por sí sola no es suficiente. Se necesitan organismos de control sólidos, marcos regulatorios claros y monitoreos permanentes. En ese sentido, considero que Corrientes cuenta con condiciones institucionales adecuadas.
Como en cualquier industria, pueden existir incidentes durante la operación, especialmente en las etapas iniciales. Pero con tecnología moderna y controles adecuados, estos eventos son manejables y no generan impactos significativos.
Por otro lado, la participación social es fundamental. La comunidad debe tener acceso a la información, comprender cómo funciona la planta y conocer los mecanismos de control.
Desde el conflicto de 2006 hasta el presente, hubo un aprendizaje importante. La experiencia de Uruguay demuestra que estas industrias pueden operar con altos estándares ambientales y convivir con otras actividades productivas.

Celulosa “de clase mundial”, eficiencia energética y sostenibilidad
En una segunda parte de la entrevista, la especialista profundiza sobre los estándares ambientales, la eficiencia energética basada en biomasa que proyecta la planta de ARPULP en Ituzaingó, y el rol estratégico de la academia para garantizar un desarrollo foresto-industrial sostenible y con respaldo social.
AF: Se plantea que el proyecto será “de referencia mundial”. En ese sentido, ¿qué implicaría cumplir con estándares como las Mejores Técnicas Disponibles (MTD) de la Unión Europea, certificaciones ambientales internacionales y esquemas de reporte ESG? ¿Qué debería observar la sociedad para verificar que estos compromisos sean reales?
CA: La empresa manifestó desde el inicio la intención de trabajar con las Mejores Tecnologías Disponibles y estándares ambientales internacionales muy exigentes. Y eso hoy ya no es opcional: ninguna planta moderna puede instalarse sin contemplar seriamente las cuestiones ambientales.
Sin embargo, desde mi perspectiva, hay un aspecto igual de importante: el compromiso social de la empresa. No alcanza con que la planta funcione técnicamente bien; la comunidad tiene que percibir beneficios concretos.
Debe haber generación de empleo, desarrollo de infraestructura, fortalecimiento de proveedores locales, capacitación y nuevas oportunidades para la región. Cuando la sociedad percibe que los beneficios quedan concentrados únicamente en la empresa, inevitablemente surgen conflictos. Esto ha ocurrido en distintas partes del mundo y también en otras actividades productivas.
Por eso considero que la transparencia y el vínculo permanente con la comunidad son fundamentales. Al mismo tiempo, es importante que la sociedad mantenga una actitud activa y participe en el seguimiento de este tipo de proyectos.
AF: En relación con la eficiencia energética, se afirma que la planta operará con generación propia a partir de biomasa, con balance energético positivo y reducción de huella de carbono. ¿En qué medida esto representa una diferencia respecto a las plantas actualmente en operación en Argentina?
Cristina Area: Hoy prácticamente no existen plantas modernas de celulosa que no cuenten con generación propia de energía a partir de biomasa. Las fábricas aprovechan residuos forestales, corteza y distintos subproductos del proceso para producir vapor y energía eléctrica mediante calderas altamente eficientes. En muchos casos, incluso generan más energía de la que consumen y vuelcan el excedente a la red.
En Argentina —y particularmente en Misiones— las principales industrias forestales ya operan bajo este esquema. Las plantas incorporan tecnologías modernas, con menores emisiones y mayor eficiencia energética.
Este modelo se vincula directamente con el concepto de neutralidad de carbono. Los árboles en crecimiento capturan dióxido de carbono de la atmósfera y lo transforman en biomasa, mientras que las plantas industriales emiten CO₂ en sus procesos productivos. Cuando el balance entre captura y emisión se equilibra, se habla de esquemas cercanos a la carbono-neutralidad.
En este sentido, algunas empresas del sector han avanzado significativamente en certificaciones y estrategias de sostenibilidad. Un caso regional es Arauco, cuya planta en Misiones ha desarrollado políticas orientadas hacia la carbono-neutralidad y cuenta con reconocimiento internacional. Este es, precisamente, uno de los aspectos más relevantes de la bioeconomía forestal.

Información pública y construcción de confianza
AF: La transparencia suele ser un punto sensible en este tipo de proyectos. Desde tu perspectiva, ¿de qué depende la construcción de confianza social? ¿Es suficiente con el acceso público a los estudios de impacto ambiental, o también resulta clave comprender el modelo de negocio, los actores involucrados y el destino de la producción?
CA: Frente a un proyecto de esta magnitud —capaz de modificar el perfil económico y productivo de toda una región— resulta fundamental que la población tenga acceso a información clara y técnicamente rigurosa. No es necesario que toda la sociedad comprenda los detalles más complejos de los procesos industriales, pero sí es importante que pueda entender los aspectos que pueden afectar la vida cotidiana, el ambiente y el desarrollo regional.
Durante el conflicto por Botnia con Uruguay, vivimos de cerca cómo la circulación de información simplificada o incorrecta generaba temor en la población. Con el tiempo, incluso algunas organizaciones ambientalistas revisaron sus posiciones iniciales y comenzaron a participar en espacios de debate más técnicos y objetivos.
Por eso sigo sosteniendo que hacen falta instituciones y espacios de divulgación que traduzcan el conocimiento técnico a un lenguaje accesible. Y, además del acceso a los estudios de impacto ambiental, es fundamental que existan mecanismos de monitoreo y seguimiento público que permitan a la comunidad conocer cómo evoluciona el funcionamiento de la planta en el tiempo.
«Considero que la foresto-industria argentina está en condiciones de responder a tres dimensiones clave: viabilidad económica, sostenibilidad ambiental y legitimidad social». – Dra. cristima area
AF: En la actualidad, la discusión social parece haber evolucionado: ya no se trata solo de promover desarrollo, sino de definir qué tipo de desarrollo es aceptable. En este sentido, ¿considera que el sector foresto-industrial en Argentina está en condiciones de cumplir con tres dimensiones centrales: viabilidad económica, sostenibilidad ambiental real y legitimidad social?
CA: Hoy la instalación de una planta de esta magnitud no se evalúa únicamente en términos de crecimiento económico. La sociedad demanda saber qué tipo de desarrollo es ambientalmente sostenible y socialmente aceptable, sin dudas.
En ese marco, considero que la foresto-industria argentina está en condiciones de responder a tres dimensiones clave: viabilidad económica, sostenibilidad ambiental y legitimidad social.
Pero para que esto ocurra, es indispensable que los beneficios del desarrollo lleguen efectivamente a la sociedad. No tiene sentido impulsar una actividad industrial que solo genere rentabilidad empresarial sin traducirse en mejoras concretas para las comunidades.
La legitimidad social depende de una percepción clara de beneficios compartidos: empleo, infraestructura, fortalecimiento de proveedores, capacitación, desarrollo tecnológico y oportunidades de crecimiento regional.
La foresto-industria argentina lleva años preparándose para estos desafíos. Si bien el país no concretó grandes inversiones celulósicas en décadas, el sector avanzó en modernización tecnológica, eficiencia energética y adaptación a estándares internacionales.
Además, se han desarrollado otros segmentos de la bioeconomía forestal, como la generación de energía a partir de biomasa y la producción de tableros de alta tecnología. En muchos casos, las limitaciones para nuevas inversiones estuvieron más vinculadas a conflictos sociales y dificultades para obtener licencia social que a restricciones técnicas o productivas.
Regiones como Misiones y Corrientes tienen un enorme potencial para consolidar una foresto-industria moderna basada en plantaciones sostenibles, siempre bajo criterios de equilibrio con la biodiversidad. El desafío es articular producción, sustentabilidad y desarrollo territorial en un modelo de economía limpia.
AF: ¿Y qué rol ocupa -o debería ocupar- la academia en este proceso? ¿Está siendo convocada activamente?
CA: Considero que su rol es absolutamente central. La sociedad necesita acceder a información técnica seria y comprensible, brindada por profesionales capacitados e instituciones con respaldo científico. Las universidades y centros de investigación cumplen un papel clave no solo en la formación de recursos humanos, sino también en la generación de conocimiento, la asistencia técnica y la comunicación pública.
En la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) existe desde hace muchos años una sólida trayectoria vinculada a la foresto-industria. En la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales, el Programa de Celulosa y Papel (PROCYP) cuenta con más de 35 años de experiencia en formación para el sector.
En la carrera de Ingeniería Química dictamos asignaturas específicas relacionadas con la producción de celulosa y papel.
Además, durante años funcionó una Tecnicatura Universitaria en Celulosa y Papel desarrollada conjuntamente con Papel Misionero y el municipio de Puerto Rico.
Actualmente también se desarrolla una Tecnicatura en Industrias Químicas y Ambiente con orientación foresto-industrial, además de una Maestría en Ciencia y Tecnología de los Materiales Fibrosos y una línea del programa doctoral fuertemente orientada a la foresto-industria y la bioeconomía.
Junto con la Asociación de Fabricantes de Celulosa y Papel (AFCP) mantenemos convenios de capacitación para personal de la industria desde hace más de una década y dictamos actualmente una Diplomatura Universitaria en Fabricación de Papel y Cartón.
Toda esta estructura académica permite formar recursos humanos altamente capacitados, muchos de los cuales hoy trabajan en empresas vinculadas al sector.
La formación no se limita a aspectos operativos puntuales, sino que busca brindar una comprensión integral de los procesos industriales. Eso es fundamental para mejorar tecnologías, optimizar procesos y detectar rápidamente eventuales problemas, incluidos los ambientales.
Muchas veces, la dinámica cotidiana de una planta industrial no permite a sus equipos técnicos disponer del tiempo necesario para desarrollar investigaciones o analizar mejoras complejas.
Allí la articulación entre industria y academia resulta especialmente valiosa. Por eso considero que la participación académica no solo debe ser convocada activamente, sino fortalecida como uno de los pilares para garantizar un desarrollo foresto-industrial técnicamente sólido, ambientalmente responsable y socialmente legítimo.
La academia también debe desempeñar un rol activo en la vinculación con la sociedad y con el sector productivo.
En lo personal, siempre estuve dispuesta a participar en actividades de divulgación, entrevistas y espacios de debate técnico. Asimismo, desde el PROCYP, integrado al Instituto de Materiales de Misiones (CONICET-UNaM), desarrollamos convenios de asistencia técnica con empresas, aportando conocimientos especializados para optimización de procesos, resolución de problemas y evaluación de nuevas tecnologías.
Además, desde hace dos décadas venimos trabajando fuertemente en líneas de investigación vinculadas a la biorrefinería forestal y al agregado de valor de la biomasa lignocelulósica.
El objetivo es avanzar hacia un aprovechamiento integral de los recursos forestales, no solamente orientado a la producción de pulpa y papel, sino también al desarrollo de bioproductos, biomateriales, bioenergía, adhesivos, fertilizantes de liberación controlada y otros materiales de base renovable.
Creo que ese es uno de los grandes desafíos y oportunidades para nuestra región: transformar una economía basada principalmente en materias primas en otra capaz de generar productos de mayor valor agregado, conocimiento y desarrollo tecnológico local.
Y allí la universidad y el sistema científico tienen un rol central, porque permiten generar innovación, formar recursos humanos especializados y acompañar la transición hacia modelos industriales más sostenibles y vinculados a la bioeconomía.
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