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Si quiere vivir para ver ‘el día después de mañana’ utilice madera

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El éxito de Hollywood ‘The Day After Tomorrow’ (estrenada en España como ‘El día después de mañana’) narra de manera espectacular los riesgos de un súbito cambio climático: tornados que arrasan Los Angeles, piedras de granizo del tamaño de pomelos que golpean Tokio, temperaturas de 70 ºC bajo cero en el ojo de una inesperada tormenta en Escocia y, en una de las secuencias más asombrosas jamás rodadas, un enorme tsunami devasta Manhattan.

Fuente: Forestalia

ESPAÑA (11/8/2005).- «El día después de mañana» es sólo una película, pero se basa en el conocimiento científico de lo que sucedió en el pasado cuando se produjeron cambios climáticos catastróficos. En 1993, los científicos norteamericanos que estudiaban el hielo profundo del centro de Groenlandia descubrieron con asombro que hace 11.000 años, al final de la última glaciación, las precipitaciones de nieve se duplicaron en sólo tres años. (Tomado del Greenland Ice Sheet Project 2 (GISP2), financiado por EE.UU.). De hecho, gran parte de ese incremento ocurrió en un solo año. Según los investigadores, en un microsegundo geológico, la temperatura media de Groenlandia ascendió casi 12 grados (cuanta más nieve, más cálida es la temperatura, porque un aire más caliente puede soportar mayor humedad). Es como si el clima de Helsinki se convirtiera, de repente y sin previo aviso, en el de Madrid. Este descubrimiento hizo añicos las teorías mantenidas hasta entonces sobre el final de la última glaciación, pues se creía que el calentamiento había sido más lento y que se había producido a lo largo de varios siglos. Nadie sabe si estos acontecimientos catastróficos volverán a suceder, pero muchos científicos creen que la actividad humana aumenta considerablemente el riesgo al introducir más y más gases captadores de calor en la atmósfera. Estos gases de efecto invernadero forman una capa alrededor de la tierra y están provocando su calentamiento global. En lo que se refiere al cambio climático, el más importante de estos gases es el dióxido de carbono. Sus fuentes principales son de origen humano y consisten en la quema de combustibles fósiles y la fabricación de cemento. Ambas actividades producen en la actualidad alrededor de 6.500 millones de toneladas anuales (GtC/año) de carbono y están creciendo a un ritmo aproximado de 0,1 GtC/año. (Cifras tomadas del Edinburgh Centre for Carbon Management, Technical Document Número 6. La nota GtC se refiere a mil millones (109) de toneladas de carbono. Un Gt equivale a la masa de un kilómetro cúbico de agua.). Incluso aunque el aumento de los gases de efecto invernadero no provoque un trastorno del clima mundial de proporciones tales como para que se produzca un «Día después de mañana», es muy probable que tenga efectos importantes. El Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, al que pertenece la inmensa mayoría de los científicos de todo el mundo, predice que, si no se toman medidas para restringir estas emisiones, las temperaturas se elevarán entre 1,5 ºC y 6 ºC durante el próximo siglo. Ello supondría el ritmo más rápido de calentamiento de la Tierra ocurrido nunca desde el final de la última glaciación. Su impacto no sería igual en todas partes. Las temperaturas tenderían a elevarse más en el centro de los continentes, probablemente en torno al 6% en los próximos 100 años. Ciertas enfermedades tropicales, como el paludismo, empezarían a afectar también a Europa. El nivel del mar ascendería entre 0,2 y 0,8 metros, obligando a millones de personas a desplazarse, sobre todo en esas regiones con mayor densidad de población que son los deltas de los ríos, como es el caso de Bangladesh. La humedad disminuiría tanto en las selvas ecuatoriales, que gran parte de ellas no podría sobrevivir y se produciría probablemente un aumento de la frecuencia y magnitud de las tormentas tropicales. Los poderes políticos interesados en combatir estos peligros potenciales se han dado cuenta del papel fundamental que desempeñan los bosques y los productos de la madera, capaces de almacenar cantidades enormes de dióxido de carbono. Los árboles absorben este gas gracias a la fotosíntesis y, aunque devuelven parte de él a la atmósfera a través de la respiración, almacenan otra parte importante en forma de madera. Casi el 50% del peso seco de un árbol es carbono. En la actualidad, la contribución de los bosques del mundo a la lucha contra las emisiones de dióxido de carbono es enorme. La investigación científica más reciente indica que la cantidad de carbono almacenada por los bosques es cada vez mayor . (Evaluación de los ecosistemas en el nuevo milenio, de la ONU, marzo de 2005). El colosal incremento del volumen de madera acumulado en los bosques no tropicales de todo el mundo durante los últimos decenios compensa sobradamente la deforestación de los trópicos. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que durante la década de los 90, el volumen de la madera en pie de los bosques boreales aumentó 21.000 millones de metros cúbicos. Esta cantidad bastaría para construir una valla de ida y otra de vuelta desde la Tierra hasta el Sol, cada una de 1 metro de altura y 8 cm. de espesor, y sería suficiente para almacenar 5.250 millones de toneladas de carbono puro. El Protocolo de Kyoto reconoce la esencial contribución de los bosques para mitigar el cambio climático. Este protocolo, un compromiso con responsabilidades legales firmado por casi todos los países desarrollados (con las notorias excepciones de Estados Unidos y Australia) para reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, permite a los países rebajar los recortes de tales emisiones a que están obligados, mediante la plantación de árboles. También establece normas para un sistema de intercambio de derechos de emisión, por el que las empresas pueden compensar una proporción de sus emisiones mediante la inversión en bosques que actúen como «simas de carbono». Así pues, Kyoto promueve el sector forestal internacional y crea una nueva fuente de financiación para el desarrollo de plantaciones en diversas partes del mundo. Una pregunta clave, desde la perspectiva del almacenamiento de carbono es ¿qué sucede con los bosques una vez creados?. Si una plantación hecha para que actúe como sima de carbono se quema o simplemente se reordena para fines agrícolas, el carbono volverá a la atmósfera y no producirá beneficios a largo plazo. Además, la capacidad de absorción de carbono de los bosques tiende a disminuir con el tiempo. Los bosques jóvenes absorben más dióxido de carbono del que emiten con la respiración, porque una parte relativamente grande del carbono absorbido se destina a la formación de madera. Los bosques maduros actúan como almacenes de carbono a largo plazo, pero su ritmo de absorción del dióxido de carbono es casi igual al de liberación a través de la respiración y la descomposición de los árboles muertos. En este aspecto es donde la gestión de los bosques para una producción sostenible de madera ofrece ventajas adicionales. La eliminación de los árboles más viejos para su conversión en productos duraderos de madera tales como vigas, puertas y marcos para ventanas, hace que el carbono se mantenga fijado a los edificios durante muchos decenios, quizá incluso siglos. Además, gracias a la reforestación y a la regeneración natural de los bosques, los árboles aprovechados para la obtención de madera se sustituyen por otros nuevos que absorben aún más carbono. Los beneficios medioambientales del uso de la madera para la construcción no terminan aquí. La investigación reciente ha demostrado que el proceso de conversión de la madera en productos útiles para la construcción consume una cantidad de energía considerablemente menor que la que necesitan otros materiales y, por tanto, produce menos emisiones contaminantes. Conviene añadir que la madera es un aislante excelente y que, en consecuencia, reduce el gasto energético provocado por fugas. En diversos estudios se ha constatado que la construcción con estructura de madera ofrece de forma sistemática mejor aislamiento que cualquier otra técnica habitual de construcción . (Por ejemplo, en Gran Bretaña, una casa de nueva construcción típica, fabricada con madera y ladrillo, consigue un valor U de 0,25 W/m2 K. A efectos comparativos, un edificio de nueva construcción fabricado con ladrillo y bloques de hormigón y con las mismas especificaciones, alcanzaría un valor U de 0,43 W/m2 K. Además, en estudios realizados en distintos lugares se han registrado valores de 0,92 o superiores en casas fabricadas con bloques tradicionales. Obsérvese que el valor U es una medida de la velocidad de la pérdida de calor de cada componente de un edificio y que se expresa en vatios por metro cuadrado por grado Kelvin (W/m2 K). Cuando más bajo es su valor, mejor es el aislamiento.). En todas las etapas de su ciclo de vida, desde el momento en que el árbol germina en la tierra hasta el momento en que se usa como elemento de construcción, la madera contribuye a resolver el problema del calentamiento global por ello, si quiere vivir para ver «el día después de mañana», utilice madera.

Fuente: Forestalia

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