Catástrofes naturales son cada vez más mortíferas por culpa del hombre

Medio ambiente

No es que las calamidades sean ahora más fuertes. Lo que cambió es dónde y cómo vive la gente, en lugares vulnerables y bajo la pobreza. Porque la nueva tecnología lo permite, o porque la pobreza lo exige, ricos y pobres por igual se instalaron en zonas inundables o desiertos áridos, edificaron en laderas extremadamente escarpadas y crearon ciudades enormes y frágiles en zonas que tiemblan con una frecuencia alarmante, advierten los expertos.

Fuente: Diario Clarín. Por Andrew C. Revkin. THE NEW YORK TIMES. ESPECIAL

BUENOS AIRES(11/8/2005).- Durante siete horas, quince días atrás, olas gigantescas sacudieron las costas sobre el Indico desde Tailandia hasta Somalia, causando un costo terrible en bienes y vidas humanas. Pero, aunque parezca increíble, las futuras catástrofes pueden ser mucho más sombrías. Es probable que muchos más desastres de este tipo -desde terremotos y erupciones volcánicas hasta inundaciones, aludes y sequías- devasten países que ya son víctima de la pobreza y la agitación política. El mundo ya fue testigo de un marcado aumento de estos desastres “naturales” -desde 100 por año en los 60 hasta 500 por año a principios de 2000, dijo Daniel Sarewitz, profesor de ciencia y sociedad en la Universidad del Estado de Arizona. Pero no se trata de que los terremotos, los tsunamis y otras calamidades por el estilo se hayan vuelto más fuertes o más frecuentes. Lo que cambió es dónde vive y cómo vive la gente, subrayan muchos expertos que estudian la física de estos acontecimientos o las respuestas humanas frente a sus consecuencias. Porque la nueva tecnología lo permite, o porque la pobreza lo exige, ricos y pobres por igual se instalaron en zonas inundables o desiertos áridos, edificaron en laderas extremadamente escarpadas y crearon ciudades enormes y frágiles en zonas que tiemblan con una frecuencia alarmante, advierten los expertos. En ese sentido, las catástrofes son tanto el resultado de las elecciones humanas como de la geología o la hidrología. El doctor Kerry Sieh, un sismólogo del Instituto de Tecnología de California, pasó años estudiando algunos de los territorios más ricos y más pobres que son proclives a terremotos. La diferencia que observó entre los países ricos y los pobres, explicó el mismo doctor Sieh, es que los ricos habían mejorado sus técnicas de edificación y sus sistemas políticos para hacer frente a los desastres inevitables. En el noroeste del Pacífico, donde las fallas en altamar podrían generar un tsunami tan grande como las olas gigantescas del Sudeste Asiático, las autoridades crearon “mapas de inundación” para saber con mayor precisión qué pasaría en una inundación y actuar en consecuencia. Ante la amenaza de los terremotos, los edificios en la costa oeste de EE.UU. hoy están diseñados de manera tal de poder balancearse sobre sus cimientos. Como contrapartida, Estambul, Teherán, Nueva Delhi y otras ciudades cada vez más densas y con construcciones de mala calidad, pueden convertirse en escombros de la noche a la mañana. Cuando un terremoto afectó la antigua ciudad iraní de Bam en 2003, por ejemplo, más de 26.000 personas fueron aplastadas por sus propias casas. Varios expertos en terremotos hablan de la “brecha sísmica” cuando describen esta diferencia entre la capacidad de las ciudades ricas y las pobres para soportar el daño causado por un terremoto. De todas maneras, las autoridades electas y las agencias dedicadas a los desastres, tanto públicas como privadas, siguen concentradas en responder a las catástrofes en lugar de lograr, en primer lugar, que las sociedades sean más resistentes, se lamentó el doctor Brian Tucker, un geofísico y director de Geohazards International, un grupo de investigación privado que intenta reducir la vulnerabilidad de los países pobres frente a los terremotos. Tucker puso como ejemplo un estudio reciente de Tearfund, una agencia de ayuda cristiana, que determinó que menos del 10% del dinero invertido en ayuda para desastres por parte de organismos gubernamentales e internacionales es destinado a medidas preventivas. Según el estudio, Mozambique, al anticiparse a una inundación mayor en 2002, solicitó US$ 2,7 millones para realizar algunos preparativos de emergencia básicos. Recibió sólo la mitad de esa cantidad de parte de organizaciones internacionales. Después de la inundación, esas mismas organizaciones terminaron comprometiendo otros 550 millones de dólares en asistencia de emergencia, rehabilitación y financiación para la reconstrucción. El doctor Sieh admite que no confía en que los países ricos alguna vez reconozcan el valor de la prevención. La gente tiende a ignorar ciertos desastres inevitables, ya sea porque demoran varios años en producirse, como el calentamiento global, o porque son muy raros, como el tsunami. Considerado, la “otra” catástrofe en ciernes, el calentamiento global -provocado por el hombre con la emisión de gases de efecto invernadero- también redunda en más desastres naturales. Los elevados índices de estos gases producen un aumento del nivel del mar, mayor frecuencia e intensidad de precipitaciones, olas de calor que generan la transmisión de enfermedades infecciosas, derretimiento y retroceso de glaciares y procesos de desertificación. Jeffrey Sachs, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, destacó que, en Bangladesh, las tasas de mortalidad como consecuencia de las inundaciones bajaron marcadamente desde los años 70, principalmente porque adoptó medios sencillos para trasladar a la gente a zonas más altas. Pero también mencionó otra clase de cataclismos que no reciben atención de los medios: la malaria, el sida, las pérdidas de cultivos, incluso el calentamiento global. “Estamos en un período en la historia de la Tierra en el que las cosas pueden salir muy mal si no estamos atentos -advirtió-. Pero también contamos con mucho conocimiento y tecnologías que podrían permitir que los resultados fueran mucho mejores”. El tsunami reciente, añadió, podría ser un llamado de atención para tomar medidas. Pero tanto él como el doctor Sieh coinciden en que también podría terminar siendo uno más en una serie de desastres lejanos, una distracción perturbadora para los países más afortunados del mundo. “Existe una base tecnológica y científica para las estrategias preventivas”, consideró. Luego continuó: “Pero no están siendo aplicadas, y no existe nada que lo justifique. Ni siquiera es una cuestión de dinero. Es mucho más barato anticipar que responder”. Para el especialista ésta fórmula de “más vale prevenir que curar” funciona tanto cuando se trata de recuperar la fertilidad del suelo africano como de construir un sistema para advertir tsunamis.

Fuente: Diario Clarín. Por Andrew C. Revkin. THE NEW YORK TIMES. ESPECIAL

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