Capaz de almacenar carbono durante siglos y mejorar la productividad del suelo, el biocarbón se posiciona como una de las soluciones más prometedoras para generar créditos de carbono de alta integridad y escalar la acción climática. También llamado «Biochar», esta sería una de las tecnologías más prometedoras dentro del mercado de carbon removals, gracias a su capacidad de almacenamiento de carbono a largo plazo y su trazabilidad. Su producción a partir de biomasa residual y su potencial para generar co-beneficios ambientales lo posicionan como una alternativa cada vez más relevante para estrategias corporativas de descarbonización basadas en soluciones de alta integridad.
Por Patricia Escobar
@argentinaforest
ESTADOS UNIDOS (1/04/2026).- Los créditos de carbono se consolidan como una herramienta central en la lucha global contra el cambio climático. Permiten a gobiernos, empresas y particulares compensar sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) mediante el financiamiento de proyectos que reducen o eliminan carbono de la atmósfera.
En este escenario, el biocarbón emerge como una de las soluciones más prometedoras por su capacidad de secuestrar carbono durante décadas o incluso siglos, sumando además beneficios agrícolas y ambientales.
El biocarbón es un material rico en carbono que se obtiene al calentar biomasa orgánica —como residuos agrícolas, desechos forestales o materia vegetal— en condiciones de bajo oxígeno, mediante un proceso conocido como pirólisis.
A diferencia de la combustión, este método evita que el carbono se libere como dióxido de carbono (CO₂) y lo fija en una forma estable que puede permanecer en el suelo durante largos períodos.
«Esta estabilidad, sumada a su impacto positivo en la fertilidad del suelo, la retención de agua y la actividad microbiana, convierte al biocarbón en una opción estratégica para programas de créditos de carbono. De hecho, cada tonelada aplicada puede capturar entre 1 y 3 toneladas de CO₂ equivalente, dependiendo de la materia prima y la eficiencia del proceso», señala un informe publicado en el sitio especializado Carbon Credits.

Una solución con base científica y múltiples aplicaciones
El potencial del biocarbón depende en gran medida de la biomasa utilizada. Residuos agrícolas como cáscaras de arroz o rastrojos, desechos forestales como astillas de madera, e incluso estiércol o residuos orgánicos urbanos, pueden transformarse en este recurso. Cada fuente influye en sus propiedades, desde el contenido de carbono hasta su aporte de nutrientes.
Entre sus características clave se destacan su alta estabilidad, su estructura porosa —que mejora la retención de agua y nutrientes— y su capacidad de optimizar el pH del suelo. Estas propiedades lo convierten en un aliado tanto para la mitigación del cambio climático como para la producción agrícola sostenible.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) estima que el uso global de biocarbón podría reducir hasta 1,8 gigatoneladas de CO₂ por año si se implementa de manera sostenible, lo que lo posiciona como una herramienta relevante a escala global.
Existen diversas tecnologías para producir biocarbón, siendo la pirólisis lenta la más utilizada por su alto rendimiento y estabilidad del carbono. Otras alternativas incluyen la pirólisis rápida —que prioriza la producción de bioaceites—, la gasificación, la carbonización hidrotermal y métodos más avanzados como el arco de plasma.
Cada tecnología presenta ventajas y limitaciones en términos de eficiencia, costos, subproductos energéticos y capacidad de almacenamiento de carbono. En el contexto de los mercados de carbono, se priorizan aquellas que garantizan mayor estabilidad y permanencia del carbono capturado.

Del residuo al activo climático
Uno de los aportes más relevantes del biocarbón es su capacidad para transformar residuos agrícolas en un recurso de alto valor. A nivel global, se generan más de 5.000 millones de toneladas de residuos de cultivos al año, gran parte de los cuales se queman o se descomponen, liberando CO₂, metano y óxidos de nitrógeno.
La producción de biocarbón ofrece una alternativa sustentable: evita emisiones, reduce la contaminación del aire y crea un sumidero de carbono duradero. Además, permite a los productores gestionar residuos sin costos adicionales y convertir un pasivo ambiental en un activo económico.
El biocarbón también gana terreno en los mercados de carbono. Los proyectos pueden generar créditos verificables al demostrar la cantidad de carbono almacenado de forma permanente. Para ello, deben cumplir con estándares internacionales como Verra o Gold Standard, y someterse a rigurosos procesos de medición, reporte y verificación (MRV).
Según datos recientes, cerca del 41% de los créditos adquiridos por empresas en 2024-2025 provienen de proyectos de biocarbón de alta calidad, reflejando una creciente demanda por soluciones con mayor integridad climática.
En términos económicos, el sector muestra un crecimiento acelerado. La industria global del biocarbón ya supera los 600 millones de dólares anuales y podría alcanzar los 3.300 millones en el corto plazo. En paralelo, el precio de los créditos ronda los 177 dólares por tonelada de CO₂ equivalente, superando los 200 dólares en proyectos de alta calidad.
Una tonelada de biocarbón puede eliminar entre 2,5 y 3,3 toneladas de CO₂, lo que representa un valor potencial de entre 450 y 700 dólares en créditos, dependiendo del mercado y los estándares de certificación.
Una solución estratégica para el futuro climático
El biocarbón se posiciona en un punto intermedio entre los créditos basados en la naturaleza y tecnologías más costosas como la captura directa de aire, combinando permanencia, escalabilidad y beneficios productivos.
Su adopción crece tanto en el sector agrícola como en el corporativo, donde las empresas buscan alternativas confiables para cumplir sus compromisos climáticos. No obstante, su expansión dependerá de factores clave como la disponibilidad sostenible de biomasa, la calidad de producción y la robustez de los sistemas de verificación.
De cara a las próximas décadas, el biocarbón podría dejar de ser una solución de nicho para convertirse en un pilar de la economía baja en carbono. Su capacidad para integrar mitigación climática, desarrollo rural y economía circular lo posiciona como una de las herramientas más completas para enfrentar los desafíos ambientales actuales.
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