El último hachero

(*) Dr. Rodolfo Roque Fessler. Escritor

Árbol de Lapacho Negro

MISIONES (JULIO 2020).- Con la cercanía y el tiempo nos encariñamos con las personas, con los animales y las cosas, pero a un árbol podemos llegar a amar, porque el amor es un espejo que mira lo que llevamos adentro y lo refleja en naturalezas que conciertan con la nuestra.

Para el joven Muncho, ese amor aprendido a los golpes era un acervo imperecedero e inevitable sostenido en un linaje; su abuelo fue hachero y su padre le había enseñado a ejercer el arte de los filos. La vida de quien pertenece a la robusta estirpe de los leñadores nunca es una elección sino un destino, un conchabo irrevocablemente ligado a los grandes árboles; a su utilidad y belleza, a su tacto y su tala, es decir, a su vida y a su muerte.

Ese amor inexplicable puede ser hondo, intenso, penetrante. Como un hacha. Pero en el obraje no hay mucho tiempo para ejercer el amor por nada. Ni nadie. Allí todo se limita a sentir de noche o cuando llueve junto al descanso del fogón, algunas pasiones ilusorias y emociones fugaces que se disipan con el humo y el sueño.

Los descansos son breves, casi inadvertidos; el cansancio por las fatigas del día no deja mucho tiempo para las vigilias ociosas, siempre breves, al cubierto del lapacho que, tan pronto como cobija y abriga, recibe el brutal desprecio del desmonte, la cortante ingratitud del hacha. Wilde dijo alguna vez que el hombre destruye todo lo que ama; los valientes con la espada, los cobardes con un beso.

Allí se encontraba el fornido pero sensible hachero Muncho, ya sólo con su hijita de apenas unos meses a quien criaba como podía; con los descuidos propios de un hombre y su ruda condición de montaraz. Su mujer, unas semanas atrás se había aventurado en la espesura dirigiéndose al arroyo lejano que proveía de agua para el guiso y el mate y donde lavaba la ropa de su guapo. Pero, cosa rara, no advirtió en el barro de la vera las pisadas de un yaguareté y la de su cría a quien enseñaba a cazar. Aquel ominoso día la selva era respetada por un silencio sospechoso, una quietud turbadora y extraña.

El calor podía desplegar sus canículas sin que ninguna brisa se le anime a sus bochornos y las horas pasaban largas, interrumpidas únicamente por el zumbido de las moscas.

Toda la atmósfera parecía atorada con negros presagios. De repente, aturdió el acuciante llanto de la pequeña que dormía cerca del abrumado mensú.

─ “Tendrá hambre”-, pensó Muncho, al tiempo que una línea de quebranto surcó su frente, pues su mujer tardaba demasiado en volver. Dio un descanso al hacha y muy resuelto fue en su busca. Las penas infinitas nunca abandonan a los miserables olvidados por Dios y por los capangas; al llegar a la orilla del arroyo aún pudo ver, junto con los despojos de su mujer, a las hermosas fieras que en palabras de Tennyson encarnaban a la más feroz naturaleza; el rojo en la garra y los colmillos.

Las bestias ya saciadas o asustadas se alejaron ante el alarido de pánico y horror de Muncho que temblando y a los gritos blandía su machete en los cerros de la desesperación. De rodillas cayó aturdido, negando con la cabeza y el llanto duro sin resignarse al evidente corazón de lo irremediable. En los días que siguieron se redoblaron los miedos, las guardias y las armas; un tigre cebado y con cría era el mayor demonio que podía parir el monte. Tampoco hubo más consuelos que el esfuerzo duplicado, las penas ahogadas con el brío, la eficiencia remachada por la rabia, el ímpetu aumentado por el dolor y los gritos del capataz; un fantasma que repite con ardor incitando el hachazo: ¡neike, neike! Ni caña había para ahogarse en los bálsamos de la inconsciencia.

Así fue como Muncho se convirtió en el vehículo de un amor femenino y delicado para el cual no fue educado ni era capaz de absorber en su tosco y rústico entorno.

Imposibilitado de abandonar el obraje en espera del lejano relevo, por las noches su rostro se mojaba acariciando a su niña dormida. Con el resplandor del fuego elevaba su mirada hacia el cielo en busca de la sonrisa sedante de una estrella o algo de luz de la luna hinchada. No se veía nada. Sin cielo nublado las ramas del gigantesco lapacho obscurecía todo; hasta de día apenas dejaban ver al sol.

Debajo estaba el campamento, la carpa, los jergones, el fogón, las herramientas. Casi sonríe cuando, al mirar el inabarcable volumen del tronco del dios vegetal que los albergaba, recordó que su mujer, con una dulce y melancólica sonrisa le dijo:

-“No tumben a éste. Es demasiado hermoso”-.

Con mil pretextos y excusas rebuscadas el gran lapacho milagrosamente se fue salvando de las órdenes del capataz.

Al parecer el hijo del obrajero, al mando por esos días de la cuadrilla, también se había enamorado a escondidas del lapacho; solía pararse a mirarlo detenidamente elevando la frente quitándose el sombrero para, con una sonrisa y haciendo gestos negativos, sortear su ejecución con fingida mala gana. Nadie escapa a los embrujos de la belleza rutilante.

Finalmente vino un relevo, pero no para Muncho, a quien ni siquiera permitieron llevar a su pequeña hija al cuidado de la abuela; los pedidos de Buenos Aires eran muy grandes y urgentes y había que aprovechar la jangada antes que las lluvias de octubre traigan la inundación. Y mucho era el mejor, el más categórico imprescindible.

El reemplazo fue del capataz: un nuevo arrogante de la ciudad, frio en sus dictados, preciso en sus mandatos, determinado en su crueldad: apenas arribado puso su atención en el gigante del monte. Con una mirada de desprecio inquirió casi gritando:

─ “¿Y éste? ¿Cómo es que no lo voltean? ¡Ya me desarman el campamento, despejan la cancha y lo quiero abajo en dos días!”

Con diversas engañifas dos días enteros Muncho atajó a sus compañeros para no ejecutar la implacable orden; las lluvias y tormentas proveyeron de tres días más de yapa, pero a su vuelta el capanga fue lapidario:

─ “Muncho, o me volteas el lapacho o vos y tu hija se van boyando por el río. Ni canoa te voy a dar”.

La criatura ya estaba famélica, el agua tibia endulzada con la ácida miel de monte, provisoriamente ponía a raya al apetito apremiante, pero su vientre comenzaba a hincharse y su cetrino rostro fue adquiriendo el mismo tono del “chipá cuerito” freído en grasa, la tostada palidez del reviro ineludible.

La necesidad, la desesperación por la paga para poder huir, la urgencia por llevar de allí a su niñita por fin lo convenció; sólo derrumbando a su amor podría salvar a su hija. No había escapatoria, era difícil que hubiera otro lapacho inconmensurable como ese, pero la risa o el llanto de la pequeña lo movían con más fuerza que el sonido del viento entre las hojas y las ramas del coloso del monte.

Sus compañeros llegaron a pensar que estaba quedándose loco; por las mañanas Muncho saludaba con viva voz al lapacho:

“¿Cómo amaneció mi amigo?” Y aguardaba un instante. En algún momento soplaba el viento y se movían las ramas y Muncho:

─ “Ahí contestó, dice que muy bien”.

No hay mayor tragedia que tener que escoger entre dos amores sin poder optar por el simple abandono de uno de ellos, pues, tenía por delante la más desgarradora y dolorosa elección; la vida del uno o la del otro; el lapacho o su hija.

Se agotaba el tiempo para que continúen vivos los dos.

Nunca un monstruo del monte fue tan duro; las hachas se desafilaban más rápido, rebotaban como golpeando un metal, los mangos se rompían, desaparecían de las rudas manos los viejos callos dando paso a nuevas ampollas. Cada golpe era una herida en el árbol y una magulladura en los verdugos. Finalmente los parejos filos de los aceros con fuerza repetida e incansable, en tres días de nervios y agonía, vencieron al titán que, tras crujir con más fuerza que el gruñido de los tigres heridos provocó un estrépito capaz de asustar a los truenos y lentamente se fue cayendo haciendo temblar a todo el monte, abrazándose a sus hermanos vegetales que, sin poder sostenerlo, sólo hacían más lenta su caída y también se derrumbaban con él.

Los rigurosos sapucays ni se oyeron tapados por el estruendo ensordecedor de la caída, pero, como un último estertor el tronco en su base herida “pateó”, es decir se corrió con violencia hacia los hacheros. Sólo la fortuna evito que arrancara las mandíbulas de Muncho quien con presteza se tiró hacia atrás, pero en la volteada logró herirle el brazo haciendo volar su hacha por los aires.

Dando varias volteretas en lo alto la herramienta fue a caer a muy pocos centímetros de la chiquilla que jugaba con unas hojas entre los dedos. El albur de alguna deidad de la siesta evitó una segunda tragedia. Fue una señal. La segunda y clara señal. El lapacho le había perdonado, pero lo hacía notar; a los malvados nunca les ocurre nada, pero a los buenos la justicia cósmica tiene dispuesto que puede suceder lo peor si se ensañan con las criaturas del monte.

Esa misma noche sigilosamente cargó a su hija, un atado de carne seca y su raída cobija, robó una canoa y se hizo “al garete” aguas abajo en el río iluminado por el faro de las noches llenas. Dejaba atrás dos amores muertos que sin embargo jamás abandonarían su corazón ni su memoria. Por última vez miró hacia atrás y vio cómo se alejaban los moribundos centelleos del fogón del quieto campamento y juró que nunca, nunca más, nunca entonces, nunca siempre, nunca mismo, nunca nunca, volvería a tomar un hacha.

Lo animaron un poco, hinchándole de coraje y determinación efímera, los ojos fijos, negros y brillantes de su niña que reflejaban todas las claridades de la noche.

Se regocijaba pensando en su suerte, pues, nadie lo había visto ni escuchado en su huida a la que contribuyó la niña que tampoco se quejó, ni lloró. Es que no pueden llorar quienes ya no respiran.

 

(*) Escritor 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *