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La catástrofe ecológica sobrevenida con el accidente de la factoría química en la ciudad de Harbin indica que ese espectacular desarrollo económico tiene los pies de barro, porque está basado en un sistema de toma de decisiones despótico y arbitrario, sin intervención de factores democráticos y sociales.
Fuente: Desatres
China ha vivido las dos décadas más vertiginosas de su historia después de haber decidido abandonar el modelo económico socialista y zambullirse de lleno en una versión apasionada del capitalismo, con el Gobierno del Partido Comunista a la cabeza, ondeando la bandera del pragmatismo: «Gato blanco, gato negro, da lo mismo. Lo importante es que atrape ratones». Sus resultados económicos han llegado a zarandear todas las estructuras financieras internacionales, el mercado de las materias primas y el suministro energético; el mundo tiembla ante la «amenaza china», empezando por las acomodadas sociedades de los países más desarrollados. Ahora, la catástrofe ecológica sobrevenida con el accidente de la factoría química en la ciudad de Harbin nos recuerda que ese espectacular desarrollo económico tiene los pies de barro, porque está basado en un sistema de toma de decisiones despótico y arbitrario, sin intervención de factores democráticos y sociales. Pagando salarios de miseria a ciudadanos privados de derechos laborales y teniendo acceso libre al mercado mundial, es mucho más sencillo obtener resultados económicos portentosos. Pero cuando no hay libertad social y quienes toman las decisiones estratégicas no están sometidos a ningún control democrático, ocurre que sus equivocaciones pueden ser de escala igualmente gigantesca. Además de que sus efectos alcanzan al territorio de otros países (a Rusia en el caso del último vertido tóxico), las tropelías de las autoridades chinas en materia ecológica son una pesada herencia tanto para la salud de sus habitantes como para el futuro del medio ambiente en su propio país. Tal es su desinterés por el compromiso con el «desarrollo sostenible» alumbrado en la Cumbre de Río de Janeiro y puesto negro sobre blanco en Kioto, que sorprende el doble rasero de parte de la opinión pública mundial y de algunos gobiernos de pedigrí progresista, que callan ante el despropósito chino mientras denuncian a países occidentales que gastan cantidades multimillonarias en medidas ecológicas. Por ello, ahora que los analistas se preguntan cómo hacer frente a la desaforada competencia económica del gigante asiático, ha llegado la hora de exigir a Pekín que al menos modere su fobia a los protocolos mediambientales básicos que ha establecido la comunidad internacional y se aplique en vigilar el modo y manera en que está creciendo el país. La libertad económica es una quimera temporal si no va acompañada de una liberación político-social paralela, porque un país no se puede dirigir en el siglo XXI como si fuera una factoría descacharrada del siglo XIX. Fuente: Publicado – Published: 27/11/2005



