Por Alejandro Brown, presidente de Fundación ProYungas.
“…masas informes, entre negras y pardas, que luchan entre sí con la rabia de los torrentes que chocan en la pendiente”. Las vio “asirse, separarse, volver a chocar y confundirse en furioso torbellino, preñado de serpientes de fuego”. Vio cómo estallaba el rayo, “quebrándose en relámpagos que enrojecen el espacio”. Luego, “el estampido del trueno alternando con el rugido de los vientos que hacen crujir la montaña”. Finalmente, venía la lluvia, que formaba ríos copiosos, torrentes y cascadas.
El texto de don Lucas Córdoba (1841-1913) dos veces Gobernador de Tucumán, concluía afirmando que crecía su amor por el valle cuando fabricaba “esas borrascosas tempestades que, descendiendo de cerro en cerro hasta la llanura, como por las gradas de un templo, y tornándose en mansa lluvia, llevan a las campiñas la abundancia y la bendición de Dios”.

Como todos los veranos, quienes vivimos en el noroeste de Argentina, solemos mirar hacia las montañas fascinados por ese espectáculo de las nubes creciendo profusamente sobre la cima de las montañas yungueñas. La fascinación va dando lugar muchas veces a la preocupación cuando los colores se van opacando o ennegreciendo, anticipándose a lo que probablemente será una tormenta de dimensiones preocupantes.
El grueso de la población del noroeste argentino vive en el pedemonte, ese espacio que es una bisagra o punto de inflexión geográfico entre la llanura chaqueña al Este y las montañas yungueñas y más atrás andinas, en el Oeste. Esta conformación hace que durante el verano, los vientos húmedos procedentes del NE se encuentren con las montañas, asciendan, se enfríen y precipiten toda la humedad acumulada en forma de vapor de agua, un lago sobre nuestras cabezas…que cae cada verano con mayor o menor intensidad.
Y luego, dependiendo de la magnitud de las lluvias vendrán las inundaciones, los evacuados, las pérdidas materiales y también muchas veces los muertos…y todos miramos hacia las montañas y nos preguntamos qué pasó allá arriba, que “desequilibró” a las montañas?, la deforestación?, la explotación hidrocarburífera o minera?, o quizás la explotación forestal intensa?.
Sin duda estas actividades humanas pueden y muchas veces potencian los problemas derivados de estos eventos climáticos severos, pero en la mayor parte de los ejemplos, la planificación incorrecta, la imprevisión, la construcción de barrios donde no se debe, los puentes y rutas que minimizaron los eventos climáticos y obstaculizan el drenaje natural de las aguas, los campings y recreos ubicados en las playas de inundación de los ríos, son los responsables directos.
Ejemplos que se multiplican año tras año, porque a medida que las poblaciones crecen se invaden cada vez con mayor extensión áreas inadecuadas. Muy pocas veces los núcleos urbanos antiguos son afectados, en general las mayores dificultades ocurren en las áreas ocupadas en las últimas décadas. Y no es necesariamente que llueva más, sino que se planifica y se prevé menos…

Conservar la selva (Yungas) en las montañas es importante y el NOA preserva cerca del 90% de la vegetación boscosa original por encima de los 500 msnm, que es donde ocurren las máximas precipitaciones anuales. En el pedemonte, por encima del 5% de pendiente, la situación es similar con muy poca superficie transformada.
En las áreas planas colindantes la caña primero y luego los cítricos, arándanos y crecimiento urbano, transformaron casi el 100% de su superficie, reduciendo la percolación o infiltración y favoreciendo el escurrimiento superficial, lo que sin obras hidráulicas adecuadas agrava el problema.
Las montañas del NOA presentan una cobertura forestal similar e incluso posiblemente superior a la que encontrábamos varias décadas atrás. Zonas como las Lomas de Imbaud en Tucumán, y las sierras de los alrededores de Salta y de San Salvador de Jujuy, se cubrieron de bosques estás últimas décadas e incluso los bosques ascendieron en todo el NOA un par de cientos de metros en altitud. Los primeros como consecuencia del abandono de prácticas agrícolas en las montañas y los segundos por una combinación de abandono gradual de la ganadería en la montaña y mayor humedad regional.
Cuando uno mira el panorama de deforestación de las montañas de América tropical, el noroeste argentino en general, son un ejemplo de conservación. Las montañas aún no son utilizadas intensamente como ocurre en otras partes del mundo y ello es una bendición ligada a la enorme superficie de tierras planas aptas para la agricultura y la ganadería intensivas que posee nuestro país.
Sin embargo, esta ventaja no la supimos asociar a un esfuerzo importante de planificación, esfuerzo que sin duda generaría muchos menos problemas durante el verano y nos permitiría dormir más tranquilos (y seguros) durante las tormentosas noches estivales, a quienes habitamos el pedemonte del noroeste argentino.




