¿Necesitamos más leyes para enfrentar los problemas ambientales de la Argentina?

Por Alejandro Brown, Presidente Fundación ProYungas (*) 

ARGENTINA (4 de Octubre de 2020) .- Quizás porque la pandemia nos sensibilizó sobre las problemáticas ambientales acuciantes que estamos viviendo los argentinos, en lo que va del año, empezaron o resurgieron una batería de leyes y sus reformas, como una manera de frenar, mitigar e incluso revertir las acciones que entendemos afectan la preservación y salud ambiental de nuestros ecosistemas.

Los problemas no son pocos. Sequías (e inundaciones), tala de bosques nativos, incendios de bosques, pastizales y humedales, dengue,… etcétera. Es natural que estemos preocupados y más aún en el marco de un encierro impulsado por una pandemia como nunca (los actuales vivientes) hemos vivido.

Ahora, es curioso que un país tan poco apegado al cumplimiento de normas, tan poco apego que incluye hasta a nuestros gobernantes, pensemos que lo que se requiere para enfrentar las problemáticas ambientales son más leyes. Cuanto menos es curioso, quizás pensemos que al tener las leyes, que no necesitamos cumplir, al menos nos da la sensación del deber cumplido.

Nos sentimos bien con nosotros mismos y con quienes piensan igual que uno. Con eso pareciera suficiente!!

La Ley de Bosques fue un paso necesario para poner de relieve la problemática de los bosques, descuidada en un país de cultura agropecuaria, frente a un proceso de transformación que implicaba la conversión de más de 200.000 hectáreas al año por más de una década. El país, a través de las provincias con bosques, se comprometió a mantener como tales a casi el 80% de la superficie remanente, una superficie no muy alejada de su parámetro de referencia natural. Sin embargo, muchos la incumplieron, empezando por el Gobierno Nacional que nunca aportó más de 5% de recursos que correspondía por ley para atender las demandas del sector privado e incluso del sector público provincial.

Es una ley que vale la pena pero debe ser mejorada en su implementación, no en su rigurosidad. La transformación de sectores de bosques de relativo bajo valor de conservación, es una herramienta válida para que los propietarios inviertan en sus predios, para que se generen recursos económicos y empleos, el país obtenga divisas y fundamentalmente para que se ocupen de proteger las áreas no transformadas. Porque la pregunta obvia es, ¿quien se ocupará de mantener en buen estado de conservación los espacios silvestres alejados de las inversiones en infraestructura, control y monitoreo?

Los incendios duelen, no nos gustan a los habitantes de las ciudades, les tenemos miedo. Sin embargo el fuego acompañó gran parte de las decisiones productivas y de obtención de recursos naturales de la humanidad desde siempre. Es el método más utilizado tradicionalmente para abrir espacios boscosos a la agricultura y el pastoreo, facilita el adelanto del rebrote de pasturas naturales en las montañas como en el llano y fue un instrumento de caza de los aborígenes del Gran Chaco, de hecho de ahí deriva el nombre de esta importante ecorregión. Ahora queremos instalar el concepto de que el fuego ocurre por desaprensivos que sólo les interesa su propio beneficio y queremos reglamentar sobre los humedales, que siempre se manejaron con el fuego y sobre el fuego mismo, o más precisamente sobre los incendios.

El país tiene una batería de normas ambientales que de cumplirse estaríamos en el mejor de los mundos. Sin embargo no las cumplimos y nuestra respuesta a esto es sancionar más normativas.

Los humedales son importantes y debemos conservarlos por sus servicios ambientales. Tener un inventario de los mismos sería muy útil y estamos en condiciones de hacer un relevamiento colaborativo con muy pocos recursos y no necesitamos una ley para eso. Para su conservación basta con la batería de normas de que disponemos y con establecer espacios de diálogo intersectoriales en los territorios, en donde conservación y uso entran en contradicción. Porque tenemos que ponerle rostro humano a los puntos de vista y necesidades contrapuestas, salir de la histórica disyuntiva entre buenos y malos.

Los incendios son en la gran mayoría de los casos producto del comportamiento tradicional y de situaciones de extrema sequías primaverales y heladas invernales, que constituyen un combo explosivo, si no lo prevemos y manejamos adecuadamente.

Mientras escribo esta nota, permanentemente sobrevuelan sobre nuestras casas aviones fumigadores que están haciendo lo imposible para combatir, junto con los bomberos, varios focos de incendio en la Sierra de San Javier, en Tucumán. Nadie especuló inmobiliariamente prendiendo fuego esta área protegida. Sin duda ha sido una combinación de imprudencia, quizás decidía y condiciones ambientales más que propicias para que se propague. Sin duda faltó prevención, faltó información sobre riesgo y sin duda faltaron los elementos mínimos para ser eficientes en su temprano control, más allá de la enorme buena voluntad puesta por quienes lo están combatiendo.

Todo indicaba que en nuestro país (cómo en el resto de Sudamérica) este sería un año complicado en materia de incendios. Sin embargo las estructuras de prevención y control han estado casi ausentes hasta que el país ardió en llamas y en la mayoría de los casos sólo nos resta rogar para que llueva…

Se dice que las instituciones (y creo es válido para el país) cuando pierden el rumbo, su razón de ser, quienes administran concentran su energía en aspectos reglamentarios y burocráticos…ojalá no sea el caso!

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