Con 37 años de servicio, el histórico jefe de área del Parque Nacional Iguazú y referente en Sierras de las Quijadas analiza su trayectoria profesional frente a su retiro. Biólogo por adopción y «famoso» por su firme oposición al uso de agroquímicos en áreas protegidas, reflexiona sobre la pérdida de protagonismo del guardaparque en un mundo donde cada vez cobra mayor relevancia la protección de la biodiversidad frente a la crisis climática y la amenaza latente en la Argentina de un modelo que tiene la visión mercantilista sobre los parques nacionales.
Por Patricia Escobar
@argentinaforest
ARGENTINA (14/6/2026).- En una Argentina donde las partidas presupuestarias para la conservación ambiental sufrieron un recorte significativo en el último año, afectando la gestión de 46 áreas naturales protegidas y donde los decretos oficiales empujan a la privatización de los servicios en las áreas protegidas sin planificación, la reciente jubilación de Justo Herrera cobra la dimensión de un manifiesto político y una estirpe de custodios de la naturaleza en peligro de extinción en el país.
En el universo de la conservación en Argentina, existen hombres cuyo conocimiento del territorio no proviene de los claustros académicos, sino de una simbiosis absoluta con el entorno. Justo Herrera es uno de ellos.
Oriundo de la zona rural de Corrientes, Herrera colgó el uniforme de Guardaparque Nacional en mayo de 2026, tras 37 años de una carrera intachable que dejó huellas en en su paso por el Parque Nacional Iguazú -donde participo de investigaciones, dictó cursos y ejerció como Jefe de Área-, en el Parque Nacional Lanín, y en la aridez mística del Parque Nacional Sierras de las Quijadas, en San Luis, el escenario elegido para su retiro.
Fue técnico y coordinador a cargo del Centro de Investigaciones Ecológicas Subtropicales (CIES) del Parque Nacional Iguazú. Y es coautor de numerosos estudios y relevamientos de flora del PN Iguazú y la región. Es reconocido especialista en control de especies de vegetales exóticos.
Durante décadas, su labor encarnó una figura vital pero poco documentada: la del «para-biólogo». Sin el título formal, Herrera operó como el brazo logístico indispensable de los equipos científicos más importantes de la región NEA, participando activamente en los inicios del Proyecto Yaguareté en Iguazú, en Misiones, censando yacarés y diseñando metodologías ecológicas para el control de especies exóticas.
Hoy, con el cuerpo de guardaparques nacionales estancado históricamente en un promedio de entre 300 y 400 agentes para custodiar todo el patrimonio natural del país, Herrera rompe el silencio institucional de su jubilación, en una entrevista con ArgentinaForestal.com.
La crítica técnica y una advertencia ineludible sobre el futuro de las Áreas Naturales Protegidas (ANP) de la Argentina, queda expuesta en un diálogo profundo que refleja su historia de vida, y a la vez, el valor vital que tiene la profesión de guardaparques en la custodia de las áreas naturales, donde fueron creadas para la protección de la biodiversidad de sus ecosistemas .
La infancia correntina y el descubrimiento del oficio
AF: Para entender la fisonomía de un guardaparque, muchas veces hay que volver a la infancia. Usted se crió en el ámbito rural de Corrientes. ¿Cómo modeló ese entorno su sensibilidad y cómo fue el descubrimiento de una profesión que en ese entonces era casi desconocida?
Justo Herrera (JH): Me crié en el campo profundo de Corrientes, y esa infancia en zona rural moldeó todo lo que vino después. El ambiente y las costumbres de los paisanos de la zona están marcados por una cercanía orgánica con la naturaleza; se vive con mucha tranquilidad, sin ese nervio urbano. Tengo recuerdos muy felices porque, jugando, aprendí de niño a reconocer ortigas, plantas con espinas, flores e insectos. En la adolescencia, en la etapa universitaria y más de adulto, uno siempre vuelve a la casa familiar. En ese entorno, las personas mayores, los campesinos, son profundamente respetuosos de los elementos naturales: no hay abuso.
Se permitía a los niños la caza de subsistencia, de aves o perdices, nada prohibido, pero eso mismo iba creando de forma natural una conciencia de equilibrio y respeto en el uso de los recursos.
Ya de joven, buscaba un oficio para ganarme la vida que me permitiera mantener ese contacto con el ambiente rural, que fuera útil y bien remunerado. Trabajé en una diversidad de rubros sin saber que existía una formación orientada exactamente a lo que yo amaba.
De casualidad, hojeando una revista, apareció una nota sobre las Cataratas del Iguazú con fotos de un guardaparque. Explicaban cómo era la carrera en Argentina. Ese dato fue descubrir una ventana gigante.
Me comuniqué inmediatamente con la Administración de Parques Nacionales (APN) y así comenzó mi intento. En el examen de ingreso me fue muy bien; la mayoría de las preguntas de la entrevista versaban sobre el conocimiento práctico del campo argentino, ambiente, flora y fauna. Para mí, que venía de ahí, resultó natural. Así ingresé al centro de formación en la Isla Victoria, en Bariloche.

AF: Esa formación en la Isla Victoria combinaba aspectos técnicos con habilidades puramente rurales. ¿Cómo fue el choque entre la teoría y la realidad del aislamiento en los puestos de guardia?
JH: Lamento no haber podido terminar la carrera de Biología por razones económicas -intenté estudiar Veterinaria dos veces también-, pero el secundario orientado en Ciencias Biológicas me dio una base excelente.
En la Isla Victoria se aprendían habilidades rurales esenciales. El guardaparque, por lo general, vive solo en un puesto de guardia alejado y tiene que resolverlo todo: andar a caballo, hacer alambrados, cavar pozos para instalar postes, reparar infraestructura. Por mi infancia, yo ya dominaba esas tareas en el territorio, lo que me facilitó enormemente el avance.
Mi caso, sin embargo, fue atípico en la institución. Tuve varias etapas. En los años 80 estuve en Iguazú, habitando destacamentos muy adentrados en el monte, donde vivíamos apenas dos o tres guardaparques aislados. Nunca me atrajeron las seccionales ubicadas en zonas de uso público o cercanas a los pueblos; mi lugar siempre estuvo en las zonas rurales y en la densidad del monte.

La etapa de «para-biólogo» y la defensa contra los agroquímicos
AF: Hubo un quiebre en su carrera en los años 90, donde se retira temporalmente por razones salariales y regresa bajo una figura contractual diferente. Fue allí donde acuñó el término de «para-biólogo». ¿Qué implicó ese rol técnico en el Parque Nacional Iguazú?
JH: Sí, a principios de los 90 dejé Parques Nacionales unos años porque en lo económico el sueldo era bajísimo y se tornaba imposible continuar. Trabajé como guía de turismo e incluso pasé tres años trabajando fuera del país. Cuando regresé, el estatuto del cuerpo de guardaparques había cambiado y no pude reincorporarme plenamente en el escalafón tradicional.
Comenzó entonces mi segunda etapa, entre 1994 y 2004, contratado como técnico ambiental bajo la modalidad de monotributista. Fue una época fascinante. En la práctica, yo hacía el trabajo de un biólogo sin tener el título. Mi rol era el de «para-biólogo»: brindar apoyo logístico, operativo y de conocimiento empírico en el terreno a los equipos de investigación científica. Si uno tiene interés y sensibilidad, es un rol técnico maravilloso.
Desde la base de Iguazú, participé en investigaciones sobre la biodiversidad del palmito, censos de yacarés, anillado de aves y, fundamentalmente, en los inicios del Proyecto Yaguareté en Misiones.
Junto a dos compañeras en los 90, fuimos los primeros en darle forma al seguimiento del felino en la provincia. Salíamos a buscar huellas, hacíamos capturas para colocación de collares, trabajábamos con las chacras vecinas e investigábamos en el terreno la compleja interacción entre los grandes felinos y los campos ganaderos.
Luego, en 2004, logré reingresar formalmente al cuerpo de guardaparques en la categoría de suboficial, donde me jubilé. Fui coordinador del Centro de Investigaciones Ecológicas Subtropicales (CIES) en Iguazú, dicté cursos y continué enfocado en el manejo de vegetación y control de exóticas.
AF: Su postura respecto al control de especies vegetales exóticas ha generado intensos debates internos en la Administración de Parques Nacionales. ¿Por qué sostiene una postura tan inflexible en este punto?
JH: En el tema de control de exóticas sostengo una fuerte y pública polémica interna. Rechazo categóricamente el uso de agroquímicos dentro de las Áreas Naturales Protegidas.
Lamentablemente, las instancias superiores autorizan estas prácticas y se siguen implementando. Es insólito y doloroso ver que se use glifosato dentro de un Parque Nacional, un químico repudiado a nivel mundial, cuando actualmente existen metodologías mecánicas y biológicas para el control de especies invasoras que no requieren contaminación, son más baratas a largo plazo y apropiadas para un área protegida.
Reconozco que soy bastante odiado internamente por esta postura. Es un conflicto muy fuerte; solo quienes tenemos muchos años en el cuerpo podemos dar esta batalla de frente.
Los guardaparques jóvenes, lamentablemente, callan porque temen perder el trabajo si se enfrentan a las estructuras técnicas y políticas.
En la actualidad, se encuentra personal técnico que aprueba, compra y fumiga con glifosato dentro de los Parques Nacionales. Es una contradicción insólita y destructiva.
Tres territorios, tres aprendizajes humanos
AF: Su carrera se desplegó en tres escenarios geográficos y ecológicos radicalmente opuestos: la selva paranaense (Iguazú), el bosque andino patagónico (Lanín) y el desierto árido (Sierras de las Quijadas) en San Luis. ¿Qué le aportó cada uno de estos territorios en lo profesional y en lo humano?
JH: El Parque Nacional Iguazú te aporta un volumen de conocimiento biológico inconmensurable por su biodiversidad. Es una escuela diaria: la selva te sorprende casi todos los días con algo nuevo, te mantiene el entusiasmo muy arriba, te apasiona.
El Parque Nacional Lanín, donde fui jefe de la Zona Norte, me aportó sobre todo en el plano del trato humano. Allí aprendí a ser jefe, a coordinar un grupo de subalternos desde un lugar horizontal.
Sostengo firmemente que los guardaparques no somos una fuerza armada ni un cuerpo de seguridad; somos un equipo de amigos cuidando la naturaleza. Muchos compañeros, cuando llegan a cargos jerárquicos, trasladan las presiones que reciben desde el directorio directamente hacia abajo. Yo hacía la inversa: cuando recibía presiones de arriba, las devolvía hacia arriba y protegía a mi equipo, siempre y cuando estuvieran haciendo bien su trabajo en el terreno.
Para eso hay que saber cómo se hace el trabajo. No me ajusto a la obediencia debida; si el equipo responde, defiendo el territorio. Eso me costó sanciones y discusiones, pero construí un grupo excelente.
Finalmente, el Parque Nacional Sierras de las Quijadas me regaló mucha paz y una satisfacción inmensa para el cierre de mi carrera. Fue el grupo humano más completo y parejo con el que trabajé; todos sabían hacer de todo con una conciencia admirable. Fue un espacio donde compartimos tanto afecto y amistad que el esfuerzo diario no pesaba; la tarea se cumplía rigurosamente, pero se vivía casi como una actividad recreativa entre amigos.

Gestión del uso público y la alarmante pérdida de rol técnico
AF: Usted trabajó en el Área de Uso Público de la Isla San Martín, en el corazón de las Cataratas del Iguazú, y fue testigo de la privatización y el rediseño de las pasarelas y el tren ecológico en los años 90. ¿Cómo analiza la convivencia entre el turismo masivo y la conservación?
JH: En las áreas de uso público todo se puede hacer, pero el secreto está en el cómo y en quiénes controlan los procesos. En las ANP se superponen intereses complejos.
El problema crónico en la Argentina es que el turismo y la conservación van por carriles separados: en lugar de colaborar, se enfrentan.
El cuidado ambiental es visto por los desarrolladores turísticos como un freno o una luz roja que obstaculiza los negocios, y viceversa. Considero que con criterio técnico y control estricto se pueden lograr complementariedades.
Es un orgullo haber trabajado en las obras del Parque Nacional Iguazú cuando se diseñaron las pasarelas nuevas y el tren, participando de la primera licitación de servicios turísticos. Aunque debo decir que no estuve de acuerdo con cómo resultó el modelo de explotación final.
Para gestionar esto, se necesitan perfiles con una alta sensibilidad ambiental y conocimiento del terreno.
En Iguazú hay sitios que son hot spots (puntos calientes de biodiversidad) que deben ser custodiados celosamente del turismo porque el uso público los altera de forma irreversible. El trazado de una pasarela, la instalación de un obrador o una perforación de agua requieren un conocimiento fino de la flora y fauna local. Eso lo sabe el guardaparque que camina el monte, no los empresarios ni los técnicos de oficinas urbanas.
AF: Sin embargo, usted advierte que la figura del guardaparque ha experimentado un retroceso institucional en los últimos años en materia de divulgación e investigación. ¿Por qué ocurre esto?
JH: Lamentablemente, hoy el guardaparque tiene cada vez menos protagonismo técnico y científico. Ha quedado reducido a una figura de control y guardia administrativa, lo que reglamentariamente llaman «Policía Administrativa», un título que me parece terrible para definir nuestra vocación.
Cuando ingresé, el guardaparque era un para-biólogo indispensable en el diseño de los planes de manejo.
Hoy la estructura se ha burocratizado: existen delegaciones técnicas regionales con botánicos y biólogos que atienden varios parques a la vez y se toman decisiones desde una oficina, y los intendentes de los parques se subordinan a lo que dictaminan esas delegaciones.
Desde el punto de vista burocrático puede parecer prolijo, pero en el territorio es desastroso. Quienes forman esas delegaciones técnicas suelen priorizar el perfil técnico-político; no quieren desagradar a los superiores, y eso va siempre en desmedro de la conservación real.
Salvo que un guardaparque tenga un interés particular muy fuerte y actúe como voluntario en sus horas libres, la institución ya no promueve ese perfil integral.
El legado: «Pensar primero por qué fue creada el área protegida»
AF: Tras casi cuatro décadas en el territorio, ¿cuál considera que es la principal amenaza que enfrentan hoy las Áreas Naturales Protegidas en nuestro país?
JH: La mayor amenaza sobre las Áreas Naturales Protegidas en Argentina es una sola, y no tengo ninguna duda al respecto: el profundo desconocimiento político sobre su importancia.
Existe una visión empresarial y mercantilista de la dirigencia política actual sobre la naturaleza en general y sobre las ANP en particular. Lo grave es que este error crónico ya ha sido incorporado por los propios funcionarios del directorio de la institución, e incluso por guardaparques y empleados jóvenes que entran a la gestión pensando únicamente en el uso turístico o recreativo que se le puede dar a un área. Eso es conceptualmente lo opuesto a nuestra misión.
Primero hay que pensar para qué fue creada el área protegida; se debe poner sobre la mesa el potencial de conservación biológica que determinó su nacimiento.
El objetivo central e imprescindible es cumplir con esa meta de conservación. Todo lo demás —el turismo, la recreación— es bienvenido si se puede hacer, pero es secundario. Tenemos parques nacionales que carecen de atractivo paisajístico o turístico, y eso está bien; no hay que ponerse a inventar atracciones artificiales. Intentan forzar excursiones dejando en segundo plano la preservación del ecosistema. Ese es el verdadero peligro actual.
El mandato del relevo: «A las nuevas generaciones les pido pensamiento crítico. No se limiten a cumplir la tarea asignada como si esto fuera una oficina urbana. El guardaparque debe detectar el problema en el monte, proponer la solución y ejecutarla.» – Justo Herrero
AF: Justo, usted cierra una etapa de vida en la institución. Al mirar a los guardaparques que recién ingresan, equipados con tecnicaturas pero quizás con menos experiencia de terreno, ¿qué cualidades humanas considera indispensables y qué le gustaría que quede de su paso por Parques Nacionales?
JH: Hoy en día la institución exige el título de la tecnicatura de Guardaparques Nacionales para ingresar; Parques ya no dicta aquellos cursos de formación integrales porque se supone que los jóvenes vienen con la base académica. Pero esta es una profesión muy particular: el verdadero conocimiento se adquiere y se demuestra en el terreno.
Para manejar un área protegida es imprescindible un conocimiento avanzado de la flora y la fauna locales; cualquier decisión de infraestructura debe medir el impacto sobre ellas.
A quienes me conocieron, por cursos, talleres o trabajo, espero haberles transmitido el entusiasmo y, por sobre todo, una capacidad de pensamiento crítico. Que no dependan ciegamente de las explicaciones verticales que les bajan de las oficinas.
El guardaparque debe obrar de acuerdo a lo que ve en el terreno que el área protegida necesita. Si se limitan a cumplir estrictamente la rutina asignada, esta profesión se transforma en una oficina urbana más. Nada impide que un agente se capacite por su cuenta, crezca y plantee propuestas de conservación de forma independiente.
Somos personas comunes, pero con una enorme responsabilidad, vocación de servicio y solidaridad. El trabajo del guardaparque no tiene un beneficio monetario ni material inmediato; se hace para la sociedad, para la humanidad y para las generaciones futuras.
El temperamento ideal exige ser sociable y comunicativo, estar dispuesto a explicarle al ciudadano común cuál es el valor vital de mantener un bosque en pie o un desierto intacto.
Me jubilé del cargo, es cierto, pero la vocación de custodio no se vence con un trámite administrativo. Sigo activo, como el primer día, mirando el monte.






