Crisis climática | Más de 240 millones de estudiantes perdieron clases en 2024 debido a fenómenos extremos, según informe de UNICEF

Un informe de UNICEF revela que olas de calor, inundaciones y sequías interrumpieron la educación en 85 países. Ante este escenario, la UNESCO y diversas organizaciones globales impulsan la «alfabetización ambiental» y escuelas resilientes para garantizar la continuidad del aprendizaje.

 

Fuente: PNUMA-ONU

NUEVA YORK (30/1/2026). — El derecho a la educación enfrenta un enemigo creciente: la inestabilidad climática. Según un análisis reciente de UNICEF, al menos 242 millones de estudiantes en todo el mundo vieron sus aulas cerradas o sus ciclos lectivos interrumpidos durante el último año.

Fenómenos meteorológicos cada vez más frecuentes e intensos están socavando no solo la salud de los ecosistemas, sino también el futuro académico de las nuevas generaciones.

Expertos coinciden en que enfrentar este desafío requiere transformar las escuelas en «fortalezas resilientes». Un ejemplo emblemático es el Cool Roof Project en la India, impulsado por Supriya Sahu (Campeona de la Tierra del PNUMA), que utiliza soluciones basadas en la naturaleza y techos reflectantes para reducir la temperatura interior de las escuelas, permitiendo que las clases continúen incluso bajo olas de calor extremo.

La educación es un derecho humano, un bien público y una responsabilidad colectiva

La educación como motor de la Agenda 2030

La UNESCO ha puesto el foco en el papel de las aulas para construir un futuro sostenible. Actualmente, la degradación de tierras afecta a 3.200 millones de personas y la pérdida de polinizadores pone en riesgo 577.000 millones de dólares en producción agrícola anual.

Ante esto, la educación ambiental se presenta en cuatro formas disruptivas:

1. Inversión en «Generación Restauración»
La alfabetización ambiental desde la infancia es crucial. Iniciativas como #GenerationRestoration Schools permiten que niños y niñas aprendan mediante proyectos prácticos de restauración de ecosistemas.

En República Dominicana, por ejemplo, los estudiantes ya aplican técnicas de reciclaje de plásticos para la creación de viveros escolares, vinculando la teoría con la acción climática directa.

2. Habilidades para la vida fuera del aula
La educación no formal, como talleres y programas comunitarios, está empoderando a la juventud. El Tide Turners Plastic Challenge, en alianza con el Movimiento Scout Mundial, ha movilizado a más de 800.000 jóvenes en la lucha contra la contaminación por plásticos, demostrando que el liderazgo ambiental nace en la comunidad.

3. Universidades: laboratorios vivos de biodiversidad
Más de 700 instituciones de educación superior en 100 países forman parte de la red Nature Positive Universities. Estas instituciones están transformando sus campus mediante la restauración de hábitats y el monitoreo de biodiversidad, convirtiendo la investigación académica en soluciones tangibles para revertir la pérdida de naturaleza.

4. Jóvenes periodistas y agentes de cambio
El programa Young Reporters for the Environment (YRE) lleva tres décadas formando líderes. A través del periodismo y la narrativa digital, los estudiantes documentan desafíos locales y proponen soluciones, comunicando la urgencia climática a audiencias globales y convirtiéndose en defensores activos del entorno.

El impacto económico y social es profundo: alrededor del 40% de la población mundial ya se ve afectada directamente por la degradación ambiental. La educación no es solo una víctima de la crisis, sino la herramienta más poderosa para alcanzar la estabilidad de las economías y el bienestar de las comunidades hacia el 2030.

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