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El Niño 2026-2027 | Desde la NASA registran mayor intensidad del calentamiento del océano Pacífico, con anomalias de hasta 1,7 °C y desniveles de 40 cm 

La agencia espacial estadounidense sigue la evolución del fenómeno a través de satélites que registran el calentamiento del océano Pacífico. La NOAA estima una intensidad histórica entre octubre y diciembre de 2026, con posibles efectos en el clima nacional. Se advierte que podría ser el episodio más intenso desde 1950.

 

Fuente: NASA y NOAA

 

BUENOS AIRES (20/10/2026).- El Niño es un fenómeno climático natural que suele repetirse cada dos a siete años y se define por temperaturas del agua superiores a lo habitual en sectores del Pacífico ecuatorial. Sus efectos alcanzan a los vientos alisios, la distribución del calor oceánico, los patrones de lluvia y el nivel del mar en varias zonas del Pacífico.

Según la agencia espacial, una de las primeras señales apareció en enero de 2026, cuando los satélites detectaron cerca de Micronesia, en el Pacífico occidental, una masa de agua cálida conocida como onda Kelvin. Se trata de pulsos de agua de desplazamiento lento que recorren miles de kilómetros y trasladan calor de oeste a este, como si fueran “autopistas” bajo el agua. Ese calor eleva la temperatura del aire que está encima, lo que puede debilitar e incluso invertir los vientos alisios, que normalmente soplan desde América hacia Asia. Así, el nivel del mar sube más en el Pacífico oriental y las aguas se calientan aún más, en una reacción en cadena que marca el inicio de El Niño. “Las ondas Kelvin son como el latido del corazón de El Niño”, explicó Josh Willis, científico del proyecto de misiones de medición del nivel del mar del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA.

A comienzos de abril, esas ondas ya habían llegado al Pacífico oriental y la temperatura superficial había empezado a subir. El agua cálida elevó la altura del mar entre 30 y 40 centímetros en algunas áreas, y el mapa satelital muestra cómo esas aguas por encima del nivel normal se desplazaron hacia Sudamérica y luego a lo largo de la costa hasta California.

En cambio, Indonesia y el norte de Australia presentaban niveles entre 15 y 20 centímetros por debajo de lo habitual. La altimetría satelital permite medir con precisión la altura del océano desde 1993, y hoy la serie de datos continúa con los satélites Sentinel-6, que complementan los sensores y boyas de la NOAA.

La temperatura también es uno de los indicadores más reconocidos. Según Willis, el Pacífico oriental ya registra cerca de 1,7 °C por encima de su promedio de largo plazo, y en los próximos meses podría subir una fracción adicional. Durante 2026, radiómetros de microondas e infrarrojos cartografiaron la franja de agua más cálida de lo normal mientras se expandía en primavera: una zona de millones de kilómetros cuadrados que va desde el centro del Pacífico hasta la costa sudamericana.

El tercer indicador es el color del mar. En los últimos meses, las aguas del Pacífico ecuatorial se vieron más azules, algo vinculado al fitoplancton, las microscópicas plantas marinas que sostienen la base de la cadena alimentaria. Este organismo prospera en aguas frías y con nutrientes, pero el debilitamiento de los alisios reduce el afloramiento de aguas profundas ricas en nutrientes, por lo que disminuye su abundancia y los efectos pueden extenderse por la red trófica, obligando a otras especies a buscar nuevas zonas de alimentación.

Los satélites de la Administración Nacional Aeronáutica y del Espacio (NASA) detectaron alteraciones profundas en las aguas del Océano Pacífico ecuatorial, donde se registra un incremento térmico de 1,7 °C por encima del promedio de largo plazo y un desnivel en la altura del mar que alcanza hasta 40 centímetros.

La NASA difundió el 15 de octubre nuevas visualizaciones que comparan los datos de 2025 y 2026. Las imágenes, obtenidas mediante misiones como Sentinel-6 y PACE, permiten observar la evolución del océano mucho antes de que todos sus efectos se manifiesten en tierra firme.

A partir de estos indicadores, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estimó en un 83% la probabilidad de que esté en curso el episodio de El Niño más intenso documentado desde 1950.

El seguimiento satelital —que evalúa la altura del mar, la energía térmica de la superficie marítima y la variación del color oceánico— muestra cómo el calentamiento se expande a lo largo de millones de kilómetros cuadrados, desde el centro del Pacífico hasta las costas de Sudamérica.

Una de las primeras pistas apareció en enero cerca de Micronesia, en el Pacífico occidental. Allí, los instrumentos detectaron una onda Kelvin: una acumulación de agua cálida que se desplaza de oeste a este a lo largo de miles de kilómetros y transporta calor hacia las costas sudamericanas.

Cuando ese desplazamiento modifica las presiones atmosféricas puede debilitar los vientos alisios, que normalmente empujan las aguas superficiales hacia Asia. Ese cambio favorece la expansión del agua cálida hacia el Pacífico oriental y refuerza las condiciones características del Niño.

Según la NASA, las ondas habían llegado al sector oriental del océano a comienzos de abril. En determinadas áreas, la expansión térmica elevó el nivel de la superficie del mar entre 30 y 40 centímetros respecto de sus valores habituales. Al mismo tiempo, sectores próximos a Indonesia y el norte de Australia mostraron niveles entre 15 y 20 centímetros inferiores a lo normal. Son variaciones regionales, no un aumento uniforme del nivel global de los océanos.

Por qué los científicos siguen de cerca su evolución

El seguimiento satelital permite reunir señales complementarias: el nivel del mar, la temperatura superficial y la concentración de organismos microscópicos. En conjunto, esos datos ayudan a evaluar la evolución de El Niño y sus posibles consecuencias.

La NASA mantiene estas observaciones con una flota de satélites, mientras que las mediciones se complementan con boyas e instrumentos oceánicos de otros organismos científicos.

Aunque todavía es necesario observar cómo evoluciona el episodio, la combinación de indicadores mantiene la atención de los especialistas. La intensidad que alcance el fenómeno será determinante para estimar sus efectos sobre las lluvias, las temperaturas y las actividades productivas en distintas partes del mundo.

 

Indicadores oceánicos: expansión térmica y desplazamiento del fitoplancton

Las mediciones satelitales llevadas a cabo durante 2026 mediante radiómetros de microondas e infrarrojos evidencian que las temperaturas del Pacífico oriental rozan un incremento de 1,7 °C (3 °F), con proyecciones de aumentos adicionales en los próximos meses.

El científico de la NASA Josh Willis destacó que el aire sobre la franja de agua cálida transporta calor y humedad hacia la atmósfera, alterando la formación de tormentas y modificando los patrones de lluvia a escala planetaria.

La temperatura también es uno de los indicadores más reconocidos. Según Willis, el Pacífico oriental ya registra cerca de 1,7 °C por encima de su promedio de largo plazo, y en los próximos meses podría subir una fracción adicional. Durante 2026, radiómetros de microondas e infrarrojos cartografiaron la franja de agua más cálida de lo normal mientras se expandía en primavera: una zona de millones de kilómetros cuadrados que va desde el centro del Pacífico hasta la costa sudamericana.

Los satélites utilizan instrumentos capaces de medir la energía térmica de la superficie oceánica incluso cuando hay nubes. Así pueden seguir la expansión de las aguas más cálidas y detectar cambios que, con el tiempo, influyen en la atmósfera.

El impacto potencial va mucho más allá del océano. El agua caliente transfiere calor y humedad al aire, modifica la formación de tormentas y altera los patrones de lluvia. Por eso, sus consecuencias pueden sentirse en regiones muy alejadas del Pacífico, con efectos sobre la agricultura, los ecosistemas y las comunidades costeras.

A este fenómeno se suma la variación en el color del océano, monitoreada por el satélite PACE (Plankton, Aerosol, Cloud, ocean Ecosystem) desde el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA. «Algunas personas piensan que el agua es simplemente azul, pero es asombroso la multitud de colores que puede tener el océano», explicó Matthew Kehrli, investigador del equipo de PACE.

Cerca del ecuador, las concentraciones habituales de fitoplancton —plantas microscópicas esenciales en la base de la cadena alimentaria marina que otorgan tonos verdosos al agua— han ido desapareciendo para dar paso a aguas más azules, reflejando el impacto directo del aumento térmico sobre los ecosistemas marinos.

 

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