Un proyecto de agricultura regenerativa impulsado por el INTA permitió calcular por primera vez la huella de carbono de sistemas productivos de 66 productores de 17 cooperativas. La experiencia alcanza a 59 productores de yerba mate y siete de mandioca, cuyas parcelas representan 318 hectáreas. Investigación, extensión y trabajo con las organizaciones se articulan para generar información local y avanzar hacia una producción más eficiente y sostenible ambientalmente.

Fuente: INTA Misiones
MISIONES (1/10/2026).- La innovación en el agro no pasa solamente por incorporar nuevas tecnologías. También implica generar información que permita conocer con mayor precisión qué ocurre en cada sistema productivo para tomar mejores decisiones. En Misiones, un proyecto de agricultura regenerativa impulsado por el INTA, en convenio con la Fundación Banco Credicoop y con financiamiento del BID, está llevando esa posibilidad directamente a las chacras.
En esta primera etapa ya se midió la huella de carbono de 66 productores —59 de yerba mate y siete de mandioca— pertenecientes a 17 cooperativas. En conjunto, las parcelas representan 318 hectáreas. Además, 44 productores ya recibieron sus resultados y el proceso de devolución continuará con los restantes.
“Para realizar esta primera medición de huella de carbono se hizo un diagnóstico y un inventario de las prácticas que implementa cada productor”, explica Laura Barbieri, extensionista de INTA Oberá y coordinadora del proyecto en Misiones.
Con esa información se calcula la huella y se identifican los principales factores de emisión. Cada productor recibe sus resultados y recomendaciones para reducirla, junto con un plan de manejo consensuado.

Investigación y extensión directamente en las chacras
Uno de los aspectos destacados de la experiencia es la articulación entre investigación, extensión en territorio, cooperativas y productores. De esta manera, una metodología de evaluación ambiental puede aplicarse sobre sistemas productivos reales y convertirse en información concreta para orientar decisiones.
Emiliano Lysiak, investigador de INTA Cerro Azul y uno de los responsables de aplicar la metodología y procesar los datos, explica que primero fue necesario definir el alcance de la medición.
“En este caso se tomó desde la plantación ya establecida hasta el transporte de la hoja verde al secadero. Se tomó la campaña 2023-24 con las particularidades de esa campaña”, señala.
El trabajo comienza con un inventario de insumos, fertilizantes, combustibles, rendimientos y transporte. Luego, los datos son procesados para calcular las emisiones y relacionarlas con la producción obtenida.
“Tenemos cuántos kilos de dióxido de carbono equivalente emite producir un kilo de hoja verde para cada productor”, sintetiza Lysiak.
Los resultados muestran diferencias importantes entre los sistemas relevados. Los rendimientos van desde 2.000 hasta 18.000 kilos de hoja verde por hectárea, mientras que también existen fuertes contrastes en los niveles de fertilización y reposición de nutrientes.

Medir para producir mejor
El análisis de los 59 productores yerbateros comienza a mostrar una relación entre productividad y emisiones. “Generalmente los productores que tienen un alto nivel de rendimiento tienden a tener menores huellas de carbono”, explica Lysiak.
La explicación está vinculada con la forma en que se distribuyen las emisiones generadas por insumos, combustibles y otras actividades sobre la cantidad de producto obtenido.
Sin embargo, esto no significa simplemente aumentar el uso de insumos. Los fertilizantes, especialmente los nitrogenados, y los combustibles se encuentran entre los factores que más inciden en las emisiones. Por eso, el desafío es encontrar un equilibrio entre reposición de nutrientes, productividad y reducción de la huella.
En este punto, la medición adquiere valor cuando puede transformarse en cambios concretos en las prácticas productivas. “Las recomendaciones que más se están dando hasta el momento son ajustar los planes de fertilización, de reposición de nutrientes para obtener buenos rendimientos”, explica Barbieri.
También se trabaja en reducir las labores con maquinaria y hacer más eficiente el transporte hacia los secaderos.
Esta primera evaluación constituye una línea de base y todavía no contabiliza la captura de carbono. Ese componente será incorporado en una segunda medición hacia el final del proyecto. “Queremos luego medir la captura de carbono por arborización o aumento de materia orgánica”, señala Lysiak.
En ese camino, el proyecto promueve la arborización de los lotes, las cubiertas verdes, el manejo de la cobertura natural y la utilización de abonos orgánicos. “Con estas prácticas buscamos mejorar la fertilidad biológica, química y física del suelo”, destaca Barbieri.
La comparación entre ambas mediciones permitirá conocer cuánto pudieron modificarse los indicadores a partir de las recomendaciones.
Para el INTA, la experiencia permite generar información en condiciones reales de producción y acompañar a productores y cooperativas en la incorporación de mejoras. La articulación entre investigación y extensión busca así combinar productividad, protección del medioambiente y sistemas productivos más sostenibles, a partir de datos generados en las propias chacras misioneras.



