La comunidad ambiental y científica del país despidió con pesar a Mauricio Rumboll, uno de los más grandes conservacionistas y naturalistas argentinos

“Se fue un legendario e imprescindible defensor de la naturaleza”, repetían este martes quienes despedían al investigador, docente y conservacionista. Entre sus innumerables logros se destaca el haber “descubierto” en 1974 junto a Eduardo Shaw al Macá Tobiano. La búsqueda de evitar su extinción ha transformado a esta especie “Críticamente Amenazada” en símbolo de conservación en la Patagonia Argentina. Rumboll falleció este martes 16 de febrero a los 81 años, en Córdoba, donde residía en la actualidad con su esposa e hijos.

 

ARGENTINA (16/2/2021).- Desde el naturalista Claudio Bertonatti, investigadores de la Fundación Vida Silvestre Argentina, de Aves Argentinas, desde la Administración de Parques Nacionales, la Fundación Azara, o profesionales de Guardaparques en Lucha (GEL), entre otras tantas organizaciones ambientales y científicas del país, hasta cientos de personas que conocieron a Mauricio Rumboll, lo despidieron con profundo pesar, gratitud y reconocimiento por su legado. A través de las redes sociales lo recordaban como un gran “Maestro”. Influyente sobre varias generaciones de guardaparques nacionales. “Tu huella indeleble quedó y quedará en nuestros corazones, tu pasión por la conservación, la educación e interpretación de la naturaleza caló hondo en muchas de las generaciones de Guardaparques”, expresaron.

“En el año 1974, en una expedición para comprender la migración de los cauquenes en nuestro territorio, se realizó un encierro para el anillado de ejemplares y Mauricio junto a su equipo conformado por jóvenes investigadores, se toparon con un ave desconocida que posteriormente describiría y nombraría como “Podiceps gallardoi” vulgarmente conocida como Maca Tobiano endémica de la patagonia Argentina y un emblema de la conservación de la fauna silvestre en la actualidad”, destacaron en todos los escritos sobre el naturalista.

Posteriormente formaría a toda una generación de guardaparques siendo el Director del Centro de Instrucción de Guardaparques Bernabé Mendes, en Isla Victoria, Provincia de Río Negro,  desde donde dejaría una profunda influencia en las sucesivas promociones.

De perfil bajo, de mucha experiencia, conocimiento y sabiduría por ser un estudioso de campo, y educador, una persona que se ganó el respeto de todos los naturalistas que lo conocieron y que hoy honran su legado.

Fue autor de más de 20 artículos científicos y unos 6 libros durante sus años de trabajos en Parques Nacionales y en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia donde ocupó un cargo que lo describió “Naturalista Viajero”, pero su gran pasión lo hacía salir de la comodidad de su querida institución y recorrer la Argentina hasta los lugares más lejanos, más precisamente hasta la Antártida la cual visitaría infinidad de veces.

Algunas de sus obras:

-Birds of southern South America and Antartica. De la Peña, Rumboll. Ed. Collins Illustrates Checklist, 1998.

-Catálogo de los vertebrados de la Pcia. de Misiones. Juan Carlos Chebez y Mauricio Rumboll.

-Los Parques Nacionales de la Argentina y sus otras áreas protegidas, Francisco Erize, Marcelo Canevari, Pablo Canevari, Gustavo Costa y Mauricio Rumboll.

-Las cuatro estaciones de la Patagonia Ed. Lariviere.

-Guía de huellas, rastros y señales de los mamíferos de los Parques Nacionales. Editorial APN.

Audio de la entrevista en Los Que se Van – Mauricio Rumboll

“La Fundación Vida Silvestre Argentina y Aves Argentinas despiden a Mauricio Rumboll, con profundo dolor. Nos toca hoy decir adiós a uno de los más emblemáticos representantes del naturalismo argentino. Pocas figuras han tenido tanta influencia en la conservación de nuestra naturaleza como Mauricio y su persona encarna quizás la más acabada y completa caracterización del naturalista. Su estilo reservado y respetuoso, pero también obsesivo y tenaz, influyeron profundamente en varias generaciones”, expresaron a través de una semblanza publicada en redes sociales.

A continuación, el texto de despedida y reconocimiento desde las ONGs :

Apasionado y filoso observador y “escuchador”, Mauricio interpretaba como pocos el entorno natural, lo que lo llevó a ejercer su vocación docente en todos los ámbitos en los que se desempeñó.

Fue Naturalista Viajero del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN), un verdadero émulo de G. Hudson, por sus orígenes y andanzas, y director del Centro de Instrucción de Guardaparques “Bernabé Méndez”.

Parques Nacionales fue una de sus casas preferidas y los guardaparques sus “hijos pródigos”. Muchas promociones conservan la impronta de sus enseñanzas y mantienen viva la esencia del naturalista y servidor multipropósito de la causa de la naturaleza.

Más allá de sus cualidades como intérprete integral de la naturaleza, Mauricio fue un agudo ornitólogo y asombroso identificador de sonidos naturales. Transmitía con precisión, simpleza y pasión todo lo que ocurría a su alrededor, tanto en la selva como en las sierras o la estepa.

Vivió en la Patagonia y también en el Parque Nacional Iguazú, donde en la década de 1980 impulsó la construcción de un observatorio de aves que lo tenía como asiduo ocupante. En las últimas décadas se radicó en Los Cocos, en la provincia de Córdoba, donde vivió junto a Diana su esposa y sus tres hijos, Patricia, Nico y Andrew.

Otros “hijos adoptivos” fueron atraídos a la conservación por este impulsor de causas nobles.

En la Patagonia, en oportunidad de un relevamiento sobre cauquenes encomendado por el Museo, Mauricio descubre en el año 1974 a una de las especies más emblemáticas de la Argentina: el Macá Tobiano, que pronto se transformaría en una bandera de la conservación.

Era pastor anglicano y tenía un discurso profundo en lo humano y sentido en lo natural. Su oratoria, tono de voz, sencillez en las explicaciones y conocimientos tan vastos, lo convertían en un inmejorable comunicador en charlas, clases y salidas, incluso en videos.

Si bien no publicaba mucho, los libros en los que participó son referencia habitual para los naturalistas, entre ellos: Los Parques Nacionales de la Argentina y otras de sus áreas protegidas, en coautoría con Francisco Erize, Marcelo Canevari, Pablo Canevari y Gustavo Costa; Birds of southern South America and Antartica junto a Martín De la Peña y Aves de Sudamérica, junto a Jorge Rodríguez Mata y Francisco Erize.

También Las cuatro estaciones de la Patagonia y la práctica Guía de huellas, rastros y señales de los mamíferos de los Parques Nacionales.

Siendo bilingüe, eran habituales sus colaboraciones en traducción al inglés de libros de naturaleza.

Fue parte del Consejo de Administración de Fundación Vida Silvestre Argentina e integrante del Consejo Científico de Aves Argentinas, entidad a la que se asoció en 1964.

La interminable lista de anécdotas de Mauricio en los más remotos rincones de nuestro país, podrían engrosar las hojas de numerosos libros y sin dudas fueron relatadas en innumerables fogones en decenas de campamentos naturalistas.

Un grande con todas las letras, un ser inmenso por su humildad, generosidad y humanidad. Su luz y su huella han sido tan fuertes que sin duda seguirá alumbrando destinos conservacionistas en las generaciones actuales y venideras.

Despedida de Claudio Bertonatti

Mauricio Rumboll (1940-2021)

Era más fácil encontrarlo en medio de una serranía, un pastizal, un bosque o una selva que en una ciudad. Por eso manejaba los binoculares con más precisión que nadie. Prescindió del uso de computadoras y teléfonos. No las necesitaba, porque buscaba otra cosa: lo que le ofrecía la sencillez del campo, porque ese era su medio. Lo disfrutaba, lo sabía leer. Y tenía el don nato de enseñar lo aprendido naturalmente. Así, dentro y fuera del aula formó a muchos naturalistas, guardaparques, docentes, guías… No era extraño que los improntara con su estilo de mucho mirar y poco hablar. Podría mencionar al inolvidable y querido Andrés Johnson para ratificar esto.

Gran recorredor y “todo terreno”, descubrió especies no reportadas en distintas geografías e incluso, algunas que resultaron “nuevas para la ciencia”, como el famoso Macá tobiano.

El mundo académico le retribuyó bautizando a varias en su honor, el máximo para un naturalista.

Entre ellas, un anfibio de las yungas (Rhinella rumbolli) y dos invertebrados de las Malvinas: un caracol (Stephanoda rumbolli) y una araña (Falklandia rumbolli).

A fines del 2018 sus amigos le dedicamos un homenaje en una de las dos grandes instituciones de sus amores: la Administración de Parques Nacionales. Estaba radiante, feliz. Su otra institución afectiva era el glorioso Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” para el que durante muchos años sirvió con un cargo épico: “Naturalista Viajero” y donde también aprendió “puertas adentro”, entre las colecciones inmortales de sus predecesores y maestros.

Sus amigos le insistíamos en que escribiera más, pero no disfrutaba eso. Por eso ya no le insistíamos. Y cuando le tocaba hacerlo prefería usar papel que aprovechaba hasta en sus márgenes, para ser coherente con el cuidado ambiental. Así, igual, vieron la luz una veintena de artículos científicos y media docena de libros.

Mauricio tenía otra faceta menos conocida: la espiritual. Fue pastor de la Iglesia Anglicana. Era coherente: buscaba ayudar a la naturaleza humana también desde esa dimensión.

Al maestro y amigo lo vamos a extrañar, pero sentiremos su presencia cuando contemplemos los paisajes con los ojos de quien busca seguir aprendiendo de la vida.

Claudio Bertonatti

Fundación Azara

Quilmes, 16 de febrero de 2021

Despedida de Jorge Gónzalez: Monos de Calilegua

La selva no dejaba de sorprendernos. Aquella mañana nos habíamos levantado cuando el sol comenzaba a colarse en una faja de niebla que escondía las montañas. Un vaho caliente surgía de la floresta avivando poco a poco los tonos y levantando el fuerte olor de la tierra. Los pájaros chillaban por todos los rincones.

Cuando comenzamos a caminar hacia Mesada de las Colmenas, el agua corriendo en la vegetación, golpeaba en las piedras tanto como nuestras pupilas en el intento de adivinar cada recodo del sendero. Hacia lo alto, las copas de los arboles buscaban la luz y descolgaban todos los matices de verde que uno pueda imaginarse cargados de humedad. El cielo parecía un resplandor naranja.

Mauricio Rumboll se acariciaba la barba y relataba algunas anécdotas de Eric Shipton en el Hielo Continental. La selva latía. Uno lo siente aunque no lo vea. Uno la oye. El sol del mediodía caía a pique sobre los troncos secos y nuestras espaldas. La selva estaba a mi alrededor pero, aún así, yo necesitaba más pruebas. Era como la impronta que se me había grabado a través de los años de cultura por imágenes. Y si el desierto me resultaba inconcebible sin camellos, la selva era selva si había monos. Yo quería ver monos.

Mauricio interrumpió mis pensamientos o calmar mi ansiedad cuando me sugirió seguir caminando un poco más y dejar Mesada de las Colmenas. Ayudado por un bastón de palo, Mauricio tomó la delantera con una marcha pausada y atenta a cada detalle de la vegetación. En los claros, yo levantaba mi vista a las nubes buscando una brisa inexistente.

Muy lejos se levantaba el macizo del Chañi. Cargado de rollizos de madera, nos cruzó un camión hundiendo sus ruedas en los huellones de barro rojo. La tierra contrastaba de tal modo con el verde intenso del follaje que hasta los colores vivos de nuestra ropa parecían enflaquecer. Mauricio no dejaba de tomar entre sus manos una flor o una hoja y explicarme sobre su especie y virtudes conocidas.

No se le ocurre a uno en ese mundo, algo que haya que agregar o quitar en perfecta armonía, todo reina con equilibrio de tonos y de formas. La selva estaba allí y más allá de las pruebas que inconscientemente yo requería, daba muestras de su espesura.

Mauricio se detuvo y comenzó a emitir unos chillidos agudos hacia el interior de ese telón verde impenetrable. Levantó su cabeza y continuó con los gritos sin dejar de caminar de costado. Francamente yo no entendía lo que estaba pasando y era decididamente imposible que hubiera adivinado mis pensamientos. El no era un chimpancé. De pronto, se agachó sobre el costado del camino. Entre sus dedos se desmenuzaba algo de color amarillento. Cuando estuve a su lado me explicó: “Estos son los restos de lo que mordisquean los monos y lo dejan caer. A veces se ven grupos saltando en las copas altas y chillando”.

El corazón me golpeaba con fuerza. Sequé el sudor de mi frente y pensé en las frecuentes lluvias del verano. Mauricio tocó mi brazo con un gesto que denotaba atención. Volvió a emitir unos aullidos al vacío y yo seguí con la mirada el rumbo de sus gritos. No había más que lianas y follaje. No se oía más que nuestra respiración. Al momento, como una danza de sombras negras, comenzaron a saltar y gritar 20 ó 30 monos “caí” a una decena de metros en lo alto de los árboles. No podía creerlo. Los estaba viendo.

Mauricio siguió con los chillidos y señalaba con su bastón. Yo estaba petrificado. Los monos hacían un ruido infernal saltando de rama en rama con una agilidad sorprendente y dando la sensación de aparecer y desaparecer por arte de magia. Cruzaron por delante de nuestra vista y se internaron en la espesura llevándose el eco de sus aullidos. Ahora ya podía decir que había estado en la selva. Quise contárselo a Mauricio, pero se había marchado. Estaba en el medio del camino indicando complacido con su bastón un manojo de flores lilas. Todo el follaje volvió a quedar en silencio. Cuando Mauricio gritó “sigamos un poco más”, cargué mi mochila y apure el paso para alcanzarlo.

Trabajó en la Administración de Parques Nacionales como Director de la Escuela de Guardaparques en Isla Victoria y luego en el Parque Nacional Iguazú y participó en el diseño de Centros de Interpretación en varios Parques Nacionales. Ha sido asesor para varios documentales de la BBC filmados en la Argentina. Después de conocerlo en el Parque Nacional Calilegua en Jujuy, la circunstancia de que viniera a vivir a Los Cocos permitió una relación más frecuente y una amistad que se entristece por su pérdida y que alimentará un eterno recuerdo.

 

 

 

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