Inundaciones, impacto climático y responsabilidades

Alejandro D. Brown, Presidente Fundación ProYungas (*).

 

SALTA (Enero 2019).- Los molinos son instrumentos de gran tamaño que sirven para moler granos y que pueden ser movidos gracias a la acción del agua, entre otros factores. Ese tipo de molinos precisa que se oriente un curso de agua hacia ellos para hacerlos funcionar. Simbólicamente, se usa la figura de llevar agua al propio molino para representar una actitud mezquina, egoísta y poco transparente. Se aplica cuando algún integrante de un grupo, colectivo o sociedad, obra para conseguir beneficios personales o sectoriales”.

 

Sin duda la cuestión de las inundaciones recurrentes y problemas de infraestructura y productivos asociados, es cada vez más notorio y distintos puntos de vista se manifiestan atribuyendo distintas causalidades y por ende responsabilidades.

 

La primera cuestión es que los eventos de inundaciones en vastos territorios de nuestro país no son nuevos y no son eventos de las últimas décadas. De hecho, una importante parte de las áreas planas de nuestro país han estado sometidas a ciclos húmedos y secos y a inundaciones recurrentes en tiempos históricos e incluso geológicos.

 

Aimé Tschifelly en su histórico viaje a caballo a EEUU partiendo de Bs. As. en el año 1925 menciona que “A medida que me alejaba de Buenos Aires empeoraban los caminos. Lluvias constantes los habían reducido a barro blando y el avance era necesariamente lento. La carga se deslizaba constantemente, los únicos ruidos que quebraban la monotonía del chapaleo de los caballos en el barro era el chillido de una lechuza detenida en un poste y el silbido del viento entre los hilos del telégrafo”.

 

Como tampoco son nuevos en nuestros paisajes las extensiones de sistemas agrícolas y ganaderos en provincias como Santa Fe y Córdoba donde el mismo Tschifelly apunta “Desde Rosario seguí en dirección noroeste hacia la frontera de Bolivia, y a lo largo de trescientos o cuatrocientos kilómetros viajé a través de fértiles regiones ganaderas y agrícolas. No puedo imaginar nada menos interesante que la marcha continua por esos caminos rectos, bordeados por alambrados y postes de telégrafos decorados con los nidos de horneros, maravillosamente construidos”.

 

La misma Mesopotamia, hoy en el centro de las noticias por las copiosas lluvias y consecuentes inundaciones, es un paisaje que ha experimentado ciclos de inundaciones y sequias como lo refleja Alcides D´Orbigny, quien recorrió esas zonas en la década de 1830 y decía, “Por entonces, el riacho se reducía a un mero lecho de veinticinco a treinta metros de ancho; pero durante las crecientes se forma otro lecho que a veces alcanza a un octavo de legua (5km) de ancho, convirtiéndose en un curso de vadeo peligroso, sobre todo en una región en que no hay embarcaciones y debe confiarse la vida a un cuero de buey con los bordes levantados”.  Y también “Seguimos luego por la orilla de un gran pantano o estero, llamado en guaraní Y-pucú (aguas largas). Como teníamos que atravesarlo y no había el menor rastro de camino, los guías más experimentados se destacaron del grueso de la caravana para salir en descubierta del camino que se encontró después de una recorrida de una hora. Hay que ser nacido en la región para reconocer así rutas por donde hace años que nadie transita y están tapadas por juncos y otras plantas acuáticas”.

 

Ahora bien y centrándonos en la actualidad, investigadores del INTA (Bertram y Chiacchiera, 2013 referenciados por Greenpeace) mencionan que “se puede observar un incremento sostenido del componente freático de 17 cm por año, independientemente de los altibajos que presentan las precipitaciones, pasando de una napa cercana a los 11 m hace 40 años, a una que en la actualidad ronda los 2 m de promedio.

 

Esta tendencia sugiere que, en el corto plazo, las fluctuaciones del componente freático podrían estar más asociadas a las precipitaciones locales mientras que, en el largo plazo, el cambio de actividades (ganadería por agricultura, pasturas perennes y pastizales por cultivos anuales), rotaciones agrícolas prácticamente inexistentes, tecnología de insumos y procesos, etc. habrían generado un menor consumo hídrico sostenido en el tiempo y, en consecuencia, excedentes pluviales pasaron sistemáticamente a aumentar los niveles freáticos”.

 

Estos autores mencionan asimismo que “para aumentar estratégicamente el consumo de agua, existen herramientas que pueden ser efectivas en ciclos agrícolas, como también se podría pensar en la incorporación oportuna de una pastura en determinados ambientes. Siembras tempranas, haciendo coincidir las máximas coberturas y las máximas demandas; ciclos más largos; doble cultivo, de invierno y de verano, o doble de verano; inter-siembra; cultivos de cobertura; disminuir la implantación de soja en ambientes con limitaciones estrictas para su desarrollo; mejorar las pasturas en ambientes con elevado número de restricciones, eligiendo especies y/o cultivares que incrementen la producción; fertilizaciones estratégicas con el objetivo de generar mayores acumulaciones de biomasa y consumos de agua, etc.”.

 

 

Finalmente mencionan que “múltiples razones explican el actual uso de la tierra: la tenencia de la misma (actualmente en el departamento Marcos Juárez (en la Provincia de Córdoba donde realizaron la investigación) más del 50% de la superficie productiva es arrendada), el alto costo y la corta duración de los alquileres, la dificultad para la comercialización del trigo, el alto costo que representa la siembra del maíz, entre otras. Lo que es una realidad hoy en la región es la presencia de una napa freática cercana al metro de profundidad, siendo ésta una situación que, aparentemente, no tendría retorno, excepto que se comience a consumir más agua.

 

Adicionalmente, no se debería ver esto como un problema sino todo lo contrario, a partir de mejorar el manejo del agua mediante estrategias oportunistas de consumo, posibilitará tener una segunda oportunidad para consumir el agua de lluvia.

No obstante, parece imprescindible tener una mirada más amplia sobre el particular, comprendiendo que es un tema que debería abordarse interdisciplinariamente, sumando a sectores productivos, tecnológicos, políticos de diferentes instancias y sociales en general, con el objetivo de encontrar alternativas integrales para la reversión de lo que hoy es considerado un problema”.

 

Por otra parte es indudable que estamos viviendo períodos de mayores precipitaciones en la Argentina, lo que convierte a nuestro país “en una región altamente vulnerable a la ocurrencia de inundaciones; no sólo por tendencias progresivas a que en algunas regiones llueva cada vez más sino también, porque las precipitaciones tienden a darse en episodios de lluvia cada vez más intensas” tal como lo menciona Camillioni investigadora del CONICET en la Revista “Pulso Ambiental 2017” editada por FARN.

 

Ella misma continua con que “los cambios observados en Argentina a partir de la década del ‘60, particularmente en relación a las precipitaciones en el Centro-Oeste del país, trajeron como consecuencia el aumento de la productividad para el sector agrícola. Pero el efecto que puede tener el cambio climático puede ser considerado de manera dual. Por un lado, el corrimiento de la frontera agropecuaria está asociado a que la agricultura de secano pudo extenderse hacia el oeste como consecuencia, en gran medida, de que durante las últimas décadas ha llovido más; extendiendo asimismo la productividad del suelo. Ahora bien, cuando esa precipitación se da no solo como tendencia progresiva sino en episodios extremos de precipitación, pone en riesgo para esa misma región a que miles de hectáreas queden sumergidas debajo del agua y amenacen dicha producción”. También menciona que “el Centro-Este del país, si bien forma parte del sector más productivo, se convierte en el sector más vulnerable a inundaciones ya que allí se registra un incremento extremo de ocurrencia de precipitaciones”.

 

Sin duda la intensificación productiva y la expansión de la frontera agropecuaria en la Argentina es una realidad. “Desde los años noventa Argentina pasó de aproximadamente 20 millones de hectáreas cultivadas a unas 33 millones de hectáreas. El cultivo de soja representa el 55% de esta área sembrada y reemplazó las pasturas y pastizales. Un ejemplo de ello sucedió en la zona oeste pampeana, mientras que la ganadería se corrió hacia el norte del país. Lo que importa es el avance de la agricultura en zonas de riesgo hídrico, como en el centro de Córdoba, Santa Fe y Chaco donde se reemplazó pasturas” dice Taboada investigador del INTA en la misma revista del 2017.

 

El mismo autor menciona que “la siembra directa no es el problema, sino cómo cultivamos y cómo protegemos la calidad superficial de los suelos. Una siembra directa con adecuadas rotaciones de cultivos que cubran el suelo la mayor parte del año es beneficiosa para los suelos”. “Las consecuencias de las inundaciones dependen del tipo de suelo y grado de permeabilidad donde ocurren, ya sea por ascenso de agua de napas subterráneas como por grandes lluvias”.

 

Sin duda hay ejemplos extremos del efecto de precipitaciones, cambio de uso del suelo y geología tal como lo menciona Jobbacy del CONICET en Pulso Ambiental, 2017 al decir que “una manifestación muy sorprendente y rara de los ascensos de napa freática ha tenido lugar en el este de San Luis, en un paisaje cultivado en donde la combinación de un contexto geológico poco común y una pendiente mayor a la típica en la llanura se traduzcan en el surgimiento de nuevos ríos en sólo unas pocas décadas”.

 

“El avance agrícola en Argentina suscita fuertes opiniones y polémicas que atraviesan lo ambiental, lo social y lo económico. Cuando el agua es parte de estos conflictos surge una oportunidad nueva en la discusión: Los efectos asimétricos del cambio de uso de la tierra se hacen visibles. Aparecen ganadores y perdedores, tanto en el medio rural como en el urbano. El sitio en el que se genera el impacto no es necesariamente el mismo en el que se sufren sus consecuencias, pero la distancia entre ellos no es tan grande como para que se diluyan las responsabilidades. Surge así la necesidad de discutir el uso del territorio que queremos como sociedad sobre la base del incipiente camino de ordenamiento territorial que inicia Argentina en esta década”.

 

 

De la lectura de estos párrafos seleccionados a partir de la referencia del INTA mencionada por Greenpeace en su campaña destinada a atribuir directamente a las actividades humanas locales las causas de las inundaciones, y de otros tres autores seleccionados de una publicación reciente de FARN (Pulso Ambiental: Pasados por Agua, 2017) sobre justamente la problemática de las inundaciones, más las propias apreciaciones, se puede concluir que:

–Los eventos de precipitaciones copiosas no son nuevos, pero se ha visto incrementado en los últimos años en nuestro país, poniendo en riesgo poblaciones, producciones e infraestructura, circunstancias a las que debemos adaptarnos lo más rápidamente posible;

–Si bien el incremento de precipitaciones es una realidad para vastos territorios de nuestro país, no podemos atribuir a la Argentina (y dentro de ella a la deforestación) una cuota significativa en las causales del Cambio Climático asumiendo una contribución nacional menor al 1% de gases de efecto invernadero a escala global;

–En el mismo modelo productivo podemos encontrar, al menos parcialmente, la solución a los problemas de inundaciones, justamente intensificando las actividades productivas y asegurando un eficiente uso de la tierra durante todo el año, quizás entre otras cosas incrementando la superficie de plantaciones forestales asociadas a las prácticas agro-ganaderas;

–En este contexto hidrológico cobran un nuevo valor los bosques, con su capacidad de mitigar los excesos hídricos y regular los ascensos freáticos, no solo en las áreas que ocupan naturalmente, sino también en áreas vecinas sujetas a actividades agro-ganaderas;

–La base de la solución a la problemática planteada por las inundaciones está en planificar más adecuadamente el uso del suelo y del territorio, evitando las áreas de inundaciones periódicas para las actividades agrícolas priorizando las actividades ganaderas y mejorando aspectos que hacen al desarrollo de infraestructura, evitando la instalación urbana en áreas críticas y por supuesto protegiendo las áreas boscosas más relevantes en términos de protección hídrica (bordes de ríos, cabeceras de cuenca; áreas de recarga de acuíferos, etc.).

 

A medida que utilicemos más intensamente el territorio nacional, más situaciones complejas saldrán a la luz. Ellas deberán ser resueltas de diferentes maneras a partir de los recursos técnicos, físicos, intelectuales y fundamentalmente económicos que el país viene desarrollando (y aportando) a partir, justamente de estas actividades productivas que avanzan sobre el territorio.

 

En definitiva, la “solución” está, como siempre en la mirada integradora y la actitud abierta y honesta, donde todas las visiones tengan cabida y no se aprovechen las circunstancias “para llevar agua para el propio molino” de intereses sectoriales que poco contribuirán a superar los problemas de fondo que debemos afrontar.

 

 

Editorial de Fundación ProYungas, publicada el 20 de enero de 2019.

 

 

 

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