¿Cuál es el problema de fondo del uso de las semillas transgénicas? 

Por Javier Souza Casadinho (*).

No es nuevo el debate acerca de la utilización de semillas transgénicas en la Argentina, por el contrario, es un debate que se viene escuchando en los últimos 25 años, primero desde la creación de la Comisión Nacional de Biodiversidad (CONABIA) y desde la liberación para el cultivo de soja transgénica en segundo lugar.

 

Un elemento común que aparece en aquellas personas y entidades que promovieron -y aún hoy lo hacen- la liberación para el cultivo de las semillas OGM, fue ante promesas que luego no se cumplieron. Así escuchamos: los OGM “generan desarrollo a nivel local”, “generan derrame de riqueza” , “permiten acabar con el hambre en el mundo”, “generan empleo a nivel local “, “reducen la utilización de plaguicidas” y “evitan la deforestación“. Inclumplidas.

 

Estas son las promesas que hemos escuchado, y leído, por parte de aquellos que promueven la expansión de los OGM ligados a organizaciones de productores empresariales, funcionarios, investigadores, miembros de ministerios e instituciones oficiales y lobbistas que aparecen en medios de comunicación.

 

La expansión en el monocultivo de plantas transgénicas, dado que no reproduce las condiciones de existencia de los vegetales, esto es suelo sano y biodiversidad, es acompañado de un incremento de fertilizantes sintéticos y de plaguicidas altamente peligrosos como el glifosato, el 2, 4 D, la atrazina junto a clorpirifos e imidacloprid, todos ellos con impacto socioambiental, incluida la salud humana.

 

Las investigaciones, y las tareas de sensibilización y comunicación sobre uso y efecto de los plaguicidas en la salud que venimos realizando dentro de proyectos de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Red de Acción en Plaguicidas en la Provincia de Misiones, dan cuenta de una reducción en la biodiversidad cultivada en las unidades productivas, tanto en las empresariales como en las familiares, acompañadas por un incremento en el uso de plaguicidas.

 

En efecto, la ampliación en la superficie cultivada con árboles exóticos, fundamentalmente por empresas transnacionales, ha determinado un amplio uso de herbicidas e insecticidas como el glifosato y la sulfuramida, nombre comercial Mirex, producto que por su persistencia en el ambiente y toxicidad es candidato a incorporase en el convenio de Estocolmo.

 

Lamentablemente se ha naturalizado no solo la utilización de plaguicidas sino su efecto en la salud.

 

¿Qué podemos esperar si se amplía la superficie con OGM en Misiones?

Tal como ha ocurrido en otras regiones del país: más deforestación y pérdida de biodiversidad natural y cultivada, ampliación del monocultivo, mayor utilización de fertilizantes y plaguicidas y las consecuencias de estos procesos: acaparamiento de tierras por parte de inversores nacionales y extranjeros, mayor contaminación de los bienes naturales, pérdida de servicios ecosistémicos, intoxicaciones en seres humanos, pérdida de soberanía alimentaria   y mayor eliminación de gases de efecto invernadero responsable del Cambio Climático.

 

Este último punto merece toda nuestra atención cuando en la actualidad discutimos y analizamos propuestas de cómo cambiamos las estrategias, prácticas y tecnologías a fin de disminuir la producción de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y nos adaptamos críticamente al cambio y variabilidad climática; no parece nada oportuno fomentar el monocultivo de transgénicos no solo porque incrementa la producción de gases sino porque los sistemas menos diversos y demandantes de insumos son más vulnerables al cambio en la frecuencia de lluvias y en las temperaturas extremas.

 

También en nuestras visitas a unidades productivas ubicadas en diferentes zonas de la provincia de Misiones observamos la riqueza en diversidad biológica tanto en la natural como en las especies vegetales que cultivan productoras/as; diversidad en sistemas productivos, en actividades y componentes recreando agroecosistemas estables, sustentables, resilientes, viables desde el punto de vista económico, sistemas no dependientes de insumos externos, no contaminantes y capaces de lograr la consecución de la soberanía alimentaria.

 

No nos oponemos al cambio ni al progreso, siempre y cuando entendamos que indicadores tomamos para definir qué es el progreso y cómo se logra y a quiénes puede beneficiar. Si progreso es sólo expansión de la frontera agrícola con monocultivo, mayor uso de los insumos químicos, más producción en manos de monopolios, acaparamiento de tierras, migraciones y más contaminación, si nos oponemos. Por el contrario, si somos capaces de repensar y lograr juntos una justa distribución y tenencia de la tierra, si somos capaces de lograr producciones sustentables que verdaderamente demanden mano de obra familiar y afinquen a los colonos y sus familias, si somos capaces de acabar con los monopolios comerciales fomentando el comercio justo, lograremos un verdadero progreso con equidad y justicia social donde no solo el tener sea importante sino también el ser y el estar juntos y vivir en comunidad.

 

El fomento de la agroecología desde todos los ámbitos, incluso desde las políticas públicas, es el camino para contemplar las necesidades integrales de las familias productoras promoviendo además la sustentabilidad ambiental. En este proceso resulta fundamental el enriquecimiento, cultivo e intercambio de semillas criollas y nativas dejando de lado el cultivo de OGM altamente demandantes de insumos químicos y además contaminantes, por la transferencia de polen, de las semillas de maíz que atesoran las familias productoras.

 

(*) Coordinador Regional de la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas de América Latina. Docente e investigador Facultad de Agronomía UBA.

 

 

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