Kiribati, el país en el corazón del Pacífico sur que desaparecerá por los efectos extremos del calentamiento global

Será el primero, consecuencia del aumento del nivel del mar y agravamiento de catástrofes climáticas. “Puede suceder en cualquier momento si el calentamiento no se frena, está en serio riesgo el archipiélago”, advirtieron los científicos de la ONU. Pero el presidente actual de este país, Taneti Mamau,  se niega a enfrentar la realidad y continuar un plan de evacuación a las islas Fiji o planificar un acuerdo de refugio con Australia o Nueva Zelanda para un destino seguro para sus 100 mil habitantes.

Fuente: El Español

 

ESPAÑA (7/1/2019).-El periodista Paolo Fava publicó en el diario El Español u informe que refleja el riesgo que amenaza la isla en el corazón del Pacífico Sur, la primera en desaparecer por los efectos del calentamiento global: inundaciones, sequías, sobreexplotación, huracanes. La “profecía” de hace 10 años atrás de los expertos del clima terminará por impactar con la realidad.

El nombre de la República de Kiribati suele escucharse en las noticias una vez al año: en la mañana del 31 de diciembre, cuando la televisión anuncia que ese remoto territorio en el corazón del Pacífico es el primero en recibir al año nuevo. Al lindar la línea horaria internacional que marca el cambio de día, una de sus islas, la de Navidad, es efectivamente el primer lugar habitado en pasar la página del calendario.

Pero, pronto, la llegada del 1 de enero tendrá que esperar a la medianoche en Samoa. Y más adelante, quizás, hasta Tonga, a medida que los archipiélagos van desapareciendo bajo la crecida del nivel del mar y los estragos derivados del calentamiento global.

Kiribati también tiene fama de ser el primer país en el que amanece el nuevo día: fue calificado de ‘canario en la mina’ para el resto del mundo sobre las consecuencias del cambio climático.

Descrita por primera vez por el navegante Thomas Gilbert en 1788 y conformada por 33 islas salpicadas en una vasta extensión de 3,5 millones de kilómetros cuadrados de océano a la altura del meridiano 150º oeste, obtuvo la independencia de su parte británica en 1979 y de la estadounidense, en 1983. Seis años después, con el estado soberano aún en pañales, la ONU concluía en un informe que las islas estaban en serio peligro de desaparecer bajo las aguas.

La profecía desafío a los escépticos diez años después, con la desaparición de dos islotes inhabitados, Tebua Tarawa y Abanuea. Hoy, las paradisíacas costas de Kiribati se han convertido en un laboratorio de los peores males de la humanidad: 100.000 habitantes no parecen un censo desorbitado, pero en el escaso terreno del que disponen las islas, aboca a la Nación a una sobrepoblación endémica. Son balsas de arena libradas a su suerte en la inmensidad oceánica: suman algo más de 800 km² de tierra firme en total, repartida en islotes que se elevan un máximo de tres metros sobre el nivel del mar y apenas tienen un centenar de metros de ancho.

 

Sequía, sobreexplotación, ciclones

Es un territorio extremadamente pobre, con la mitad de sus habitantes concentrada en la capital, Tarawa, en las islas Gilbert, el único foco económico. El éxodo rural deja los campos cultivables desiertos y a merced de la erosión costera.

Al mismo tiempo, los núcleos poblaciones ven cómo los acuíferos, únicos suministros naturales de agua potable, se ven dañados por la sequía y la sobreexplotación, y contaminados por aguas negras. En contrapartida, las épocas de lluvia traen más precipitaciones torrenciales y destructivas, y la Nación es especialmente vulnerable a los ciclones cada vez intensos: el ciclón Pam, en 2015, dejó entre otros daños las murallas marítimas dañadas, según un reciente informe publicado en el Singapore Journal of Tropical Geography.

El responsable de transformar Kiribati en bandera de la causa de la sostenibilidad es un prócer de esta pequeña patria: Anote Tong, presidente de 2003 a 2016.

En un conmovedor discurso pronunciado en 2008, cuando urgió a los países de Australia y Nueva Zelanda a aceptar a los kiribatienses como refugiados con estatus permanente, Tong dijo: “Hacer planes para el día en el que ya no tengas un país es sin duda doloroso, pero eso es lo que creo que debemos hacer”.

Entre las iniciativas lanzadas bajo la administración de Tong para aliviar la presión demográfica estaban un plan de formación de sus conciudadanos para poder exportar inmigración cualificada y la inversión del erario en comprar tierra más allá de sus fronteras, en la isla de Vanua Levu de Fiji, con la idea de colonizarla.

Mientras, Tong usó durante una década todos los altavoces de los que pudo disponer para poner el drama de Kiribati en la agenda internacional. “Para nosotros, en la primera línea, realmente no importa lo que se haya acordado en París”- pronunció en ocasión del Acuerdo del Clima de 2015. “Nosotros nos seguiremos hundiendo”.

Y el tiempo le ha dado rápidamente la razón: el pasado octubre, el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU concluía que el acuerdo había sido poco ambicioso al marcar el límite del aumento de la temperatura a 2º C: sólo conteniendo el calentamiento medio grado por debajo, a 1,5º C, lograría reducir en 10 cms la crecida del nivel del mar.

El nuevo presidente, contra el “catastrofismo”

Desgraciadamente, la entrega de Tong puede haber quedado en el olvido por los intereses cortoplacistas. En 2016 perdió las elecciones y el nuevo presidente, Taneti Maamau, quiere borrar la imagen catastrofista del país. El portal sobre cambio climático en el que la administración de Tong volcó sus esfuerzos fue eliminado, viéndose sustituido por una idílica web turística en el que las arenas son siempre blancas y los kiribatienses siempre sonríen.

En 2017, el reportero canadiense Matthieu Rytz fue expulsado de las islas por tratar de proyectar ‘Anote’s Ark’, el documental que rodó sobre los esfuerzos de concienciación climática del anterior mandatario.

Las autoridades de Kiribati han rehusado responder a las cuestiones remitidas por el diario El Español sobre la estrategia de mitigación de los efectos del cambio climático para el año entrante, un proyecto financiado por Naciones Unidas y el Banco Mundial. Mientras, las encuestas realizadas entre sus habitantes en 2017 revelaban que, aunque a una mayoría se había hecho a la idea “angustiosa pero necesaria” de evacuar su hogar, una minoría se resistiría en cualquier caso a marcharse por miedo a perder su forma de vida tradicional basada en la pesca y la recolección, su cultura y sus tradiciones.

 

 

 

 

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